El teléfono de mi madre

Por Gustavo J. Sabio
Imagen de portada creada con IA

El teléfono sonó tres veces antes de llegar a atenderlo.

—¡Hola! —dije con la voz entrecortada y algo agitado por haber tenido que correr los metros que separan la cocina del comedor.

Debo de ser de los pocos que aún conservan un teléfono fijo en su hogar.

—¿Quién habla? —exclamé a continuación casi sin pausa después del saludo inicial.

— ¡Soy el Presidente de Italia! —me contestó una voz algo áspera y rocosa. Sonaba real a pesar de lo inverosímil de su mensaje. Se produjo una pausa de silencio incómodo o más bien intrigante.

—¡Queeeee! —dije estirando la frase al tiempo que mis cejas se expandían y levantaban por mi frente para luego inmediatamente volver al centro y dibujar un solo pliegue.

—¡Soy Máximo Pisculichi, el mismísimo presidente de…! —acotó la voz misteriosa antes de que, en un sólo movimiento directo, entre mi oreja y las horquillas del viejo aparato, hundiera el tubo con firmeza sosteniendo mi mano sobre él para dar por finalizada la conversación con quien, fuese quien fuese, se encontraba del otro lado de la línea, y como si ese rápido reflejo me asegurara que aquel bromista entendiera de una vez que no valía la pena volver a intentarlo.

Me quedé inmóvil. Mis ojos se elevaron, mientras mi mente luchaba por comprender lo que acababa de ocurrir. Durante los siguientes segundos, traté de asimilar la situación en la que me encontraba.

El teléfono, ese aparato verde y con botones cuadrados y grotescos de color negro, con números en blanco, me introdujo en un profundo trance con mi pasado presente que flasheaba múltiples imágenes. Al principio, desordenadas y desbordadas, pero luego, cada vez más claras y sensibles. Empezaron a convertirse en recuerdos de mi infancia, feliz por cierto, pero también llena de ausencias y preguntas qué nunca nadie contestó.

Recuerdo: “Las pastas de los domingos” en casa de mis abuelos, inmigrantes italianos. Hice una pausa en mi propio recuerdo reflexionando que esa, en todo caso, podría ser mi única conexión con el país y con la broma del teléfono. Nunca visité Italia. No pude hacerlo, aunque si lo pienso bien, nada me impulsó a emprender ese viaje. Me sentía más argentino que el propio asado. Esa exquisita comida a la parrilla, que poco a poco, desplazó por completo a las pastas de cada domingo cuando los abuelos habían decidido marcharse de esta vida y luego invitaron a la querida vieja unos meses más tarde.

Mi madre, una gran mujer, una batalladora que supo ser cimiento de la familia que edificamos sobre una base sólida de amor y entrega por el bienestar del otro. Quizás porque le tocó hacer de madre y padre al mismo tiempo. Fueron muchos domingos, aquellos de pastas, donde la pregunta recurrente de: ¿por qué nos abandonó? o mejor dicho: ¿por qué la abandonó? hacían que los ravioles no estuvieran tan deliciosos como de costumbre. Pero ya poco importaba, mi madre estuvo siempre más preocupada por responder al futuro que nos dejaría que por responder al pasado que ya no existía. Me dejó esta casa y muchas preguntas sin responder.

Estaba ahí, en mi viaje casi onírico, hasta que me despertó nuevamente el sonido del teléfono. Aún mantenía mi mano sobre él, así es que atendí otra vez con velocidad y sin dilaciones.

—¡Hola! —dijo la misma voz, esta vez en un tono más suave, como queriendo agradar y capturar mi atención antes de que volviera a cortarle— ¡Por favor, no cortes!, ¡por favor, hijo, soy tu padre!


SOBRE EL AUTOR

Gustavo J. Sabio nació en 1975 en Mendoza. Transitó su infancia y adolescencia en un pueblo donde nutrió su libertad e imaginación. Se trasladó a la ciudad para estudiar Sistemas y en su primer empleo como profesor de Informática en una escuela primaria, descubrió su pasión por la docencia. Durante una década se desempeñó como docente universitario, nutriendo así su vocación educativa. Durante los últimos 25 años, ha trabajado como consultor en ingeniería de software en distintos países de Latinoamérica. En el ámbito de las artes descubrió, post pandemia, su amor por el teatro de improvisación y recientemente, inspirado por un taller literario, decidió adentrarse en la escritura de cuentos y microficciones.