Trampa y posesión

Por Renzo Dierna
Ilustrado con IA

Beto “el laucha” Salinas bajaba desde las siete colinas, de vereda en vereda por las calles de un barrio normal. De pronto, vio en la ventana de un geriátrico la imagen de una virgen poseída. Pensó: “Si no es una foto trucada, que alguien me explique por qué su corona ya no brilla como la diadema de rosas de Velázquez”.

Beto “el laucha” Salinas venía, luego de lavarse las manos y la cara veinte veces en esa urbe mitológica donde todos los caminos desembocan, por la vereda de regreso a casa, y vio en la ventana de un geriátrico la imagen de una virgen poseída. Pensó: “Y ahora… ¿por qué le han puesto barbijo y una túnica con una cruz amarilla, a su vez eclipsada con un listón de luto sobre la encrucijada de la Tríada, sobre las banderas de China, Estados Unidos y Rusia unidas a rajatabla?”. Esta vez se detuvo y se quedó mirando un buen rato. De cerca más parecía una virgen atemorizada que poseída; quizás por la escasa memoria y conciencia de los principales involucrados.

Beto “el laucha” Salinas andaba por la vereda de regreso a casa y, más mugriento que nunca, vio que en la puerta del geriátrico estaba una señora barriendo.

—Disculpe —dijo Beto “el laucha” Salinas.

—Sí, diga —respondió amablemente la señora.

—Esa imagen de la virgen ¿es suya?

—Mía, no —dijo la señora es de la dueña que falleció el año pasado. Los abuelos que viven acá la consideran su matrona.

—¿Matrona? ¿Y a quién consideran así, a la dueña o la virgen? —interpeló algo confundido Beto.

—No sé ni me interesa. Lo único que saben hacer es graznar como catas: “Sálvanos Matrona de los olvidados, sálvanos” —sobreactuó la señora alzando sus brazos al cielo mientras dejaba caer la escoba sobre sus pies —Igual, yo sé qué te ha llamado la atención de esa imagen.

—La he visto algunas veces y esta es la primera vez que me animo a acercarme a alguien… digo, ahora que soy el primer curado.

—Muchos que se han sentido a salvo de toda peste me han preguntado por ella. Lo que llama tanto la atención es su rostro poseído en medio de una cerrazón de paranoias reinantes. De sometida y sorprendida, le resaltan esas heridas y ese resplandor grisáceo en los ojos. Su corona hecha de barro y el vestido rasgado a la altura de los hombros. Lo que ves es la Matrona de la Liberación, la misma que…

—Disculpe, señora, me encantaría seguir escuchándola, pero voy con mucha prisa, se me ocurrió algo vale la pena plasmar y no me traje mi anotador. Mañana si vengo aseado y con tiempo de sobra, prometo quedarme hasta el infinito y más allá de su historia. ¿Le parece?

—No hay apuro, acá te espero… si es que antes no me barre el zonda junto con este aburrimiento fatal.

Después de la cuarentena sabática impuesta por los más acérrimos extremistas, Beto “el laucha” Salinas quiso despedirse como llegó. Caminó de regreso a casa. De golpe se detuvo y vio que en la ventana ya no estaba la imagen de la virgen poseída. Golpeó en la puerta, pero nadie atendió. Eso no le preocupó tanto como el hedor a gas que servía de aura al hogar. A pesar de la neblina púrpura que se colaba por los intersticios de la ventana, observó un interior completamente vacío. Su rostro, sometido por la sorpresa, fue detectado por un grupo de ancianos. Habían embarcado en el crucero de sus sueños. Se adentraban por “el túnel” que los había traído a este mundo, la primera puerta por la que todo ser pasa en esta vida. Al fondo, la luz utópica les prometía el tan ansiado bienestar.

Beto “el laucha” Salinas tembló por unos segundos. Por dentro se agitaba la revelación por la que había. Ya no tendría que volver a bajar desde las siete colinas. Ya no se vería obligado a lavarse las manos y la cara veinte veces en esa urbe mitológica. Revoleó a cualquier parte su anotador. Se escabulló dispuesto a hacerse rico con geriátricos de mala muerte.


SOBRE EL AUTOR

Fiel colifato de sueños vivarachos y de la vida soñada con los ojos abiertos. Más allá de cualquier supervivencia forzada por la cotidianeidad, R. A. DiernArenas va y va, sabiendo que El tiempo y el olvido son caballos que atan peñascos en su talón para borrar sus huellas. A pesar de todo, va y va, desde 1989, desde Mendoza, Argentina.

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