Por Camilo F. Cacho
Tendría unos siete años cuando entré a la librería del pueblo, miré hacia los costados y señalé tembloroso:
–Quiero la pegatina de Sarah Kay.
–¿Esa? ¿Seguro?
–Sí, esa –respondí, mientras el vendedor abría los ojos como huevos y a mí la cara se me ponía como tomate.
–Es para mi hermana –le dije. Y me puse cada vez más colorado.
Estiré las monedas, agarré la pegatina de Sarah Kay y salí corriendo incómodo, como si el mundo entero me estuviera mirando y riéndose de mí.
Después escondí la pegatina abajo del colchón y nadie supo de ella.
Pasaron varias vidas, varias mudanzas. La pegatina siguió siempre conmigo, adherida a una especie de señalero que me recordaba más o menos por dónde andaba.
Ayer decidí ponerme la tercera dosis de la vacuna. En la tele informaron que la espera superaba la hora y media. Agarré una novela que estaba terminando, una botella con agua y me fui.
La fila daba vuelta a la manzana. Yo llevaba lo suficiente para pasar el rato.
A medida que avanzaba, en la fila y en la novela, un niñito detrás de mí jugaba con la hermana y de vez en cuando me relojeaba, un poco el color rosado de mi malla, las florcitas, mis puntitos de las uñas y sobre todo la pegatina de la niña de gorro amarillo. Yo de vez en cuando le sonreía.
La fila llegó a la entrada del Poli.
Algo en mi naturaleza torpe me hizo trastabillar y la pegatina de Sarah Kay voló por el aire.
El nenito se agachó a buscarla. Después estiró la mano para dármela.
–Déjatela, es tuya.
El nenito agradeció y corrió a mostrarle a la hermana la figurita que un señor de varios colores, según escuché le dijo, le acababa de regalar.
La hermana estiró la mano. Pero el nene la guardó en el bolsillo.
