Nuestro mundo feliz

Por Mariano Lázaro.- Hace una semana dejé de usar redes sociales. Desinstalé Instagram, Twitter y Facebook.
Me mudé al espacio inhóspito que representa la cotidianidad sin teléfono; el lago de aguas quietas y aburridas de la desconexión, junto al que Thoreau podría haber escrito otra vez Walden. Salvo por algún desliz ocasional, no he vuelto a teclear mis usuarios ni contraseñas, pero a estas alturas la experiencia ascética está resultando esclarecedora en dos sentidos: en realidad no sé qué hacer con mi nuevo paraíso de inconexión y productividad, y la abstinencia me está matando… Continúa leyendo Nuestro mundo feliz

Los libros de la buena memoria

Por Mariano Lázaro.- Acaricio las hojas amarillentas mientras leo los párrafos señalados con lápiz. El sol de la siesta se filtra a través de la persiana; el mundo permanece inmóvil. Sostengo este libro descuidado y polvoriento, y recuerdo con todo detalle el día que lo compré. Nos habíamos escapado de alguna clase, como siempre. Éramos más jóvenes, más ingenuos. No nos importaban realmente las cosas. Éramos más enamoradizos, más tontos, más intrépidos. Un poco alados, un poco teñidos de ensueño, como lo eran aquellas tardes, aquellas fugas al otoño que guardaban las plazas. Y los libros nos prometían algo. Los libros nos hablaban desde las estanterías como mensajes del otro lado del mar. ¿Nosotros sabíamos escuchar? Estoy sentado en mi cama leyendo un libro viejo, descuidado y amarillento, y siento que el tiempo me mece como las olas. Un pájaro canta en alguna parte. Éramos jóvenes, despreocupados, intrépidos. ¿Supimos escuchar?… Continúa leyendo Los libros de la buena memoria

Drogas, rock y superstición

Por Mariano Lázaro.- ¿Qué decir sobre Mariana Enríquez que no se haya dicho antes? ¿Qué escribir sobre ella sin que esto se vuelva el plaggio di plaggio de alguna nota publicada hace tiempo? La verdad es que me subí tarde al tren. Decidí comprar “Las cosas que perdimos en el fuego” recién hace un par de meses, en ese arrebato de consumismo pre aislamiento que hace un año llevó a tantos a aprovisionarse exageradamente de papel higiénico. Yo lo hice con libros… Continúa leyendo Drogas, rock y superstición

Borges es para cualquiera

Por Mariano Lázaro.- Borges el impoluto. Borges el erudito. Borges el bibliófilo literato. Borges el que solo puede ser descrito con palabras difíciles. Borges el de los tigres, los laberintos, los mundos imposibles e imaginados. Borges el estandarte de los charlatanes literarios; Borges el intelectual lejano. ¿Cuántas veces hemos oído que “para leer a Borges hay que entenderlo”, o que “Borges no es para cualquiera”? ¿Quién lo puso a él y a tantos otros autores allá arriba, en la torre de marfil inalcanzable? ¿Quién fue Borges realmente? ¿El mito, la imagen laureada hasta el hartazgo o el anciano que a sus 85 años se lamentaba de no haber comido más helado? ¿La foto en los manuales escolares, el busto de bronce, las palabras escogidas o el hombre que temía, anhelaba, cagaba y sonreía como todos?
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La internación de Plath, las pastillas de Pizarnik…

Por Mariano Lázaro.- El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima, junto a cuatro seguidores, tomó como rehén al comandante del cuartel general de las Fuerzas de Autodefensa de Japón con el objetivo de incentivar a sus compatriotas a restaurar la antigua constitución del país. Tras dar un discurso que resultó un fracaso, el escritor procedió a realizar una antigua tradición japonesa llamada seppuku. Las manos de Mishima guiaron el filo de una daga hasta su abdomen y rasgaron la carne de izquierda a derecha hasta expulsar los intestinos. Uno de sus compañeros, para terminar con el sufrimiento, dejó caer su sable repetidas veces sobre el cuello del escritor hasta decapitarlo, acabando de esta manera con el suicidio ritual. Durante su primer año como estudiante en el Smith College, Sylvia Plath realizó su primer intento de suicidio, lo que le valió la internación en un instituto psiquiátrico y reiterados tratamientos con electrochoques. Esto la marcó de por vida, hasta que finalmente consiguió suicidarse en 1963 inhalando gas. Pizarnik ingirió una peligrosa sobredosis de Seconal, tras escribir en su pizarra “no quiero ir, nada más, que hasta el fondo”. Woolf se sumergió en el río Ouse con los bolsillos de su abrigo repletos de piedras; Hemingway se pegó un tiro… Continúa leyendo La internación de Plath, las pastillas de Pizarnik…