LA PESTE – Antecedentes

Por Marcos Martínez

 

Capítulo 1

El año mil ochocientos setenta también agoniza (y es una lástima que ya no se sienta el inconfundible aroma de la pólvora, ni las cenizas arrastradas por el viento, ni el azote del machete contra la selva, ni el ruido del galope del ejército nacional huyendo a fundar otra capital de la república. Ni siquiera se oye el rumor de las milongas de los enemigos. Ya no se arrastran cañones ni soldados ni otro tipo de bestias de guerra. Una calma de velorio lo cubre todo con su manto: los pájaros cantan, las abejas polinizan las flores, cuchillos y machetes pierden su filo.

Era una lástima que los postes de telégrafos ardan al costado de los caminos y que ya no puedan dar parte o dar cuenta ni siquiera de los propios muertos.

Los yerbatales y tabacales son un campo de cenizas flotando en los recuerdos de los campesinos de las estancias nacionales que alguna vez fueron dueños de su tierra.

Lo único que queda de los días de la guerra son los mosquitos y su hambre voraz por la sangre. Esa fue otra guerra. Una guerra dentro de la guerra, en el silencio de la selva y el frente, en la retaguardia y en la vanguardia, el ruido seco de los manotazos que rara vez conseguían dar en el blanco. Un zumbido, la saeta que perfora carne, un murmullo, el vuelo que elude la mano, la vista que olvida la guerra y el enemigo que se retira con las tripas cargadas de sangre casi siempre.

 

Capítulo 2

Las mujeres todavía conservan el recuerdo fresco de cuando las enfundaron en trajes de soldados y cómo se aferraron a sus hijos como única arma. El ejército de la Triple Alianza cayó en la trampa y emprendió la retirada. Pero un día afilaron las bayonetas, marcharon sobre el enemigo y dejaron una estela de devastación, fuego y hambre. Ahora sólo les queda ir a buscar agua, descalzas, a algún río con el peso de los cántaros en sus cabezas, pero aliviando esa pesadez mascando o fumando tabaco. Todos los paraguayos fuman desde la cuna hasta la sepultura, los bebés mientras se amamantan, los moribundos mientras agonizan, o por lo menos eso dicen los franceses, pero Jules Verné también era francés y sabemos que aman a la fantasía tanto como a la manteca.

Paraguay ya no merece ser un país, es apenas un cementerio y una infinidad de viudas que buscaban esposo entre los verdugos. Hay que sacrificarse por la patria –de nuevo–, deben buscar marido para rehacer la patria, aunque fuera un cementerio, una ciénaga de sangre. La mismísima hermana del Mariscal López, doña Rafaela, fue una de las primeras en sacrificarse por la patria. Y eso que López era el demonio que mediante vaya a saber qué artilugio hacía que diez soldados valieran por un regimiento, y que si caían prisioneros, volvieran a tomar las armas para volver a combatir y morir en combate.

 

Capítulo 3

Es una lástima que un país devastado por la guerra no tenga si quiera mar para navegar la melancolía durante el día y aturdirse planeando venganzas por la noche. Ni un mar para abandonar a los muertos a su suerte en los vaivenes de la marea y otros caprichos lunares.

Un mar de tierra rodeaba a la nación ahogada en sangre, Paraguay es Troya, una nación que despierta envidia entre sus hermanos que afilan los puñales de noche y saludan amables de día. No hubo oráculos, ni mitos, no hay Helenas ni Casandras, pero ya habrá miles, no hay muros pero los niños se despeñan contra las selvas. Los dioses encargan la guerra y generales y emperadores la piensan y los pobres de siempre la empuñan. Sí hay sacrificio de los propios hijos que van engrillados al frente para que soplen vientos a favor y las naves avancen por tierra, remonten tormentas y engullan enemigos, la única diferencia es que los ahogados no se hunden, flotan en la superficie de la tierra, esperan al sol, la lluvia o cualquier otra ave de rapiña.

 

Capítulo 4

Los pocos hombres vivos que quedan son exhibidos como trofeos de guerra y después repatriados desde Río de Janeiro. Escupidos, pisoteados, insultados en distintos idiomas y, sobre todo, infectados, vuelven los prisioneros para agonizar y morir cerca de sus familias, si es que todavía queda alguien vivo y dispuesto a llorarlos. Por esos días no alcanzan los dedos de vivos para contar muertos, pero tampoco alcanzan las manos para darles cristiana sepultura, o para trasladarlos siquiera lejos de las calles, de los perros hambrientos, de la vista de parientes y compatriotas. A veces algunas manos anónimas se atreven a sacar los cuerpos de las casas y dejarlos en las calles con la esperanza de que alguien los lleve lejos.

 

Capítulo 5

El Brasil, gobernado por un emperador, viene a imponer la democracia, viene a liberar a los esclavos cuando en su territorio tiene apenas unos dos millones de esclavos. El Uruguay gobernado por un dictador viene a deponer la dictadura. La Argentina que firma acuerdos de libre comercio con Inglaterra y pide préstamos usureros para algunas industrias, entre ellas la de la guerra, viene a imponer el liberalismo y la industria nacional, aunque hasta las alpargatas de los gauchos, de cuero argentino, fueran manufacturadas en Inglaterra. El ejército argentino con soldados engrillados y encadenados viene a traer la libertad al desgraciado pueblo paraguayo.

Con la libertad vienen la sífilis, la gonorrea y otras enfermedades venéreas. Por suerte, decenas de mercaderes ofrecían soluciones mágicas en bonitos frascos a precios módicos. Por supuesto, hay prostitutas, prostituyentes, prostituidores, pero también es cierto que  la moral quedó herida de muerte y el sexo es una forma de olvidar la guerra. Dicen que la post guerra fue una orgía y que ni las plazas se salvaron del deleite de los cuerpos. Una forma de huir de la muerte es refugiarse en propio cuerpo y así lo hicieron muchas paraguayas, que superaban en gran número a los hombres, especialmente fuera de Asunción, donde algunos aseguran que la proporción era de cincuenta mujeres por cada hombre. La monogamia hubiera sido un suicidio de la patria.

No es tan difícil cerrar los ojos y sentir el olor del ser amado en vez del olor despreciable del invasor. No hay que poner ni una pizca de empeño en el acto amatorio, dejarse amar, dejarse violar, ofrecer el cuerpo a manos y lenguas, abrir el cuerpo pero cerrar el deseo, contener los besos, domar la carne.

Si el empeño era mucho o la violación más memorable, la mujer no sólo pasaba a ser una más en la lista de “bajas” de los campamentos de campaña o las residencias oficiales, que ahora usurpan, sino que se convertían en un trofeo de guerra, un souvenir. Las esposas de los oficiales tendrían que recibir a las esclavas con la ferviente sospecha de la violación y mostrarse sonrientes, solícitas, sumisas con el vencedor; detrás de esa sumisión muchas veces late ese sentimiento que se abría, estira y hunde, una red, un puñal, un amante, cualquier cosa podía ser parte de la venganza. Las paraguayas saben que sin esclavas no hay venganza posible, que abandonar una familia para matar en una guerra, que violar mujeres de todas las edades, que saquear y robar es una cosa, pero hacer todo eso y llevarse una esclava de vuelta no tiene nombre. Por eso, entre otras cosas, aun teniendo en cuenta que de esclavas en otro país estarían mucho mejor que libres en el propio, las paraguayas no ponían ningún fervor en el trámite administrativo e higiénico de la violación. En el fondo lo hacen por ellas, esperan que crezca el deseo de venganza en otras. Esperan no tener que hacer predicciones trágicas que nadie crea. Entregarse a los vivos era entregarse a los muertos.

 

Capítulo 6

Además del sexo, lo único que mata el tedio de la tarde y el calor son las peleas de gallos. Alrededor de la arena, el humo del tabaco se confunde con el cielo, la sangre regada de los gallos, el gallo vencedor y su mirada desafiante hacen olvidar por un momento la otra sangre derramada, entonces es tiempo de recoger las migajas de las apuestas, levantar los cadáveres y hacerlos sopa antes de que sea tarde.

Las mujeres, en especial las jóvenes, son exhibidas en fiestas en honor a los ocupantes. Una de las fiestas más memorables fue la del 7 de septiembre de 1872, cuando los paraguayos fueron invitados, a punta de bayoneta, a festejar la independencia de sus ocupantes, de sus verdugos, la independencia de Brasil. Poco después, el 2 de diciembre, celebraban el cumpleaños de Pedro “el Grande”, el tirano que los liberó de la tiranía, el emperador de la democracia, el padre bastardo de la patria.

Viuda y huérfana, reducida a una mentira, derrotada, ensangrentada, silenciada, un naufragio sin mar, lleno de miedo, fantasmas y moribundos, pero convincente al fin, como la patria.