El bar nuestro de cada día
Por Rúkleman Soto.- Meterse en aprietos puede ser clarificador a veces. Cuando mi hija estudiaba cuarto grado le dijo a su maestra, con la solemnidad que el asunto amerita, que había estado en tres botiquines con su papá. Reto difícil explicarle a una educadora lo que significaba la palabra botiquín en la vocecita de aquella criatura tierna como el rocío.
Tenía a mi favor haber cursado tercer año de bachillerato con Luisa González, la única que podía llamarse con rigor “estudiante” del Tercero G en el inaugurado liceo Jesús Muñoz Tébar, del año 74. Yo recién volvía de una larga temporada en Guayana, adonde me fui niño y regresé desadaptado. Por eso no me costó integrarme a ese grupo del que poco o nada podía esperarse, a excepción –insisto– de Luisa, quien a la postre se convertiría en la mejor de todas las maestras que tuviera alguno de mis hijos… Continúa leyendo El bar nuestro de cada día
