El bar nuestro de cada día

A El Guateque, en su tercer aniversario

Por Rúkleman Soto

Meterse en aprietos puede ser clarificador a veces. Cuando mi hija estudiaba cuarto grado le dijo a su maestra, con la solemnidad que el asunto amerita, que había estado en tres botiquines con su papá. Reto difícil explicarle a una educadora lo que significaba la palabra botiquín en la vocecita de aquella criatura tierna como el rocío.

Tenía a mi favor haber cursado tercer año de bachillerato con Luisa González, la única que podía llamarse con rigor “estudiante” del Tercero G en el inaugurado liceo Jesús Muñoz Tébar, del año 74. Yo recién volvía de una larga temporada en Guayana, adonde me fui niño y regresé desadaptado. Por eso no me costó integrarme a ese grupo del que poco o nada podía esperarse, a excepción –insisto– de Luisa, quien a la postre se convertiría en la mejor de todas las maestras que tuviera alguno de mis hijos.

Aunque no dejaba de mirarme con cierto resabio, Luisa se permitió escuchar. Era todo lo que yo necesitaba, poder explicarle a la maestra lo que significa ver caer la tarde sobre la laguna de Unare mientras se hace cada vez más próxima la población de Clarines, remontar la pequeña meseta de su casco histórico como que si te estiras un poco para tocar el cielo estrellado del llano que deviene mar, entrar –con la dulce garrapatica de mi hija colgada en el cuello– a una antigua pulpería de altas puertas, el techo de caña amarga a dos aguas, el mostrador centenario, las silletas de cuero, el tipo con la bandola en el fondo sombrío, punteando notas que invitaban a pasar hacia las caballerizas para acomodarse en las rústicas mesas instaladas en las cuadras, donde parecían resonar aún relinchos de caballos fantasmales.

¿Cómo no beberse una inocente cerveza en aquel otro bar, ubicado al final de la iglesia de Chiguará, santificado con una impecable fuente barroca en todo el centro de su patio interior, donde le hice fotos a Laura en un recorrido inolvidable por Mérida? Ni qué decir del bar de Cerepe, en Píritu, donde Laura escuchó por primera vez auténticos cuentos de espantos y aparecidos y vio la prueba fehaciente de su existencia en la tijera colgada en cruz sobre la puerta del condenado. Fue todo un proceso educativo que además contaba con el abnegado apoyo de su padrino, mi eminente compadre y docente Rafael Mérida.

Aquella explicación a la maestra Luisa, en la puerta de su salón de clases como confesionario, parecía un examen final. Pero me permitió fijar las coordenadas íntimas que distinguen a los botiquines tradicionales, entrañables en su embrujo cotidiano, en su linaje perdido de bar cualquiera y no obstante inolvidable, haciéndolos memorables, míticos y aún fabulosos. Esto incluye los antros ficticios como El cuerno de la abundancia, bar del negro José la Trinidad en el proceloso barrio Muchinga de La Guaira, inmortalizado en La balandra Isabel llegó esta tarde. Algo parecido sucede con el selvático bar Los recuerdos del porvenir, ebrio de misterio temporal, donde servían cocuy, en Los Pasos Perdidos, de Carpentier. Hay que dudar de las novelas sin botiquín, por eso El Quijote es impecable.

Los bares verdaderos nacen viejos, solo hay que aprender a anticipar esa falta de lustre que los llena de tiempo, como quien tiene “visiones de libros aún no escritos”, según dijera un gran escritor.  De allí que los asiduos sean cierta fauna que va dejando surcos en las desgarraduras del futuro. Embarcados en su hundimiento irrevocable, los clientes de un botiquín son náufragos sedientos que se niegan a recalar en tierra firme.

Sin tales signos y señales ningún botiquín es duradero. La actualidad obliga a agregar otra característica que nos justifica en exceso: la sobrevivencia del bar y sus secuaces, especie en decadencia que nos convierte, de súbito, en desahuciados de la nostalgia, razón suficiente para pedir otro trago.

Así de viejo nació un 30 de agosto de 2018 (Año 2 antes del Covid-19) EL GUATEQUE, obra del clarividente prócer Alejandro Sequera con la descarada complicidad de Luis Landáez, Anaibib Matamoros y otros que confabulan encapillados. El llamado de la rebelión no se hizo esperar: el teatro, el cine, la literatura, la danza, la plástica, nuestros músicos, las tribus urbanas, la gastronomía local, todos los migrantes forzados de la intemperie cultural encontramos refugio en la línea fronteriza de su barra.

EL GUATEQUE vive, la lucha sigue, a pesar de la desaparición pandémica de bares desde México hasta la Patagonia, como acaba de suceder con el legendario bar y confitería La Perla, en Buenos Aires, engullido por el delirium tremens del capital, que se llevó en los cachos una ley protectora de bares emblemáticos. Ese lugar donde una madrugada me senté a leer la poesía de Carlos Drummond de Andrade, en una edición bilingüe que después le regalé a Elí Briceño; donde Macedonio Fernández realizó tertulias a las que asistió Jorge Luis Borges hace 100 años; donde se escribió la primera letra del rock argentino; donde León Gieco compuso una de sus canciones representativas y hasta hace nada se reunía a tocar la flor y nata del rock porteño, ahora será “remodelado” para vender pizzas en serie.

A pesar del coronavirus, de un bloqueo feroz al país, de los intentos monásticos, talibanes o seculares de torcer su naturaleza, nuestro tabernáculo resiste, porque se nutre de una insolente utopía: cuando sea grande, EL GUATEQUE quiere llegar a ser un botiquín cualquiera e inolvidable, como sus ancestros. De él se hablará en las escuelas y todas las maestras Luisa montarán el acto cultural de la identidad, porque en un tiempo dominado por virus, corporaciones y las virtualidades del espíritu, los apasionados resultados de la creación en estas montañas tequeñas han tenido algo que ver con el bar nuestro de cada día.

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