¿La mayoría de la gente es buena o mala?

Por Andreas Doeswijk
Imagen portada: «Stanford Prison Experiment» (2015)
(Publicado en Kalewche)

 

Después de la Segunda Guerra Mundial e influenciado por el genocidio de Auschwitz, un grupo de científicos sociales comenzó a hacer experiencias con grupos confinados en cárceles e islas, lejos de las autoridades institucionales, para demostrar que la mayoría de los seres humanos somos malos y que el barniz civilizatorio sólo depende del contexto social. Pretendían desmentir a Rousseau y a los románticos rescatando a Thomas Hobbes y su teoría del lobo: el más malo vence al más bueno. Cada uno para sí, como perros y gatos o como tontitos en un reality show.

 

El señor de las moscas

Según el joven historiador neerlandés Rutger Bregman, la primera de esas experiencias fue El Señor de las Moscas, de 1951, del docente británico William Golding. Un avión con una veintena de alumnos ingleses cae en una isla deshabitada, y los muchachos creen haber llegado al paraíso adonde sólo imperaban tres reglas básicas: divertirse, sobrevivir y mantener una fogata encendida para alertar sobre su presencia a los barcos que pasaran. Pronto empezaron a descuidar el fuego, prefiriendo dedicarse a la caza, al juego y, más que nada, al bullying, en especial a un compañero obeso y negado para los deportes a quien apodaban Piggy.

el señor de las moscas

Pero, por más que su propuesta principal era la joda, los chicos viven aterrorizados por un monstruo que temen y adoran. Semanas después pasa un barco: la isla está en llamas y tres niños, entre los cuales estaba Piggy, habían fallecido.

Golding se volvió millonario con su libro y recibió el Premio Nobel en homenaje a su «relato realista» que demostraría que todos nos convertimos en bárbaros cuando nos falta la autoridad y la civilización.

En la isla, los chicos no encontraron la felicidad, sino un monstruo exterior, el Señor de las Moscas, y otro interior, su maldad congénita.

 

En las mazmorras de la Universidad de Stanford

La experiencia de Stanford, veinte años después que Golding inventara los perversos realities de la televisión, consistió en meter en cana a nueve estudiantes universitarios pagos, y someterlos a la custodia de otros nueve, bajo la dirección del psicólogo social Phillip Zimbardo.

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A los prisioneros se los desnudó, se les puso uniformes y un número y, claro, fueron maltratados, humillados y despersonalizados por sus bisoños carceleros bajo la dirección del Dr. Zimbardo, que pronto fue devorado por el personaje que él mismo creó. La experiencia volvió famoso y millonario al psicólogo, y su libro, El Efecto Lucifer, se convirtió en un éxito mundial y todavía es citado por tesistas desactualizados y opinadores en general. El mensaje es el siguiente: la gente buena se vuelve mala (los carceleros se entiende, no sus víctimas) si desaparecen los controles sociales de la civilización capitalista.

 

La población de la Isla de Pascua

Un domingo de Pascua del 5 de abril de 1722, el capitán neerlandés Jacob Roggeveen descubrió una pequeña isla con grandes estatuas en sus playas y una población calculada en unos 3 mil habitantes, la cual se creía única en el mundo ya que, desde su llegada allá por el siglo XII, nadie la había visitado, conquistado o civilizado. No existían y sus moáis –sus famosas estatuas cabezudas– miraban hacia el interior porque tampoco los dioses esperaban una visita.

Sus vecinos más próximos vivían en Pitcairn –sí señora, la isla adonde encallaron los amotinados del Bounty– a unos 2 mil kilómetros de distancia, y se especula que llegaron desde las islas Gambier o Marquesas remando contra viento y marea en embarcaciones precarias hacia 800 años.

Cuando Roggy arribó con sus tres navíos bátavos, los pascuenses ya no tenían embarcaciones de madera y el traslado de los moáis se había estancado, ya que sus bosques habían desaparecido por completo hacía más de un siglo.

isla de pascua

¿Qué había pasado? Según Catherine Routledge (1917), hubo una batalla campal entre Orejas Cortas y Orejas Largas (parece un cuento infantil) y los primeros exterminaron a los segundos. Como habían depredado sus bosques, quedaron sin barcos ni capacidad de trasladar los monolitos, de 6 a 9 metros de altura, a las playas. William Mullroy (1974) aumenta la apuesta: empezaron a derribar sus estatuas, y a desearse el uno al otro, con preferencia por los más gorditos. ¿Depredadores y caníbales, y qué más?

Por su parte, el aventurero vikingo Thor Heyerdahl desarrolló una teoría en que ningún científico social creyó: que los Orejas Largas serían inkas del Tahuantisuyo exterminados en esa batalla mitológica de alrededor de 1680. Resultado: cuando Chile anexó la isla en 1887, sólo se encontraban en la Isla de Pascua unos 110 individuos desganados, famélicos y decadentes.

Así, Rapa Nui (la denominación es tahitiana y de finales del siglo XIX) se convirtió para muchos ecologistas en el ícono de lo que pasará con nuestra Madre Tierra si no se frena a tiempo la deforestación, la extinción de la fauna autóctona, la quema de hidrocarburos y los gases emanados por la bioindustria. O sea, la civilización nos tiene que salvar.

El geógrafo Jared Diamond sintetizaría esta visión decadente  del mundo anglosajón en su bestseller Collapse (2005), que lleva como subtítulo Cómo las sociedades optan por la decadencia y el suicidio. Por supuesto que don Jared se volvió tan millonario como Golding, Zimbardo y Heyerdahl, o como el hotelero suizo Erich von Däniken, quien vendió más de 7 millones de ejemplares de su Charriot of the Gods, en el que postulaba que los pascuenses son extraterrestres.

 

El verdadero señor de las moscas

El Señor de las Moscas de Golding fue una ficción con la cual el autor quería demostrar que casi todo el mundo es malo como, de hecho, lo era él; y que los carceleros nazis de Auschwitz no eran la excepción, sino la regla.

Pero Bregman descubrió que esa ficción literaria sucedió realmente años después en Oceanía. A ver. En junio de 1965, seis muchachos de Tonga, de entre 13 y 16 años, estaban hartos del internado británico, de su disciplina y de su cocina inglesa (sin duda, la peor del mundo); y decidieron tomar prestado un viejo barco de pesca y se largaron a la mar con tan mala suerte que pronto les agarró una tempestad, que les hizo de goma una vela y les partió el timón al medio. Y así navegaron, con hambre y sed, durante ocho días, a la deriva. Al octavo día sucedió el milagro: apareció una isla sin playas ni palmeras, a la cual había que acceder subiendo por una roca escarpada de 350 metros. Era la isla de Ata, despoblada hacía cien años por los mismos piratas que secuestraron a los pascuenses en 1862 para venderlos a las guaneras de Perú.

La voy a hacer short: los seis muchachos de Tonga se las arreglaron muy bien para sobrevivir durante quince largos meses… Organizaron una pequeña comuna con una quinta, troncos ahuecados para recoger el agua, un gallinero y –elemental, mi estimado Watson– una fogata permanente que no dejaron apagar como los engendros de Golding. En momentos de discordia, los enemistados eran separados por unas horas, y santo remedio. Cantaban y rezaban acompañados por una guitarra improvisada con cocos y alambres.

Quince meses después, el 11 de septiembre de 1966, fueron rescatados por el capitán Peter Warner, el cual, junto con uno de los protagonistas, Manu Tatau, fue entrevistado por Bregman en 2017. Warner encontró a los muchachos en muy buenas condiciones físicas y psíquicas, y muy compañeros entre sí. Al contrario de los esperpentos de Golding y sus imitadores televisivos, los chicos de Tonga mostraron el lado solidario del ser humano. Pero, a pesar de eso, al Señor de las Moscas se lo sigue leyendo, y la experiencia real de Oceanía permanece ignorada. Como en The Real WorldBig BrotherTemptation Island o Lost, o como El Hotel de los Famosos vernáculo, el mal garpa y lo bueno aburre.

 

La remake de la experiencia de Stanford

El Dr. Zimbardo no sólo hizo money con su experiencia carcelaria, sino que también llegó a presidente de la Asociación Americana (léase: yanqui) de Psicología. A pesar de que las investigaciones lo acusaron de manipular y guionar la experiencia, él se conformó con la actualidad de su obra y la buena venta de El Efecto Lucifer.

Treinta años después de Stanford, allá por el 2001, dos psicólogos británicos aceptaron una invitación de la BBC de Londres para repetir la experiencia carcelaria. Era el auge de los realities y el canal inglés pensaba batir todos los ratings con su supershow. Los doctores Alexander Haslam y Stephen Reichert aceptaron la propuesta, pero pusieron dos condiciones: el control exclusivo del programa y la creación de una comisión de ética con facultades para detener la experiencia en cualquier momento.

El proyectó generó muchas expectativas, de manera que, al ser lanzado The Experiment, millones de británicos estaban sentados en la punta de sus sillas para ver qué cornos iba a pasar.

the experiment

No pasó nada.

Los capítulos eran de un aburrimiento padre. Haslam y Reichert no habían dado instrucciones a los carceleros y, desde el primer día, éstos compartían amigablemente su vida con los presos, los cuales entraban a la cantina de sus guardianes para fumar un pucho, charlotear o tomarse una cerveza caliente. No hubo peleas, intrigas ni mentiras, o sea, la naturaleza no soltó lo peor de sí ni el contexto social lo determinó todo.

Los televidentes encontraron tan poca adrenalina en la trama como en un programa de humor de Bochini, Riquelme y Messi; y la BBC suspendió rápidamente el programa, después del cuarto capítulo. De nuevo, lo malo garpa y lo bueno aburre.

The Experiment demostró que la performance de Stanford hacía más ruido que desfile de esqueletos.

 

De la Isla de Pascua a Rapa Nui (I)

Para la reivindicación de la comunidad pascuense, Bregman no sólo se apoya en relatos de los viajeros de los siglos XVIII y XIX, sino también en la historiografía de los últimos 150 años, en que peruanos, chilenos e ingleses llevaron la devastación social a la isla, lo que explica el estado miserable en que se encontraba la comunidad a comienzos del Siglo XX.

Como pasó con el abominable proyecto de Stanford, los científicos comenzaron a cuestionar las versiones decadentistas de Routledge, Mulloy, Diamond y los profetas del desastre, Bahn y Flenley (1992), con su hipótesis de que la historia de la Isla de Pascua representaba el futuro de nuestro planeta. Los pascuenses, después que depredaron sus bosques, no tenían dónde huir y se convirtieron en caníbales. Tampoco la humanidad tiene un planeta viable de escape para todos cuando la contaminación, el recalentamiento global, la deforestación o una guerra atómica haya volado por los aires a nuestra Madre Tierra.

Pero el ejemplo de Rapa Nui fue muy mal elegido. El biólogo ambiental Jan Boersema (2015) descubrió en el libro de bitácora de Roggeveen una sociedad muy diferente a la de los agoreros del siglo XX. En 1722, los pascuenses no mendigaban por comida sino que la poseían en abundancia, en sus terrazas fértiles; no habían derribado a sus moáis y no tenían lanzas con punta de obsidiana u otras armas de guerra. Estudios arqueológicos demostraron que no había vestigios de guerras, canibalismo o violencia desmedida: sólo 2 de los 469 cráneos examinados mostraban evidencias de fractura. Roggeveen tenía razón: los pascuenses eran gente amistosa, hospitalaria y saludable; su aislamiento (literal) nos los llevó a la decadencia física o cultural.

Y tampoco talaron todos sus árboles para hacer barcos, viviendas, combustible o medios de transportar a sus moáis de la cantera de Rana Raraku a las playas. Según Boersema, el bosque contaba con millones de árboles, de los cuales podrían haber talado unos 15.000… Finalmente, en 2013, una tal Mara Mullroy develó el enigma: la rata polinesia, rattus exulans, era la culpable de haber exterminada la floresta. Sin embargo, como los isleños eran, como decía Boersema, agricultores astutos y resilientes, construyeron terrazas en las laderas de las montañas para contener la humedad y pircas para proteger sus cultivos del viento. Cada crisis genera nuevas oportunidades, si es que los humanos o los animales saben aprovecharlas.

Nuevos estudios determinaron que el cálculo que hizo Roggeveen de 3 mil habitantes no estaba tan errado, y esa cifra dista mucho de los 18 mil estimados, que luego, en gran parte, se autodestruyó por guerras y canibalismo, según habían pontificado los autores mencionados como Routledge, Mulloy y Diamond, una historia que todavía sobrevive en los manuales y la Wikipedia.

Pero aquí surge otro interrogante. ¿Cómo esos 3 millares de 1722 se redujeron a poco más de 100 individuos en estado de desamparo absoluto cuando, en 1887, Chile anexionó la isla?

Sin descartar otras causas desconocidas, las tres principales fueron la piratería de esclavistas peruanos y españoles en 1862, la viruela que trajeron los esclavizados cuando fueron «devueltos» a la isla a partir de 1863 y la conversión de la isla en una factoría agrícola inglesa (a semejanza de las Malvinas) con el confinamiento de los pocos naturales, por parte de chilenos e ingleses, a partir de 1895.

En los siglos XIX y XX, peruanos, chilenos e ingleses hicieron con la población pascuense lo que la rata exulans no había podido conseguir siglos antes.

 

De la Isla de Pascua a Rapa Nui (II)

En una fecha tan tardía como el año 1862, apareció el primero de los 16 barcos esclavistas peruanos y españoles en Rapa Nui. En el Perú, la esclavitud africana había sido abolida ocho años antes y la población pacífica, sana y fuerte de la isla parecía la ideal para trabajar en las guaneras de la costa y las minas de los Andes. Estamos en la época del boom del guano –el estiércol de los pájaros en los islotes de la costa del Pacífico–, y los isleños debían recoger el guano y cargarlo en los navíos ingleses que lo llevaba como fertilizante para el norte de Europa.

Los barcos peruanos, acompañados por otros, como el del pirata catalán Joan Maristany, secuestraron a 1.407 pascuenses: una tercera parte de la población y la casi totalidad de hombres en condiciones de trabajar.

Al año siguiente, ante la presión internacional y la gran mortandad de los isleños por extenuación y enfermedades, las autoridades peruanas decidieron repatriar a los sobrevivientes y los concentraron en el Callao, donde una tripulación estadounidense los contagió de viruela. Resultado: sólo 15 volvieron a la isla, los cuales, a su vez, contagiaron a toda la población.

En 1884, Chile venció a Perú y Bolivia en la guerra del Pacífico. Una de las consecuencias fue que en 1887 el estado chileno se apropió de Pascua considerándose el dueño de todas las tierras de la isla. Pero, como era incapaz de explotarlas, ya en 1895 las dio en concesión a la Compañía Explotadora de la Isla de Pascua, una firma inglesa. Lamentablemente, los anglosajones se oponían a la esclavitud pero no al confinamiento de los la población originaria. Finalmente, los españoles en Cuba y los ingleses en África del Sur inventaron los modernos campos de concentración.

A los pascuenses, despojados de sus terrazas, se los confinó en una sola localidad, Hang Roa, con la obligación de trabajar para los ingleses. Esta concesión parece haber durado hasta 1933, cuando la Marina chilena comenzó a explotar las riquezas de Rapa Nui. Para los pocos pascuenses que sobrevivieron y los numerosos inmigrantes tahitianos, algunas cosas fueron mejorando; pero recién en 2006 el presidente Lagos les otorgó ciertos derechos políticos y sociales a esa población que había vivido durante ocho siglos en libertad y bienestar, lejos de la civilización. En la actualidad, poco parece importar la tierra, y el interés económico y social está enfocado en el turismo de los moáis y de las tahitianas bailando y cantando con guirnaldas de flores para los turistas occidentales de camisa floreada y los chinos boquiabiertos.

Pocos de los 7.500 habitantes actuales descienden de los bravos navegantes del siglo XII, por más que las agencias de turismo se esfuercen en presentar como originales a los inmigrantes polinesios que remplazaron a los secuestrados, muertos por enfermedad y confinados por los peruanos, chilenos e ingleses.

 

Colofón

Así como el libro El Señor de las Moscas y el experimento de Stanford quisieron demostrar que la mayoría de los humanos es mala, la historia real de los seis muchachos de Tonga que encallaron en la isla desierta de Ata y The Experiment de la BBC de Londres, mostraron lo contrario: la mayoría de las mujeres y hombres del planeta practica la ayuda mutua y puede sobrevivir razonablemente, aun en condiciones extremas. También la población de la Isla de Pascua parece demostrar que una comunidad carente de recursos como la madera o el metal (asaban sus pollos en pozos sobre piedras recalentadas) puede vivir en mejores condiciones económicas que los trabajadores industriales ingleses del siglo XIX. También aquí se cuestiona la patraña decimonónica de la Civilización buena contra la mala Barbarie. Toda obra de civilización está fundada sobre obras de barbarie, escribiría Walter Benjamin en su Tesis de la Filosofía de la Historia de 1939, cuando Occidente iba a protagonizar una remake empeorada de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial.

Rutger Bregman presenta su libro de 2019 con un subtítulo algo pretencioso: Nueva historia de la humanidad. Su tesis principal consiste en que no es el más malo, violento o egoísta el que siempre triunfa sobre sus competidores, sino que son los que practican la ayuda mutua y la solidaridad los que hacen evolucionar a la humanidad, y quizás a todas las especies. El humilde, amigable y social es más flexible e inteligente que el autoritario, engreído y mal llevado.

Y usted lectora, lector, ¿qué piensa? La respuesta dependerá de sus experiencias sociales vividas, de su estado de ánimo, de la situación en que se encuentra, de su historia de vida y, seguramente, dirá más de usted que de la mayoría de los seres humanos. Personalmente, y apartándome un poco de Bregman, sostengo que la mayoría puede ser buena (las mujeres más que los hombres), pero que este postulado no se cumple para la mayoría de la clase política, para los burócratas y para los dirigentes de las grandes corporaciones, entre otros.

Bregman trata de una «sociedad» o «comunidad» sin diferencias de clase ni de naciones hegemónicas y subordinadas. Tampoco enfatiza la distinción weberiana entre comunidad y sociedad, pues no se trata tan sólo que la comunidad pascuense no se autodestruye, sino que tampoco esa comunidad aislada puede fácilmente constituirse en un paradigma de una sociedad tecnológicamente evolucionada.   .

La población pascuense parece ser una comunidad de iguales. Al menos, las fuentes que cita el autor no mencionan una estratificación social. ¿Quiénes mandaban construir y trasladar los moáis, o hacer las obras de los andenes agrícolas? ¿Hubo señales de un modo de producción asiático como se dio con la construcción de la Gran Muralla China o las obras de irrigación del Nilo en Egipto, o del Urubamba en el Valle Sagrado de los inkas? No lo sabemos.

Otro problema que se presenta a más de un historiador: ¿con cuántos palos se hace una canoa? Si bien los casos que trabaja Bregman (los cuales, dicho sea de paso, son más de los tratados aquí en la reseña) parecen corroborar plausiblemente su hipótesis de trabajo, nos podemos preguntar qué pasaría si se tomaran otros casos de otras sociedades y contextos sociales. Junto a las confraternizaciones en las trincheras de alemanes y franceses en Navidad de 1914 hubo 10 millones de muertos en esa guerra. El fantasma del nazismo (un pueblo culto e inteligente como el alemán pudo caer tan fácilmente en un genocidio monstruoso de judíos, eslavos y gitanos sin oponer una resistencia masiva) sigue contradiciendo a Bregman, por más que el holandés invierta los polos de Civilización y Barbarie. Lo mismo podría plantearse sobre la experiencia del socialismo real soviético: una revolución obrera-campesina igualitaria que se convirtió en una distopía autoritaria a causa de la burocracia estatal.

Además, si bien en una reseña por lo general no cabe criticar las ausencias sino considerar lo que, de hecho, está escrito, en el libro de Bregman hay una ausencia muy llamativa: las mujeres. Los soldados que se niegan a combatir, las experiencias de Stanford y la BBC, los muchachos de Tonga, todos son varones, y hasta en la comunidad de la Isla de Pascua la presencia femenina es irrelevante. Si pretendía escribir una nueva historia de la humanidad más vale que ellas deberían tener el mismo protagonismo que los hombres, y la escasez de datos en las fuentes no es una excusa valedera.

Y por último, considero que Bregman llega a condenar en exceso lo que denomina el pensamiento catastrófico de las últimas décadas, tal como –por ejemplo– lo expresan Paul Bahn y John Flenley en Easter Island, Earth Island (Isla de Pascua Isla de la Tierra o Humanidad), obra de 1992 que retoma las ya analizadas de Routledge y Mullroy, y que inspiraría el bestseller de Jarred Diamond. Nuevamente, en el caso de la Isla de Pascua, las conclusiones del autor son correctas; y las de los autores mencionados historiográficamente, erróneas. Pero existe un exceso de generalización en esas conclusiones de Bregman. Si la Isla de Pascua no representa lo que le espera a la humanidad, si esta continúa talando sus bosques, contaminando los ríos y océanos, quemando hidrocarburos y consumiendo los productos de la bioindustria, no podemos suscribir un diagnóstico optimista respecto al futuro del planeta Tierra.

Si bien consigue demostrar que la mayoría de la gente no es mala en forma intrínseca, es menos convincente cuando propaga un optimismo que tiende a descalificar la tesis que, si no cambiamos radicalmente de estilo de vida, esta tierra, la única que tenemos, estallará en mil pedazos, y no todos podrán adquirir una plaza en un satélite de Elon Musk para escapar a Marte, o girar y girar y girar alrededor de la Luna.

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