Por María Amancheke
Ilustrado con IA
Otro fin de semana, Katty esquiva la invitación de sus compañeros de trabajo: encontrarse en un bar el sábado. Esta vez no puede faltar, festejan el cumpleaños de su jefe. Abre el placard, busca los vestidos y va probando cada uno. La imagen que le devuelve el espejo es un cuerpo disforme. Las lágrimas se deslizan en su rostro, cómo llegó a esta situación. Recuerda que sus ropas eran sueltas, distintas de las otras niñas. A los treinta años en verano, no usa bikini.
El vestido negro es el que disimula más su gordura. En el auto, las imágenes de su niñez y adolescencia son su mejor compañía. Permanecen mudas sin emitir juicio. Está cerca del lugar, su corazón se acelera. Está indecisa. Estaciona, baja y camina hacia el bar, desde la ventana puede verlos. Sus compañeras lucen como modelos de pasarelas, ni borracha entraría.
Piensa una excusa. Cerca compra un kilo de su helado preferido. El lunes en el trabajo, le escribe a su jefe un corto mail disculpándose. Habla poco, el tiempo parece que se ha detenido, el día se torna pesado. Las miradas y los murmullos la aturden, sabe que hablan de ella.
Esa noche en su casa, se observa nuevamente en el espejo. Llora en soledad. La familia siempre le reprocha sus decisiones.
El año transcurre. En la oficina se producen cambios. En el buffet, el jefe ha colocado una pantalla táctil para que sus empleados reciban elogios y escriban el motivo por el cual merecen un reconocimiento. Todo lo hacen, menos Katty. La máquina también toma una foto, se introduce el número de WhatsApp y llega el elogio en forma de video con gente animando, haciendo sonar silbatos, arrojando papelitos de colores o aplaudiendo al son de una cumbia o cuarteto. Espera quedarse sola, no se le ocurre ninguna acción para ser elogiada. Selecciona una, de la larga lista que le ofrece: me hice cargo de una compañera que tuvo problemas familiares y la acompañé a su casa. Mientras tanto, llega un vale de un teatro cercano. Está fascinada. Si sus compañeros no la elogian por sus buenas acciones, no le importa mucho. La máquina continúa de manera automática. La risa y la alegría aparecen en su vida. Sabe que interactuar con la pantalla no es la solución, pero se siente aliviada. Ahora solo debe quedarse el resto de las horas, de pie frente a la dispensadora de elogios.
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