La Vieja Terminal

Por Teresa Oliveri

El ómnibus aún no estaba, llegábamos con anticipación, cosa que con el tiempo se transformó en hábito. Mis hijos trasladaban el bolso, la mochila y los sentimientos encontrados; por un lado, la pena de dejar la casa, por el otro, la alegría de comenzar una apasionante y nueva vida viviendo solos.

Cuando íbamos llegando a la Terminal, el padre les decía: “las llaves, los documentos, la plata”. Si las tres respuestas eran positivas, bajábamos, si no, había tiempo para volver y buscar lo que faltaba. Más de una vez necesitamos de ese tiempo.

Las circunstancias especiales de esta familia transformaron a la “Vieja Terminal” en el primer paso y también en el último de las carreras de nuestros hijos. Agitamos un pañuelo para despedirlos aquella primera vez y ellos miraron para otro lado avergonzados, fingiendo que el saludo no era para ellos, pero miraron a su alrededor cuando además del bolso tirante de tan lleno, trajeron el tubo en el que llegaba el título.

Habían crecido; los bancos desportillados y el perro durmiente fueron testigos de su madurez. Ya no tenían que fingir preguntándose si era el monóxido de carbono el causante de sus lágrimas.

“La Vieja Terminal” no sólo fue testigo de las despedidas y reencuentros con nuestros cuatro hijos, sino de la llegada y del regreso de mi madre, oriunda de Buenos Aires, que infaltablemente necesitaba ayuda para bajar los bártulos, entre los que traía desde una bicicleta para los chicos hasta un esquinero para la casa.

Era fea e incómoda la “Vieja Terminal”, pero como sucede siempre, la belleza no tiene que ver con el cariño y ella será siempre el nexo entre el pasado y el presente y también la espectadora ruidosa del desarrollo de mis hijos.