Por María del Carmen Garcés
Llegó un día en que su alma no creaba más historias, así que decidió partir en busca de cosas lindas que contar.
Le costaba irse, pues era una mujer arraigada a las formas sinuosas de su pueblo. Pero tenía la certeza de que la única cura a la enfermedad del silencio que le aquejaba, era salir a caminar, a encontrar los cuentos escondidos en cada recoveco de este continente.
Quiso llevar en la mochila sus vestidos color violeta. Puso también los cuadernos en blanco -que llenaría de historias-, el libro de siempre y la flauta (para cuando se sintiera sola). Tomó el primer micro que pasó por la esquina de la que había sido su casa durante treinta años y partió. Para nunca más volver. O volver llena de cuentos, de mitos, de leyendas, de algo con qué justificar su existencia. Era la promesa.
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Recorrió pueblos olvidados, ciudades llenas de luces que se prendían y apagaban, valles escondidos, ríos nunca descubiertos, lagos poco transitados. Estuvo también en el ángulo perfecto desde el cual se ve cómo la luna se sienta a descansar de su paso por la noche en el cráter del volcán. Pero, por una extraña razón, las personas con las que se encontraba se negaban a hablarle, a contarle sus vidas, a narrarle sus mitos y leyendas o referirle sus casi siempre trágicos destinos. Su maleta seguía vacía con su flauta silenciosa y sus ropas color violeta cada vez más gastadas.
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Era al atardecer cuando el micro atravesó lentamente por aquel pueblo. Las casas, pensó, están abandonadas. Ni un color fuerte en las fachadas, ni una planta viva disminuyendo la soledad de los portales. Todo parecía muerto, hasta la vieja sentada en el umbral de la puerta de la última casa. El pueblo tenía la apariencia de una pequeña isla entre el mar que se agitaba a un costado y la Laguna Rosada al otro.
Llegó a Barranquilla al amanecer y lo primero que hizo fue preguntar por el nombre de ese pueblo fantasma.
-¡Ah! ¿El pueblo donde todas las casas envejecen con sus habitantes? -le contestaron.
Y al pedir que le explicaran mejor porque no entendía bien, le dijeron que por alguna lejana superstición, perdida en la memoria de la gente, en aquel pueblo atrapado entre el mar y la Laguna Rosada, no se reparaba nunca nada de las casas: ni una teja ni una madera ni las puertas, peor los vidrios de las ventanas. Nada. Todo debía envejecer al mismo tiempo que la gente. Las casas de las parejas jóvenes eran las únicas nuevas (por un tiempo).
Es allí, se dijo, es allí donde encontraré las historias enterradas. Al día siguiente, pidió al chofer de un camión que la llevara al pueblo de la Laguna Rosada.
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Él era alto, delgado; tenía muchos años y unos hermosos ojos negros que brillaban de alegría. Conocía el pueblo desde hacía tiempo y cuando le dijeron que para vivir tenía que entregar el alma, decidió volver allí, armar su casa con lo que encontrara y esperar a envejecer con los maderos. Pescaría para alimentarse, y cuando se sintiera atrapado por la tristeza, iría a una roca lejana a lanzar al mar las historias que sabía.
Los dos solitarios se encontraron. Y entonces él, sin que ella se lo pidiera, le contó historias increíbles.
Le contó de juegos de pelota con cabezas humanas recién cortadas y los prisioneros -víctimas inmediatas- presenciando el salpiqueo de la sangre en el pasto verde; le contó de viejos guerrilleros -de aquellos de patria o muerte-, que cuando constataron que todo estaba perdido, que su pueblo estaba definitivamente tomado, se encaminaron, con el fusil al hombro y la mirada en alto, a buscar la muerte -y la libertad- en algún árbol de la selva luminosa (como aquel viejo cacique que al constatar que los barbudos venían a quedarse para siempre, se fue solo a morir al pie del monte blanco que lleva su nombre -para que todos sus descendientes lo recuerden-). Le contó de niños, sicarios de once años, matando candidatos en aeropuertos custodiados por militares y marines; de barrios que vivían al son de las metrallas; de turbas callejeras arrasándolo todo a su paso desbordado; de mujeres que al sentir que había llegado la hora del alumbramiento se arrimaban a un árbol del camino, se arrancaban la cría, cortaban con los dientes el cordón umbilical, hacían el nudo, y seguían caminando hacia la hacienda a trabajar. Le contó que allí ya no se torturaba, no. Habían asimilado bien la experiencia argentina y allí solo mataban, mataban, mataban. Y el mar llegando hasta los pies desnudos de ella…
Le contó, cada tarde, cuando la tristeza le agobiaba, miles, cientos de miles de historias que contar. Y ella con la pluma entre los labios, la hoja de papel temblando entre las manos y la mirada perdida en el azul.
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Un día ella se levantó temprano y comenzó, sola, a construir la barraca de todos; la única -se prometió- que no envejecería. A la que le cambiaría puertas, bisagras, vidrios, maderas, tejas, de ser necesario. Y empezó como todos en ese pueblo a salir a pescar cada tres madrugadas, a beber cada dos noches, a fumar a todas horas, a dormir hasta el mediodía de todos los días. Su vecino, el guerrillero, que se había negado a entregarse y también se había negado a morir en algún árbol de la selva (pues pensaba que había que tener paciencia y que era necesario saber esperar la hora de todos), venía las tardes, en que la tristeza le agobiaba, a contarle las historias que había vivido y que ella, por algún efecto extraño, no podía escribir.
