El problema de la historicidad en “Pedro Páramo”

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

Pedro Páramo no es una novela histórica. Es una novela de realismo mágico ambientada en el pasado. Ese pasado es el del México rural que precede a la Revolución y las guerras cristeras, que asiste a ellas y que las sucede. No todo México, en rigor de verdad, sino el México del oeste, el Occidente. Hablamos de la región situada al poniente del DF, comprendida por los estados de Nayarit, Jalisco, Colima y Michoacán de Ocampo, todos lindantes con el Pacífico.

Permítaseme una digresión geográfica: la narrativa de Juan Rulfo, realista a la vez poética, está saturada de referencias espaciales al Occidente mexicano: la ruralidad profunda de Colima en Pedro Páramo, la naturaleza agreste de su Jalisco natal en El llano en llamas… Lo mismo cabe decir de sus fotografías en blanco y negro. Aunque no se sepa tanto, Rulfo fue también un eximio y prolífico fotógrafo de viajes. Compartimos aquí algunos de los innumerables paisajes y retratos que capturó con su cámara Rolleiflex, a lo largo y ancho de México. Datan de mediados del siglo pasado, sus años dorados de senderista y montañista. El hombre con una pipa, sentado en la cúspide de un cerro, es el propio Rulfo. Se trata de un autorretrato de 1940, hecho en el Nevado de Toluca, un volcán de casi 4.700 metros s. n. m. enclavado en el Eje Volcánico Transversal.

Retomemos el hilo de nuestra disquisición rulfiana, que atañe a la historia y no a la geografía. El pasado que sirve de diégesis o ambientación a Pedro Páramo no es un pasado remoto, perdido en el tiempo y el espacio: Rulfo era mexicano, oriundo del Occidente (aunque no de Colima, sino del vecino Jalisco). Escribió la novela promediando la década del 50; la publicó en 1955.

Nació en el 17, cuando la Revolución mexicana declinaba. La primera Cristiada estalló en 1926, cuando aún era niño; la segunda en 1934, cuando tenía 17 años. Su historia familiar, con múltiples tribulaciones y traumas, está signada por esos procesos históricos. El padre del futuro escritor fue una de las tantas víctimas del bandolerismo posrevolucionario, dejándolo huérfano y empobrecido (acabaría luego asilado en un orfanato de Guadalajara). Su terruño, San Gabriel, quedó devastado por la Cristiada. Su afición por los libros se originó cuando el cura del pueblo –un insurgente cristero en apuros– le pidió a la madre viuda de Rulfo que le guardara su biblioteca. Asimismo, uno de sus tíos fue capitán de las tropas federales que combatían a la Cristiada.

A diferencia de las novelas históricas, Pedro Páramo contiene poca información histórico-contextual, y su temporalidad transcurre sin anclajes cronológicos bien definidos. Las referencias a sucesos y procesos históricos son más bien escasas y tangenciales. La narración, que carece de todo orden lineal (trama estilo puzzle), y que abunda en elementos fantásticos (espectros, almas en pena) menciona tan solo un personaje verídico de época: el “general Obregón”. Hay unas cuantas fechas dispersas, pero son puramente calendáricas, sin indicación del año: “canícula”, “febrero”, “8 de abril”, “agosto”, “octubre”, “8 de diciembre”…

No obstante, Pedro Páramo posee historicidad. Y esa historicidad, aunque parca, resulta importante, significativa. Es un componente fundamental, decisivo, de la trama. No se puede comprender adecuadamente el relato si se hace abstracción de la historia mexicana. En Rulfo, el pasado de México es más que un mero telón de fondo: es una de las claves interpretativas de la novela.

La historicidad de Pedro Páramo posee cuatro núcleos temáticos. Cada uno de esos núcleos remite a un período diferente de la historia rural del México contemporáneo: 1) la dura realidad del latifundio, la hacienda y el caciquismo en tiempos del Porfiriato, es decir, de la dictadura de Porfirio Díaz (1876-1911); 2) las turbulencias políticas y sociales de la Revolución Mexicana (c. 1910-1920), con sus facciones en pugna, milicias populares insurrectas, expropiaciones de tierras y conflictos armados; 3) el recrudecimiento de la discordia durante la Cristiada (1926-29), que toma cuerpo en una nueva guerra civil, particularmente cruenta en el Occidente; y 4) las secuelas de la pauperización del campesinado y el éxodo rural: los pueblos fantasmas o en vías de extinción del México de los años 30 y 40.

porfirio diaz

El ascenso de Pedro Páramo a gran hacendado y cacique, con su acumulación de abusos y atropellos, de engaños y violencias, es un fiel reflejo del México porfirista de fines del siglo XIX y comienzos del XX, igual que la corrupción del cura Rentería (indulgencia con las familias ricas, severidad con las familias pobres). El gran cimbronazo de la Revolución mexicana se manifiesta en varios episodios: el retorno de Bartolomé San Juan y su hija a Comala, el asesinato de Fulgor Sedano a manos de insurgentes, el arreglo ventajero de Pedro Páramo con Perseverancio y Casildo, la transformación del guardaespaldas Tilcuate en líder guerrillero, la escaramuza con el ejército de Pancho Villa, las mudanzas de lealtad política de Damasio y sus hombres (al villismo primero, al carrancismo después), la sugerencia de saquear Contla, etc. La Cristiada irrumpe al final de la vida de Pedro Páramo, cuando “se ha levantado en armas el padre Rentería” y el Tilcuate decide secundarlo, hechos que darán el golpe de gracia a la decadente Media Luna: “Y ya cuando le faltaba poco para morir vinieron las guerras esas de los ‘cristeros’ y la tropa echó rialada con los pocos hombres que quedaban”. El México de la desolación poscristera aparece al principio de la novela, cuando Juan Preciado llega a un Comala decrépito donde solo habitan espíritus.

En cuanto a los límites cronológicos, si bien no resultan claros, se los puede inferir a partir de algunas referencias históricas y temporales. Sabemos que Pedro Páramo fallece poco después de que estalla la Cristiada, como lo acredita la última cita. Eso significa que su deceso tiene que rondar el bienio 1926-27. También sabemos que “Pedro Páramo murió hace muchos años”. Así se lo revela Albundio a Juan Preciado al inicio de la novela. Muchos años no son pocos, ni algunos, ni tampoco varios… Cabe colegir que se trata de una cifra de dos dígitos: diez o más años. Esto implica que el terminus ad quem o «techo cronológico» de la trama sería la segunda mitad de la década del 30 (la época del cardenismo), o quizás más tarde aún: la década del 40.

Calcular el «piso» de la cronología es más trabajoso: “Esperé treinta años a que regresaras, Susana”, comenta Pedro Páramo cuando ella se ve obligada a retornar a Comala. Podemos datar este regreso con bastante aproximación, ya que coincide con los albores de la Revolución, allá por 1911. Así se desprende de esto que Pedro le dice a Susana: “Ya para entonces soplaban vientos raros. Se decía que había gente levantada en armas. Nos llegaban rumores. Eso fue lo que aventó a tu padre por aquí. No por él, según me dijo en su carta, sino por tu seguridad, quería traerte a algún lugar viviente”. Si a 1911 le restamos 30, llegamos a 1881. Este es el año en que Susana se marcha de Comala a La Andrómeda con su padre. El éxodo sucede poco después de que su madre muera (¿1880?), cuando comienza a experimentar la pubertad: “Era esa época […] cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo. Mi madre murió entonces. Que yo debía haber gritado; que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. Pero ¿acaso no era alegre aquella mañana? Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias al tocar mis senos”. Susana y Pedro son coetáneos, o casi: “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire…”. Las vivencias más antiguas de Pedro se remontan al final de su niñez o comienzos de su adolescencia, cuando jugaba con Susana y comenzaba a sentirse enamorado de ella. Eso fue algún tiempo antes de que ella emigrara con su padre, por lo que estamos hablando de los últimos años del decenio de 1870, primeros del Porfiriato. Tal sería, entonces, el umbral o terminus a quo de la novela, ya que el nacimiento y primera infancia de Pedro no forman parte de la trama.

En conclusión, Pedro Páramo está ambientada desde fines de la década de 1870 hasta las postrimerías del decenio de 1930 (o quizás un poco más, hasta la década del 40). Abarca entre sesenta y setenta años: el Porfiriato (1876-1911), toda la Revolución Mexicana (1910-20) y el período posrevolucionario (décadas del 20, 30 y quizás 40).

Otro anclaje cronológico de importancia es la muerte de Susana. Sabemos que muere cuando ya han transcurrido tres años desde su llegada a la Media Luna, hecho coincidente con los prolegómenos de la Revolución mexicana. En aquel momento, una vecina de Comala, presintiendo algo malo, le señala a otra: “Hace más de tres años que está aluzada esa ventana, noche tras noche”. Se refiere a la ventana del aposento donde yace postrada, gravemente enferma, la esposa del hacendado. El deceso de Susana habría ocurrido promediando la Revolución, hacia 1914.

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La historicidad de Pedro Páramo ha sido uno de los tópicos más frecuentados por la crítica rulfiana. Hay cierto consenso en cuanto a que este libro, por las razones ya apuntadas, no puede ser catalogada como una novela histórica, al menos en su sentido estricto o «canónico». Si nos remitimos a la célebre conceptualización de György Lukács (La novela histórica, 1955), elaborada a partir de un análisis minucioso de las obras clásicas de Walter Scott, el padre de la novelística histórica, debemos concluir en lo siguiente: Pedro Páramo reúne varios de los atributos lukácsianos: los nexos entre narrativa ficcional y conciencia histórica no son superficiales, sino profundos; hay un esfuerzo en comprender y revivir el pasado tal como fue, sin anacronismos burdos, con cierto rigor o fidelidad epocal; los personajes no son individualidades excéntricas, sino encarnaciones de tipos histórico-sociales… Pero hay un rasgo que está ausente en Pedro Páramo: la descripción más o menos amplia de circunstancias históricas. Si bien el propio Lukács relativizó su importancia –al explicar que las buenas novelas históricas jamás emulan la exhaustividad de la crónica–, no por ello la negó totalmente. Cierto grado de profusión histórico-descriptiva es inherente a la novela histórica, por más que esa profusión se halle severamente limitada por las necesidades dramáticas y conveniencias estéticas del género novelístico. En este sentido, las diferencias de Pedro Páramo con una novela como Augustus –la novela romanista de John Williams– resulta evidente. El volumen de datos históricos y referencias cronológicas es totalmente distinto.

Ahora bien, dentro de la crítica rulfiana existen matices importantes respecto a qué tan lejos está Pedro Páramo de ser una novela histórica. Enrique Pupo-Walker ha llegado a aseverar que “Pedro Páramo no contiene una formulación racional de la historia y de la realidad”. Ksenija Vulović, por su parte, ha señalado: “cuando hablamos sobre Comala parece importante destacar que el tiempo en esta ciudad es determinado por el hecho de que en Comala habitan los muertos. […] En la muerte ya no existen pasado ni futuro, por lo tanto tampoco existe el tiempo presente. En la muerte no hay antes ni después, tampoco ahora. Así que en la muerte, ergo en Comala también, existe únicamente la eternidad. La eternidad no pertenece al tiempo profano, histórico, sino al tiempo sagrado. No pertenece al mundo cotidiano, sino al mítico. La verdad es que en Pedro Páramo existen algunos elementos del tiempo histórico que se relacionan con la Revolución mexicana, pero ellos no influyen en la atmósfera general de esta obra que no tiene nada que ver con lo profano”. Me parecen juicios exagerados, que la primera parte del este artículo desmiente categóricamente. Una exégesis tan escéptica no le hace justicia a Rulfo, quien nunca ocultó ni reprimió –ni en las obras que escribió, ni tampoco en las entrevistas que concedió– su vivo interés por el pasado de su patria, que lo llevó a ser un gran conocedor autodidacta del mismo. El historiador francés Jean Meyer, una de las mayores eminencias de la historiografía mexicana contemporánea, ha dado elocuente testimonio de esta «cliomanía rulfiana» en su nota Juan Rulfo habla de la Cristiada (2004), donde reproduce los apuntes que tomó de una larga charla que mantuvo con el escritor de Jalisco, allá por enero del 69.

Por lo demás, el propio Rulfo zanjó la discusión en un reportaje: “Simplemente conozco una realidad que quiero que otros conozcan. Mi obra no es de periodista ni de etnógrafo, ni de sociólogo. Lo que hago es una trasposición literaria de los hechos de mi conciencia. La trasposición no es una deformación sino el descubrimiento de formas especiales de sensibilidad”. Vale decir, ni reflejo, ni deformación: trasposición. Trasposición asumida como un conocer para dar a conocer. Al recordar que su obra no es científica, sino ficcional, Rulfo no cae en un subjetivismo radical. En ningún momento reniega de la posibilidad –y fecundidad– de una literatura preocupada por testimoniar lo real. Que su concepción estética no sea la del hiperrealismo, nada afecta su intención de aprehender el pasado mexicano sin adulteraciones groseras.

Despojar a la novela Pedro Páramo de su diégesis histórica, de su sustancia epocal, es mutilarla, trastocarla. No podría seguir siendo ella misma. Su trama, aun teniendo mucho de universal y de mítico-simbólica, no se sostiene si queda divorciada de la historia contemporánea de México y sus particularidades sociopolíticas concretas. Leer a Rulfo desde el axioma del pirronismo ahistórico –o peor, antihistórico– representa un craso error.

Más de una vez se ha dicho que Pedro Páramo constituye, en último término, una idolopopeya, un gran mosaico de relatos de personas muertas, un coro polifónico de almas en pena atrapadas en el pasado. Es un juicio perspicaz y certero, sin dudas. Pero no faltan quienes (Vulović, por ej.) han interpretado ese rasgo fantástico como una demostración de su ahistoricidad. La historia, alegan, supone recuperar lo que está muerto –el pasado– desde lo que está vivo –las individualidades y colectividades del presente–. No puede haber memoria, aducen, en el ya no ser más de Tánatos. Se trata de una interpretación apresurada, simplista, que olvida los grises que Rulfo intercala entre la vida y la muerte: no son los cadáveres de Comala quienes rememoran la tragedia acaecida en la Media Luna, sino sus fantasmas, sus espectros. Puesto que las almas en pena no están del todo muertas, la desmemoria aún no señorea sobre ellas…

Me inclino por la hermenéutica más equilibrada y rigurosa que propone Saïd Sabia en un artículo de 1992 intitulado Pedro Páramo: una idolopeya para conceptualizar la Historia. Cito lo más medular de su disquisición: “Desde su publicación, Pedro Páramo ha suscitado las opiniones más diversas y contradictorias. Al tiempo que para algunos críticos es una novela realista y referencial como lo dan a entender las declaraciones del mismo Rulfo, para otros es una novela que no se sustenta en ninguna base o referencia histórica. […] Ante tal disparidad de opiniones, cabe preguntarse hasta qué punto los autores de las mismas no han sido condicionados por opiniones ideológicas apriorísticas ajenas a la literatura, descuidando verdades elementales”.

El crítico marroquí prosigue su análisis: “Pedro Páramo es una novela. Por lo menos en eso supongo que sí hay unanimidad. Como tal novela, ofrece una visión, forzosamente, personal y subjetiva del mundo; y al hacerlo utiliza, de manera también personal, los medios artísticos y los elementos constitutivos de la narración novelesca. En principio, y considerando la novela como producto de la imaginación y como medio de expresión de una determinada visión del mundo, debería(n) importar en grado menor la(s) relación(es) que mantendría el texto novelesco con las bases o referencias históricas que lo explicarían o sustentarían, y sí en grado mayor las que mantienen los elementos constitutivos de la misma expresión con la realidad por expresar. Con esto me refiero a dos fenómenos principales: por un lado, el hecho de considerar la literatura como un documento o copia de una realidad histórica determinada, lo cual no siempre es cierto. Es más: las relaciones entre la literatura y la realidad objetiva externa al producto literario son tan complejas que no se puede reducir la literatura al papel de simple copia o documento; por otro lado, el hecho de asignar a la literatura una función ideológica o social que no siempre es la suya, induce a errores en la misma comprensión o recepción correcta de la obra literaria y su interpretación”.

“Desde luego, Pedro Páramo no pretende ser una novela histórica, aclara Sabia, “pero […] la Historia no sólo está presente, sino que es un elemento decisivo en su elaboración”. No podría estar más de acuerdo con él. Y añade: “Pedro Páramo fue, durante mucho tiempo, percibida como una simple crítica a la Revolución, precisamente porque encierra las coordenadas de la historicidad: el esplendor y la caída del cacique, la pérdida de la comunidad agraria, el sufrimiento colectivo consecutivo a la Revolución y los esquemas opresivos que perpetuó o creó esta última y la suspensión de los hombres entre la vida y la muerte, entre el ser y la nada”.

Aunque la ausencia o parquedad de datos precisos sobre el pasado impide clasificar a Pedro Páramo como una novela histórica, su racconto elíptico del México prerrevolucionario, revolucionario y posrevolucionario, hace de ella una ficción literaria con un trasfondo de historicidad muy potente y significativo. Que ese racconto esté siempre inmerso en las vicisitudes dramáticas de sus personajes imaginarios, que esa narración preactiva esté siempre envuelta en una fantasía idolopopéyica, no invalida en nada las lecturas que proponen una exploración contextual del libro basada en los saberes epistémicos de Clío.

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