Por Mariano Dubin
El pasado 9 de mayo se cumplieron 78 años de uno de los hechos más gloriosos de la Humanidad, cuando la Unión Soviética venció a la Alemania Nazi en 1945.
Esta historia podría ser una de libros más, sumamente lejana y, posiblemente, para la mayoría así lo sea. Pero, como toda historia, cuando se hace narración familiar, continúa sucediendo, sin límites, de generación en generación.
Cuando leía estos días sobre la ocupación de Berlín por el Ejército Rojo, en verdad me acordaba de las tostadas que me cocinaba mi abuela Fanny. Porque esta fecha, en mí, está asociada a la mesa de la cocina de mis abuelos paternos, donde mi abuela Fanny, sin detalles históricos, pero de modo muy sentido, como si fuera una pena que hubiera sufrido hace días y no hace décadas, me contaba de su familia materna.
Hay una fecha clave: el 4 de julio de 1941, cuando las tropas alemanas ocupan Novogrúdok -que había sido parte de Polonia y luego, por un breve período, de la República Socialista Soviética de Bielorrusia-. Esta pequeña ciudad contaba entonces con 20 mil habitantes, la mitad, judíos. La mayoría de ellos fueron asesinados en los siguientes meses en los distintos métodos de exterminio ejecutados por los nazis.
Sin embargo, la historia de mi abuela no precisaba datos. Me relataba un hecho que para ella era la síntesis de todo lo que estoy contando. Ese día, el 4 de julio de 1941, ya no hubo relación epistolar con su familia. Se detuvieron las cartas que procedían desde Novogrúdok. Fanny, mi abuela, desde muy niña, había tenido una lererka particular que le enseñaba a escribir en idish para comunicarse con su abuelo. Pero esta fecha es un hiato: no hay más cartas.
Frente a la ocupación nazi, muchos jóvenes judíos empezaron a cruzar bosques, pantanos, ríos bravos, armados de modo precario, pero con convencimiento revolucionario. Saboteaban líneas férreas, emboscaban destacamentos militares y atentaban contra oficiales de las SS. Entre ellos, aunque mi abuela entonces no lo sabía, estaba Aaron, su tío.
Años después, mis abuelos se reunieron con él, y les contó con detalles la peripecia revolucionaria de los partisanos judíos y su ingreso al Ejército Rojo. Cómo, luego de ocultarse en la fugacidad del bosque, se prepararon militarmente para la gran batalla, sumándose al avance contra Alemania. Aaron, mi tío abuelo, llegó a ser oficial en esta guerra que terminó en Berlín.
Parece hace mucho, también, estando yo niño ahí, en la mesa de mi abuela, esperando mi tostada, y emocionándome con Aaron y los partisanos judíos. Berlín, Novogrúdok, La Plata. Lo siento todo sucediendo en este mismo momento.
