Marguerite Yourcenar: los 33 nombres de Dios

Por Rúkleman Soto

 

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En diciembre de 2019 iniciamos en nuestra aldea un juego que consistía en avanzar con los ojos vendados pero abiertos hacia el precipicio de la brevedad, constriñendo la imagen poética. Entonces le dijimos a esa advocación infernal “nano haikú”. “La voz que viene del Este / entra por la oreja derecha / y enseña un canto”, diría la poeta si nos adivinara. Muy pronto contrajimos la denominación a “NAKÚ”, reduciendo la conocida métrica de 5-7-5 sílabas a 5-7-5 letras o grafemas. Entonces aparecieron algunos notables hallazgos de hiperbrevedad.

Aquí se usa la expresión “infernal” en términos de Harold Bloom cuando advierte que “la poesía comienza con nuestra conciencia no de una Caída, sino de que estamos cayendo. El poeta es nuestro hombre escogido, y su conciencia de la elección se convierte en una maldición (…) Cuando esta conciencia de sí mismo alcanza un tono absoluto, entonces el poeta choca contra el suelo del infierno y, con su impacto, crea el infierno”.

¿Y qué hay con esa Caída que se va consumando como falencia, como “necesidad imaginativa” mientras no llega el impacto definitivo, si es que ha de llegar?

Al menos dos cosas, por lo pronto:

  1. La revelación de una ansiedad dada, sobrevenida por la influencia. Bloom señala que el poeta fuerte es propietario de la adivinación. La melancolía que precede a su encuentro ha comenzado con el primer verso verídico. De ser así, significa que hemos sido adivinados con muchísima anticipación. No hay poeta que hable “un lenguaje libre del que aportaron sus precursores”.
  2. Bloom afirma, desde Shiley, que “toda lengua es la reliquia de un poema cíclico abandonado”. Al hacerse caer en el vacío, el poeta adánico, debatiéndose entre la pureza y la opacidad, se encuentra “forzado a rendirse al número, al peso y la medida” del poeta fuerte, que en este caso es Marguerite Yourcenar con la medida, el peso y el número de LOS 33 NOMBRES DE DIOS y toda su herencia de terrible y esplendorosa cultura condensada en la brevedad.

¿Por qué llegamos entonces sin melancolía a sus versos lacónicos y refulgentes, experimentando, por el contrario, la más devota entrega?

Quizá porque apenas iniciamos un juego protoadánico, solaz del instante previo a la escisión, que aún no es caída sino embriaguez del vértigo, borrachera de la seducción, pero no por eso menos apocalíptico. No por eso dejamos de ir hacia la nada « * * * * ».

En ese instante andamos, incitando la metáfora en la oscuridad, entrechocando los negros pedernales de la imagen para congelar en una chispa  “El silencioso relámpago / el rayo estrepitoso”.

Tal vez ignoramos que estamos cayendo porque nos importa menos el yo, o quizás la “ansiedad de la influencia” es un rollo occidental que les toca resolver a ellos con Freud y con Lacán. Nosotros tenemos nuestras propias brujerías y ensalmes para esos casos en que ponemos el corazón. Marguerite conoce esas vibraciones, lo nombra en «”El sonido de una viola / o de una flauta indígena”.

 

Los 33 nombres de Dios
Marguerite Yourcenar
Traducción: Silvia Baron Supervielle

1.  Mar de mañana

2.  Ruido de la fuente en las rocas sobre las lajas de piedra

3. Viento del mar la noche en una isla

4. Abeja

5. Vuelo triangular de los cisnes

6. Cordero recién nacido carnero hermoso oveja

7. El suave morro de la vaca el morro salvaje del toro

8. El morro paciente del buey

9. El fuego rojo en el hogar

10. El camello cojo que atravesó la gran ciudad atascada camino a su muerte

11. La hierba el olor a hierba

12. * * * *

13. La buena tierra, la arena y la ceniza

14. La garza que esperó toda la noche, casi helada, y que al fin apacigua su hambre al alba

15. El pequeño pez que agoniza en la garganta de la garza

16. La mano que se pone en contacto con las cosas

17. La piel, por toda la superficie del cuerpo

18. La mirada y aquello que mira

19. Las nueve puertas de la percepción

20. El torso humano

21. El sonido de una viola o de una flauta indígena

22. Un sorbo de bebida fría o caliente

23. El pan

24. Las flores que brotan de la tierra en primavera

25. Tener sueño en una cama

26. Un ciego que canta y un niño enfermo

27. Caballo que corre en libertad

28. La mujer-de-los-perros

29. Los camellos que se abrevan con sus pequeños en el arduo guad

30. Sol naciente sobre un lago aun helado a medias

31. El silencioso relámpago el rayo estrepitoso

32. El silencio entre dos amigos

33. La voz que viene del este, entra por la oreja derecha y enseña un canto

 

Un día recibí en París un manuscrito de Marguerite Yourcenar llamado Les Trente-trois noms de Dieu. Eran brevísimos poemas, sin puntuación, a veces con una sola palabra en medio de la hoja. Los acompañaba una carta de la autora en la cual me decía que pensaba que sus poemas me gustarían, ya que eran breves como los míos, y que se proponía publicarlos en la revista N.R.F. de Gallimard. Me sugería que los tradujera al español. En el mismo instante, antes de haber terminado su lectura, ya me había puesto a traducirlos.
Silvia Baron Supervielle