Por Mariano Dubin
A los peronistas, la candidatura presidencial de Massa nos recuerda la fragilidad ideológica del Partido Justicialista. Del antaño movimiento de masas, estructurado en una clase obrera de resistencias épicas, forjado en la lucha contra “el capitalismo foráneo y sus sirvientes oligárquicos” -sintetizado en personajes icónicos que sin poder morir del todo aún vociferan sus verdades proletas, en remeras, murales, estampillas-, el ya sabido “hecho maldito” no de Rimbaud y Baudelaire sino de los descamisados, los pobres entre los pobres, de los últimos, siempre los últimos, toda nuestra mística revolucionaria convertida en un partido profesional. Una estructura política que sólo emociona al insomnio frenético de los operadores en el poroteo electoral.
Uno casi con vergüenza reconoce que el movimiento de la emoción de las masas se redujo al cálculo de los burócratas. No hay que olvidar lo que una vez escribió Scalabrini Ortiz: “En las cosas humanas el número tiene una grandeza particular por sí mismo”. La emoción del peronismo tiene que ver con su desmadre, su desconcierto monumental, sus cuerpos curtidos por el sol y el trabajo multiplicándose en cada espacio vacío de la vida pública y, ahora, saber que “las estructuras partidarias del peronismo” se debaten en un cuarto cerrado, pequeño, escondido, con poca luz (¡un día no peronista!) donde cuatro o cinco o cinco o seis o no más de seis o siete indagan el nombre preciso del candidato para darle confianza a los mercados.
Desde ya, uno diría sobre Sergio Massa -estamos hablando de él, claro-, que el peronismo, hace décadas, varias décadas, devino en partido profesional. Por lo menos desde cuando Carlos Menem creó el país en el que aún hoy vivimos -hay sólo tres grandes transformadores totales de la Argentina: Julio Argentino Roca, Juan Domingo Perón y Carlos Menem-. A nuestra defensa, podríamos decir que en 1989 no sabíamos todavía que Menem no era el tigre de los llanos sino -repitamos la fórmula perfecta de Pino Solanas-: la comadreja del desierto. Confundidos alegremente por sus ropajes criollos, por la figura decimonónica, por su federalismo revolucionario. En muy poco tiempo, en eso la comadreja fue veloz, los mercados nos indicaron con brutal realismo la hipermodernidad del proyecto justicialista post-caída del Muro de Berlín.
En cambio, ¿quién puede decir que no conoce a Sergio Massa? Massa completaría lo que él mismo comenzó en el 2016 -no sólo como turista en Davos-: darle gobernabilidad al proyecto de los organismos internacionales en Argentina. ¿Acaso olvidamos el rol del massismo durante el gobierno de Mauricio Macri? ¿La centralidad de Massa en la persecución y encarcelamiento de compañeros? ¿O su participación clave en las acciones represivas de Gerardo Morales en sus semanas inaugurales? ¿O su apoyo a la nueva política belicista de Estados Unidos sobre la región? Esto no significa, desde ya, que Massa no haya tenido diferencias con Macri al que consideró, ya dos años iniciado su gobierno, como elitista. Pero nunca puso en duda, y tampoco ahora, la necesidad de una nueva pax liberal para la política criolla -como todo en política, y en el devenir histórico, por cierto, nunca puede cerrarse en un sentido unívoco y nos abrimos a la posibilidad de cambiar de opinión-. De hecho, Massa mudó de acérrimo antikirchnerista preocupado por “barrer a los ñoquis de La Cámpora” a ser un protokirchnerista actualizado.
Que Massa procura completar el fallido nuevo sistema político del año 2016 es algo dicho por sus propios actores: Massa, Lousteau, Morales, Larreta, etc. Ellos han expresado públicamente la necesidad del reagrupamiento para una nueva mayoría -donde quedarían afuera, entonces, las expresiones más radicales ideológicas pero, sobre todo, cualquier crítica al modo de acumulación extractivista dominante-. En verdad, no deja de ser un precario equilibrio imperialista: un país subordinado a los Estados Unidos pero con amplios espacios comerciales a los chinos y a otras potencias -por eso quedan afuera de esta ecuación tanto los antichinos como aquellos que proponen sumarse de lleno al “nuevo orden multipolar”-. Massa, tal vez, sobre este proyecto imperialista tenga su estilo (o ciertos límites por su actual protokirchnerismo): nadie está repitiendo el infantilismo de que Massa es exactamente igual a Larreta.
Quien mejor sintetizó esta idea, como suele suceder en estos casos de reordenamiento geopolítico, es uno de los armadores de la franquicia ideológica: el simpático Marc Stanley, embajador de los Estados Unidos en la Argentina. Todo sucedió en el Council of the Americas del 2022 -decirlo en su nombre en español es una contradicción en sí mismo, recordemos, un organismo creado en 1963 por David Rockefeller básicamente para llevar a cabo dos tareas: la inserción de capitales en América Latina y la predicación golpista centrada en el “peligro a Fidel Castro”-. En estos encuentros de pleitesías plebeyas, a los que los políticos profesionales deben asistir, Stanley resaltó ante la presencia enfática de Sergio Massa y Horacio Rodríguez Larreta, la oportunidad del país de “desarrollar la infraestructura, alimentos, energía y litio”. No sólo fijó una hoja de ruta económica sino político-electoral: “hagan una coalición ahora y no esperen la elección 2023”.
El pacto neocolonial -como en la Década Infame, como en el Menemato-, agota la acumulación política de los sectores populares y propicia el levantamiento de masas. Acaso el emergente de este proceso sea la pueblada en curso en Jujuy. Mientras todo el arco político local asegura el modelo de extractivismo y represión, el sujeto político se reinventa en el desmadre social. La democracia, por cierto, no se puede reducir a sus contorsiones institucionales. En una lectura anacrónica, razonamos junto a Juan Bautista Alberdi, cuando se pregunta si la democracia es el mecanismo institucional formal o la voluntad original de una forma popular[1]. Pregunta clave para un kirchnerismo tardío -que estuvo siempre lejos de las refundaciones patrias del peronismo clásico-.
Frente al posible triunfo de “la derecha”, Massa se propone, otra vez, ¡una vez más!, como el derrotado pródigo que da previsibilidad, consenso y racionalidad al proyecto de nación subordinada. No es difícil imaginar a un electo presidente Horacio Rodríguez Larreta convocando a Sergio Tomás Massa a la Casa Rosada. Hasta es fácil vislumbrar el abrazo, las sonrisas, las fotos y la tapa del diario sobre el consenso necesario para la democracia. No pensamos, por cierto, que el kirchnerismo se reduzca a este último ajuste electoral ni que las contradicciones de su elección no provoquen reacomodamientos aún no previstos -dicho de otro modo: nadie anuncia acá el agotamiento del kirchnerismo-. Lo que no podemos dejar de decir, sobre todo los peronistas, aquellos para quienes la doctrina se organiza a partir de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social, es que Massa no representa a nuestras banderas.
Hace unos diez años, Massa fue invitado al programa de CQC -entonces conducido por Roberto Pettinato- en Canal Trece, una de las casas preferidas del candidato; recordemos, por ejemplo, su intervención en la mesa de Mirtha Legrand, en el año 2016, celebrando su activismo en el encarcelamiento de Milagro Sala. En CQC, Massa participó de un juego de preguntas y respuestas que consistía en descifrar la autoría de frases de políticos renombrados. En verdad, no acertó ninguna. Pero lo más sugestivo es que desconoció una frase célebre de Juan Domingo Perón[2] y hasta balbuceó que le recordaba al estilo de Elisa Carrió. No le podemos exigir, por cierto, a un militante histórico de la UCeDé -durante décadas, el partido de avanzada neoliberal en nuestro país- que conozca (mucho menos que sienta) la doctrina peronista. La pregunta es para nosotros: ¿qué hace un candidato de la UCEDE encabezando la lista del peronismo?
NOTAS
