Argentina y las guerras mundiales (I)

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

Entre los temas más complejos y fascinantes de la historia argentina contemporánea –aunque curiosamente no entre los más conocidos– figura, sin lugar a dudas, el de las guerras mundiales de 1914-18 y 1939-45. ¿Qué posición diplomática tuvo nuestro país ante las dos mayores conflagraciones del siglo XX y de todo el devenir humano? ¿Fuimos neutrales o beligerantes? ¿Por qué? ¿Tuvimos una intervención militar directa en aquellos conflictos, aunque sea muy modesta, como la de Brasil? ¿Cuál fue el impacto económico, político y sociocultural de las guerras mundiales en Argentina?

Dos episodios navales de dichos procesos bélicos se desarrollaron en aguas territoriales argentinas o muy próximas a ellas: la batalla de las Malvinas (1914) y la batalla del Río de la Plata (1939). Desde una perspectiva histórico-militar, presentan varias coincidencias interesantes. En ambas midieron sus fuerzas los mismos contendientes: la Armada Real británica (Royal Navy) y la Marina de Guerra alemana (llamada Kaiserliche Marine durante la Primera Guerra Mundial, y Kriegsmarine durante la Segunda). Las dos batallas ocurrieron en la primera quincena de diciembre, es decir, a finales de la primavera austral. Las dos fueron tempranas, precoces: se libraron el mismo año en que estallaron las guerras, a pocos meses de iniciadas las hostilidades en Europa. En ambos choques resultó vencedor el Reino Unido, con pocas bajas y ningún buque hundido en el 14, y con considerables pérdidas humanas y materiales en el 39. La base naval británica de las Malvinas cumplió un rol logístico relevante en los dos triunfos de la Royal Navy. Por lo demás, ninguna de las batallas tuvo una envergadura e importancia estratégica superlativas, pues en ambas guerras mundiales el Atlántico Sur fue un teatro naval marginal o, cuanto mucho, secundario: no hay comparación posible entre la batalla de las Malvinas y la de Jutlandia (Atlántico Norte, 1916), o entre la batalla del Río de la Plata y la del Golfo de Leyte (Pacífico Occidental, 1944).

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De todo esto, y mucho más (como la relevancia militar, naval y comercial de la guerra submarina alemana en el curso de ambas guerras mundiales, que Argentina comprobó en carne propia con su marina mercante), hablaremos en el presente texto. No se trata de una extensa monografía académica para historiadores colegas especializados en la temática, sino de un artículo divulgativo como otros que he escrito para El Parresiasta, mi sección dominical en Revista Kilómetro Cero. Así y todo, tiene, a mi entender, cierto valor historiográfico, no solo por las reflexiones crítico-valorativas del balance final, sino también –y sobre todo– por sus análisis comparativos en múltiples planos: una guerra mundial frente a otra, la Argentina en relación a los demás países latinoamericanos, las sucesivas etapas bélicas o diplomáticas de cada proceso, la política exterior de cada gobierno argentino. Este tipo de análisis macro son muy escasos en la historiografía actual, debido a las lógicas de ultraespecialización, fragmentación y disociación que imperan en el campo académico. Un serio problema epistemológico de la posmodernidad que François Gosse, cavilando en los 80 sobre el devenir tardío de la ciencia de Clío, se animó a llamar, con ánimo provocador, “historia en migajas”.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918)

En julio de 1914, tras muchos años de carrera armamentista (la llamada Paz Armada), estalló la Primera Guerra Mundial, que se desarrolló principalmente en Europa, con algunos escenarios laterales como los de Medio Oriente, África y Asia-Pacífico. Todas las potencias de la época participaron en ella: Gran Bretaña, Alemania, Francia, Estados Unidos, Austria-Hungría, Rusia, el imperio otomano, Japón, Italia… Una crisis política regional en los Balcanes, magnificada hasta el delirio por el sistema de alianzas y las rivalidades imperialistas, arrastró a buena parte de la humanidad a un conflicto bélico sin precedentes hasta entonces.

Fue una guerra larga y cruenta, de posiciones y desgaste más que de movimientos, que se libró mayormente entre trincheras y donde se usaron por primera vez aviones, armas químicas y máscaras antigases. Duró cuatro años y medio, hasta noviembre de 1918, y causó la muerte de más de 15 millones de personas, contando soldados y civiles. Entre las batallas más importantes podemos mencionar Marne, Tannenberg, Galípoli, Verdún, Jutlandia y Somme.

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¿Quiénes ganaron la Gran Guerra? Los Aliados: Gran Bretaña, EE.UU., Francia… ¿Quiénes la perdieron? Los llamados Imperios Centrales: Alemania, Austria-Hungría, Turquía. El país que más se benefició –luego veremos por qué– fueron los Estados Unidos. El Tío Sam entró tarde a la guerra, en 1917. Pero su participación fue absolutamente decisiva. Inclinó la balanza.

Otra de las potencias que participaron en la guerra fue Rusia. No le fue nada bien. Sufrió muchas derrotas y bajas, y se hundió en una grave crisis económica que trajo escasez, pobreza y hambre. El malestar social creció rápidamente, y en 1917 se produjo un gran estallido popular: la Revolución Rusa. Surgieron por todas partes soviets, el zar Nicolás II Románov abdicó, se declaró la paz y se creó una república democrática de carácter socialista: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Los campesinos se apropiaron de las tierras y los obreros tomaron el control de las fábricas. El gobierno fue asumido por los bolcheviques, un partido revolucionario de izquierda cuyos dos líderes principales eran Lenin y Trotsky.

La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa cambiaron totalmente el mapa de Europa. Cuatro grandes imperios cayeron: el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso. En sus territorios surgieron muchos estados nuevos de tamaño más pequeño o mediano: varias repúblicas (Alemania, Austria, Turquía, Polonia, Checoslovaquia, Finlandia, etc.) y algunas monarquías constitucionales (Hungría y Yugoslavia). Otro coletazo fue el surgimiento, en Rusia y sus satélites (Ucrania, Bielorrusia, Transcaucasia), de la Unión Soviética.

Los EE.UU., por su parte, se convirtieron en la principal potencia económica y militar del planeta, desalojando a Gran Bretaña a un segundo lugar; la cual, de todos modos, logró retener la mayoría de sus colonias de ultramar, igual que Francia. Para el Reino Unido, los años dorados de la Pax Britannica victoriana y eduardiana quedaron atrás, irremediablemente.

La Primera Guerra dejó a Europa diezmada, en ruinas, con muchos problemas económicos y sociales. La peor parte se la llevaron los países derrotados, especialmente Alemania. Una revolución destronó al Kaiser y estableció un régimen democrático: la República de Weimar. Alemania perdió muchos territorios en Europa, y todas sus colonias ultramarinas. Se le exigió que desmantelara sus fuerzas armadas y que pagara una indemnización de guerra exageradamente alta. Esta obligación financiera la llevó a endeudarse cada vez más, lo cual habría de provocar una terrible crisis económica: hiperinflación, caída de los salarios, desempleo, pobreza, etc.

LA URSS fue el primer país socialista de la historia. En todo el mundo, las clases trabajadoras se ilusionaron con la Revolución Rusa. Parecía que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Las luchas obreras crecieron en todas partes: huelgas, protestas, tomas de fábricas, rebeliones… Fueron tres años de mucha efervescencia revolucionaria. A esos tres años se les dice Trienio Rojo, porque el rojo era el emblema del socialismo, el color de la bandera socialista. Como era de imaginarse, la Revolución Rusa causó muchísimo asombro, miedo y rechazo en los gobiernos y las burguesías de los países capitalistas. Se temía que hubiera un «efecto dominó» y que estallaran otras revoluciones socialistas fuera de Rusia. A este temor se lo llama pánico rojo. Hubo feroces represiones policiales, intervención de las fuerzas armadas… Las empresas contrataban rompehuelgas y armaban grupos parapoliciales. El Trienio Rojo fue una época muy turbulenta y violenta. La lucha de clases, el conflicto entre trabajadores y capitalistas, alcanzó un pico de intensidad nunca igualado. Alemania, por ej., tuvo varios estallidos: la Revolución de Noviembre, la Insurrección Espartaquista, el Soviet de Baviera…

 

Argentina y la Primera Guerra Mundial

¿Qué pasó en América Latina con la Primera Guerra Mundial? Las reacciones fueron bastante uniformes al principio. De hecho, lo fueron durante la mayor parte del conflicto. Pero en el tramo final, hubo una diversificación. El historiador francés Olivier Compagnon, profesor de la Sorbona y director de la revista Cahiers des Amériques Latines, lo resumió muy bien en una entrevista que le hiciera Deutsche Welle el 10 de mayo de 2012. Cito sus palabras:

Al inicio de la guerra en agosto de 1914, todos los estados latinoamericanos proclamaron su neutralidad, como lo hizo también Washington. La «guerra europea» era percibida como la consecuencia de la vieja rivalidad entre Francia y Alemania, de la afirmación de las nacionalidades en la península balcánica o del choque de imperialismos. Dicho de otro modo, como un acontecimiento que no tenía nada que ver con la historia americana. Pero todo cambió en 1917 con la guerra submarina a ultranza alemana y la entrada de los Estados Unidos en la guerra en abril. Los países de América Central y del Caribe, que ya pertenecían a la zona de influencia estadounidense, entraron en la guerra inmediatamente con Washington, así como Brasil, que tenía una alianza estratégica con Estados Unidos desde 1902. Todos los otros países permanecieron neutrales hasta el armisticio de noviembre de 1918, aunque algunos rompieron sus relaciones diplomáticas con Berlín.

A lo largo de la Primera Guerra Mundial, Argentina mantuvo una posición neutral, tanto durante el gobierno conservador de Victorino de la Plaza –que terminó en octubre de 1916, promediando la contienda– como durante el gobierno radical que le sobrevino, encabezado por Hipólito Yrigoyen. Se evitó todo acto de beligerancia y toda ruptura de relaciones diplomáticas, hasta el último día de la contienda.

victorino de la plaza
Victorino de la Plaza

Un detalle de precisión, antes de avanzar con el relato: durante los primeros trece días de la Gran Guerra, del 28 de julio al 9 de agosto de 1914, el presidente de Argentina fue, técnicamente hablando, Roque Sáenz Peña, conservador, quien había ocupado el sillón de Rivadavia en 1910. Pero, por serios problemas de salud, estaba de licencia desde octubre de 1913, y nunca reasumiría el cargo. De la Plaza era el vicepresidente, de modo que, en términos reales, cuando el atentado de Sarajevo escaló en la Primera Guerra Mundial, él ya gobernaba Argentina desde hacía varios meses. Asumió formalmente la titularidad presidencial el 9 de agosto del 14 porque esa misma jornada falleció Sáenz Peña.

La neutralidad le permitía a nuestro país seguir comerciando con las distintas potencias europeas, sin sufrir represalias, por lo menos a gran escala o con demasiada recurrencia. Además, debe decirse que Gran Bretaña –nuestro principal socio comercial, acreedor e inversor externo– no veía con tan malos ojos esa política, porque si Argentina cruzaba el Rubicón declarando la guerra a Alemania, sus suministros de alimentos a los puertos británicos –de importancia vital para los Aliados– quedarían automáticamente expuestos a los torpedos de los U-Boote, los temibles submarinos de la Kaiserliche Marine, esas proezas de la ingeniería alemana que tantos naufragios causaban en el Atlántico.

Aunque no tan decisivos, otros factores también incidieron en el neutralismo yrigoyenista. A nivel geopolítico, se intentaba equilibrar las influencias de las grandes potencias, para ganar un mayor margen de autonomía nacional en lo diplomático y económico. A nivel interno, se procuraba no desairar con favoritismos a las diversas y nutridas colectividades gringas. Con más de 2,3 millones de extranjeros, un 30% de la población, nuestro país fue uno de los más impactados del continente y del mundo por la gran ola de inmigración europea y mediterránea de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Las comunidades francesa, rusa, turca, alemana, austrohúngara, británica, etc., eran multitudinarias. Ni hablar la italiana, la mayor de todas. No parecía prudente entrometerse en una guerra tan lejana, teniendo tantos inmigrantes europeos y mediterráneos de procedencias tan dispares, cuya susceptibilidad –además– resultaba altamente volátil debido a la fiebre patriotera desatada por la conflagración.

Las inversiones británicas en Argentina eran fabulosas, pero las alemanas no resultaban insignificantes. La Armada era anglófila, como en muchos otros países del mundo, por natural inclinación profesional: el poderío naval del Reino Unido y su formidable talasocracia causaban admiración entre los marinos. No así el Ejército, que tenía muchos oficiales germanófilos: el Reichsheer de tradición prusiana, considerado la mejor fuerza militar terrestre del mundo, también generaba fascinación. Esta dualidad castrense, que en la Segunda Guerra Mundial sería bastante mayor debido a contrastes político-ideológicos más marcados, también influyó en la neutralidad de la Argentina yrigoyenista.

Por último, debe mencionarse un factor ideológico: el pacifismo de Yrigoyen. Sobre esta convicción política y moral del presidente argentino –y de otros políticos radicales yrigoyenistas– influyó mucho el krausismo, la filosofía idealista del alemán Karl Krause (1781-1832). Recuérdese que, cuando el presidente estadounidense Woodrow Wilson dio a conocer en 1918 sus Catorce Puntos, y cuando en 1919 se firmó la Paz de Versalles y se creó la Sociedad de Naciones, Yrigoyen apoyó fervientemente estas iniciativas pacifistas multilaterales, en contraste con otros estadistas del mundo, más escépticos frente al llamado idealismo wilsoniano (no obstante, la Argentina yrigoyenista duraría poco en la Sociedad de Naciones: a fines de 2020 se retiró, en repudio a las lógicas revanchistas y hegemonistas que operaban en el seno de dicho organismo internacional).

Habíamos dicho que la neutralidad en la Gran Guerra, más allá de toda motivación ética pacifista o principista, le reportaba a nuestro país la ventaja de poder seguir comerciando con las distintas potencias europeas, sin sufrir represalias a gran escala o continuamente. Las cursivas no son caprichosas: algunos buques mercantes y cargueros argentinos sufrieron agresiones en el Atlántico (aunque no se trató de un caso excepcional, porque muchas otras naciones latinoamericanas afrontaron contratiempos similares en sus actividades navieras de exportación e importación).

Por ejemplo, el velero Pax y el vapor Mitre fueron capturados por los ingleses en aguas territoriales argentinas en 1915 y 1916, respectivamente. La Royal Navy, a través de la Foreign Office, adujo que el Pax era un buque germano –desconociendo que había sido rematriculado como argentino– y que el Mitre pertenecía a un alemán –pasando por alto la circunstancia de que el dueño era un inmigrante naturalizado argentino–. El vapor Argos desapareció misteriosamente en mayo de 1916 con sus veinte tripulantes, cuando viajaba a las Georgias del Sur. Por otro lado, ese mismo año, el carguero Curumalán estuvo retenido en el puerto británico de Cardiff; y cuando se le permitió zarpar en diciembre, se extravió en altamar, sin que se supiera nada más de él ni de sus marineros (siempre se sospechó que haya sido hundido por algún submarino alemán). Podemos recordar también que, hacia 1917, el Toro, el Oriana y el Monte Protegido fueron mandados a pique por sumergibles de la Kaiserliche Marine en aguas europeas. Lo mismo sucedió con el Ministro Yriondo, en enero de 1918.

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Vapor Mitre

Pero, visto todo en perspectiva retrospectiva y panorámica, comparando el caso de Argentina con el de otros países neutrales, se trató de hechos más bien aislados, no de un problema generalizado y crónico. La cancillería argentina protestó ante las potencias agresoras, pero no cambió su postura de estricta neutralidad. No está de más recordar, al pasar, que se confiscó el buque germano Bahía Blanca, el 19 de abril de 1918. El Bahía Blanca se hallaba refugiado en Puerto Madryn desde agosto de 1914. Se trató de un hecho excepcional, a pocos meses de la finalización de la guerra.

Hay que decir que los reclamos del gobierno de De la Plaza ante los atropellos navales de las potencias europeas fueron bastante tibios o timoratos, debido, en buena medida, a la anglofilia de los conservadores (los atropellos de los primeros años, de la etapa 1914-16, fueron fundamentalmente británicos, no alemanes). En cambio, las protestas del gobierno radical de Yrigoyen fueron más enérgicas, por su mayor nacionalismo; lo que dio lugar, en algunos casos, a pedidos de disculpas, gestos de desagravio y acciones reparadoras por parte de los agresores.

Esta comparación requiere matices: a De la Plaza le tocó la parte más «benigna» de la Gran Guerra, cuando Alemania todavía tenía cierta cautela o vacilaciones con su guerra submarina, y cuando los Estados Unidos todavía eran neutrales. Durante la etapa conservadora (1914-16), la marina mercante argentina sufrió apresamientos de buques a manos de la Royal Navy, pero no padeció acciones de fuego ni hundimientos con pérdidas humanas, al menos comprobados. En cambio, durante la etapa radical (1916-18), sí los padeció, por obra de la Marina germana (aunque no está claro qué pasó con el Curumalán). Era lógico, entonces, que las quejas y reclamaciones de Yrigoyen fueran más duras que las de su predecesor. Necesariamente debían serlo. Además, los conservadores no tuvieron que afrontar la presión diplomática antigermana de EE.UU., como sí los radicales, desde 1917, cuando el Tío Sam decidió declararle la guerra al Kaiser.

Otro aspecto a tener en cuenta es el siguiente: cuando estalló la Gran Guerra, la fórmula conservadora Roque Sáenz Peña-Victorino de la Plaza llevaba cuatro años gobernando, aproximadamente dos tercios de su mandato. Las elecciones de medio término ya se habían realizado, y faltaba menos de dos años para los comicios generales. Era un gobierno que ya se sentía en retirada, propenso al piloto automático, renuente a meterse en líos, muy preocupado por el frente interno (a los conservadores se les avecinaba una gran debacle electoral por la aplicación de la Ley Sáenz Peña, y ese era su mayor desvelo). Yrigoyen, en cambio, inició su presidencia con una guerra que se encaminaba a su fase más crítica para los países neutrales latinoamericanos, incluida la Argentina.

Las diferencias entre el neutralismo conservador y el neutralismo radical no pueden ser reducidas a razones ideológicas (grosso modo, anglofilia liberal vs. nacionalismo antiimperialista). Se desarrollaron en contextos bélicos y diplomáticos diferentes.

Los momentos más difíciles de la neutralidad fueron en 1915 y –mucho más aún– en 1917, cuando Alemania, cada vez más desesperada por el bloqueo naval británico y sus desastrosas consecuencias (escasez de alimentos e insumos esenciales), optó por una guerra submarina sin restricciones, indiscriminada, a ultranza, con el objeto de sabotear las líneas de abastecimiento de los Aliados. La guerra submarina sin restricciones significaba atacar no solo embarcaciones militares enemigas, sino también buques civiles mercantes y cargueros, incluso cuando exhibieran pabellón neutral. Era una medida sumamente controvertida, heterodoxa y odiosa, pues violaba una regla consuetudinaria básica de la beligerancia naval: el iure praedae o derecho de presa marítima, consagrado por las Conferencias de La Haya de 1899 y 1907. En la guerra submarina, dadas sus características técnicas, se solía atacar sin preaviso. No había abordaje ni captura de los buques de superficie, ni tampoco saqueo de su cargamento. Lo que se buscaba, de antemano, era el hundimiento directo por sorpresa, con un solo disparo de torpedo. Luego había que huir precipitadamente de la zona, ya que los submarinos resultaban lentos y frágiles, por lo que evitaban ser detectados y sostener combates. Los naufragios eran fulminantes, en pocos minutos. Las probabilidades de sobrevivir a la explosión eran limitadas. Los pocos náufragos rara vez eran socorridos por los alemanes y transportados a puerto seguro… Todo esto provocó una ola internacional de indignación y germanofobia.

Alemania pagó muy caro su reanudación de la guerra submarina a ultranza en 1917, pues los EE.UU., que no olvidaban ni perdonaban el trágico hundimiento del transatlántico de pasajeros británico Lusitania dos años atrás (donde habían perecido casi 1.200 civiles, 128 de los cuales eran estadounidenses), decidieron finalmente ingresar a la guerra, generando un desequilibrio estratégico tal, que la victoria aliada quedó asegurada. Fue en ese contexto cuando la neutralidad de Argentina y toda América Latina soportó mayor tensión. Varios buques mercantes y cargueros de nuestro país y nuestra región fueron hundidos por los U-Boote germanos, como señalamos oportunamente. Brasil declaró la guerra a Alemania y colaboró militarmente con las acciones navales de los Aliados, aunque a una escala muy modesta, casi simbólica (tardíamente, envió también un contingente de tropas a Europa, pero cuando este llegó, ya se había firmado el armisticio). Otras siete repúblicas latinoamericanas –pequeñas naciones caribeñas muy dependientes de Washington– se decantaron por la declaración de guerra, pero no por una respuesta beligerante real: Cuba, Panamá, Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Haití y Honduras. Un tercer grupo de cuatro países sudamericanos no fue tan lejos, pero sí rompió relaciones con Berlín: Ecuador, Perú, Bolivia y Uruguay. La Argentina, en cambio, mantuvo una rigurosa neutralidad hasta el final, igual que otros seis países: México (al que su revolución lo había vuelto menos heterónomo de su vecino septentrional), Colombia, Venezuela, Chile, Paraguay y El Salvador (una honrosa excepción en el panorama bananero centroamericano, dominado por gobiernos muy obsecuentes con Estados Unidos).

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Hipólito Yrigoyen

Durante el gobierno yrigoyenista, muchos conservadores reclamaban, indignados, que Argentina se aliara con Gran Bretaña, porque era nuestro principal comprador y vendedor. Pero Yrigoyen, que era pacifista, se mantuvo firme en su neutralismo, y fue muy criticado por eso. Le decían que era tibio, cobarde. Incluso llegaron a acusarlo de germanófilo. Había mucho de oportunismo político y sobreactuación demagógica en la actitud de los conservadores, porque cuando gobernaba De la Plaza –que era de su color político– habían sido más prudentes, prácticos y cautelosos en su manera de entender la política exterior, en un típico ejemplo de lo que se conoce como teorema de Baglini… La doble vara de los conservadores era evidente. Además, ellos no podían ignorar que la neutralidad argentina estaba oficiosamente «bendecida» por la Foreign Office, cuyo realismo y pragmatismo eran mayores que nunca en aquella delicada coyuntura. Sin embargo, debe hacerse una concesión a los conservadores: cuando gobernaron, no hubo hundimientos de buques argentinos, solo apresamientos. No son hechos de igual gravedad.

No todos los aliadófilos argentinos que pedían romper la neutralidad –de aquí se los llamara también rupturistas– eran conservadores ligados a la oligarquía y los capitales anglosajones. También los hubo radicales y socialistas, aunque en este caso el motivo de su aliadofilia o rupturismo no tuvo tanto que ver con los intereses creados de la economía, sino, más bien, con posiciones ideológicas: Gran Bretaña, Francia, y EE.UU. encarnaban –en teoría al menos– los valores modernos de la democracia liberal, mientras que los Imperios Centrales eran percibidos como autoritarios, conservadores, rancios y militaristas. Había una cuota de simplificación considerable en esto, porque –por ejemplo– la Rusia zarista, siendo una monarquía de lo más autocrática y reaccionaria, estaba en el bando aliado, igual que Japón, que tampoco era, precisamente, un faro del progresismo demoliberal. Los Estados Unidos, con su régimen de segregación racial, estaban lejos del sufragio universal. Gran Bretaña y Francia, por su parte, eran las dos mayores potencias colonialistas del mundo, con ventaja sideral sobre Alemania. La demonización del imperio germano tuvo mucho de arbitrariedad, de doble rasero; aunque es cierto que la guerra submarina a ultranza dio más sustento a los germanófobos, sobre todo a partir de 1917.

Los rupturistas aliadófilos se congregaron en el Comité Nacional de la Juventud, entidad que gozaba de amplios apoyos entre la intelectualidad y la juventud universitaria, y también en el mundo de los negocios y los grandes diarios. Allí se destacaron escritores e intelectuales como Ricardo Güiraldes, Alberto Gerchunoff, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios. La contraparte del Comité fue la Liga Patriótica Argentina pro Neutralidad, cuya composición era aún más variopinta en términos ideológicos, pues en ella convergieron no solo sectores radicales, conservadores, socialistas y sindicalistas moderados (FORA del IX Congreso) que asociaban su neutralismo a la equidistancia diplomática, la defensa de la paz y la democracia, sino también la derecha nacionalista y la colectividad alemana, cuyo neutralismo era abiertamente germanófilo, y, por ende, rara vez pacifista y democrático. Dentro de la Liga militaron, entre otros, el hombre de leyes e historiador Ernesto Quesada, el médico José Penna, el poeta y periodista Belisario Roldán, el abogado y exministro de Obras Públicas Carlos Meyer Pellegrini (de ascendencia germana), y el político mendocino José Néstor Lencinas. Ambas organizaciones, el Comité y la Liga, desplegaron una intensa actividad de propaganda y proselitismo: solicitadas, petitorios, conferencias, mítines, manifestaciones, etc. Su rivalidad y confrontación fueron creciendo con el paso de los años, alcanzando su cénit en 1917, con la guerra submarina a ultranza del Kaiser y el ingreso del Tío Sam a la conflagración.

En el campo de la izquierda, la Gran Guerra generó fuertes discusiones y divisiones políticas. No solo en Argentina, sino en todas partes. El anarquismo, con una larga y vigorosa tradición de militancia antimilitarista en su haber, condenó la guerra unánimemente, por burguesa y criminal, imperialista y patriotera. Pero el marxismo se fracturó. En el Partido Socialista se produjo una escisión, que dio origen al Partido Comunista. Los comunistas eran contrarios al reformismo y la guerra. Abogaban por la revolución y la paz, en consonancia con los bolcheviques, quienes, luego de su éxito insurreccional, retiraron a Rusia de la contienda bélica, con la firma del armisticio de Brest-Litovsk (marzo de 1918). La ruptura entre socialistas y comunistas derivó en la fundación de la tercera Internacional, bajo influencia de Moscú, hacia 1919. Los socialistas reformistas y belicistas permanecieron en la segunda Internacional.

La Gran Guerra generó una crisis económica global, y América Latina –Argentina incluida– no permaneció al margen de sus efectos. Al respecto, Compagnon ha señalado:

Con la reconversión de las economías europeas hacia las actividades directamente relacionadas con la guerra decreció el abastecimiento de productos manufacturados y, además, aumentaron los precios, lo que afectó a la vida cotidiana de todos los países [latinoamericanos] durante cuatro años y medio. Así surgieron huelgas y movimientos sociales protestando contra la subida de precios y asociando explícitamente la situación económica y social con el contexto belicoso europeo (por ejemplo, durante las manifestaciones del 1º de Mayo de 1915 en las grandes ciudades brasileñas). Por otra parte, sí se observa un crecimiento económico en algunos países como Argentina, que vendía sus cereales y su carne a los Aliados; sin embargo, las economías latinoamericanas fueron afectadas por las dificultades del comercio transatlántico y por la disminución del precio de productos de segunda necesidad como café. Lógicamente desaparecieron muchos empleos, lo que significa que los años 14-18 fueron socialmente muy difíciles.

Un país agroexportador como Argentina, tan dependiente y vulnerable, no podía zafar de los coletazos de la recesión mundial. Su suerte, por ende, no sería demasiado diferente a la de los otros estados latinoamericanos, también primarios y periféricos. Nuestro país sufrió diversos problemas en su comercio exterior entre 1914 y 1918. Principalmente, la importación de manufacturas europeas se complicó por la carestía. Hubo turbulencias financieras, inflación y desocupación. Pero, como reza el refrán, no hay mal que por bien no venga: igual que otros países latinoamericanos, Argentina se vio en la necesidad de iniciar un proceso de industrialización por sustitución de importaciones. Las manufacturas crecieron y se diversificaron, aunque sin trascender los límites estrechos de la industria liviana y el mercado interno (producción de bienes de consumo sencillos, sin grandes inversiones de capital y con poca tecnología, para una demanda meramente doméstica).

La Gran Bretaña de Jorge V perdió rápidamente protagonismo mundial por la guerra, aunque su gigantismo colonial –reforzado artificialmente con la Paz de Versalles y los mandatos de la Sociedad de Naciones– disimulara el declive. Y poco a poco, los Estados Unidos se fueron volviendo más importantes para la economía argentina: las importaciones desde Norteamérica crecieron (automóviles, tractores, maquinaria textil, etc.), y también las inversiones yanquis, especialmente en la industria frigorífica, donde cuatro de las Big Five de Chicago, que venían extendiendo sus tentáculos oligopólicos desde 1907, redoblaron su expansión (Swift, Wilson, Armour y Morris, no así Cudahy). No obstante, el Reino Unido siguió teniendo, en general, mayor influencia sobre Argentina que EE.UU. hasta finales de la década del 30 (recuérdese el Pacto Roca-Runciman de 1933), lo cual constituye una rareza histórica. En el resto de América Latina, salvo en las pequeñas colonias británicas del Caribe, el Tío Sam desplazó a Mr. Bull mucho antes, con la Primera Guerra Mundial.

 

La batalla de las Malvinas (diciembre de 1914)

Aunque la Primera Guerra Mundial se desarrolló mayormente en Europa y sus mares circundantes, hubo dos batallas que se libraron en Sudamérica, durante la primavera austral del primer año de hostilidades. Ambas fueron acciones navales, entre la Royal Navy (Gran Bretaña) y la Kaiserliche Marine (Alemania), y tuvieron como escenario la Patagonia, tanto al este (Atlántico) como al oeste (Pacífico). La flota germana fue la misma en ambos choques, no así la británica, que solo pudo repetir un buque.

La primera batalla fue la de Coronel, en la costa del sur de Chile, a la latitud de la región del Biobío, el 1° de noviembre de 1914. ¿Resultado? Victoria alemana. Un mes y una semana después, el 8 de diciembre, se produjo un nuevo enfrentamiento, pero al otro lado de la Patagonia, en el mar Argentino, muy cerca de las Malvinas, controladas por el Reino Unido desde que las invadiera en 1833, donde tenía una base naval en Port Stanley (Puerto Argentino). La batalla de las Malvinas fue triunfo británico.

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Pero es preciso conocer los antecedentes de estas batallas. La fuerza naval germana del vicealmirante Maximilian von Spee, la Ostasiengeschwader o Escuadra del Asia Oriental, conformada por cinco cruceros (dos acorazados y tres ligeros), había estado cumpliendo servicios con eficiencia en el Pacífico Occidental –y esporádicamente en el Índico– desde 1890, donde el imperio alemán poseía varias colonias insulares y concesiones chinas, como Nueva Guinea y Samoa, o Hankau y Tientsin. Cuando estalló la Gran Guerra siguió operando en el área, a pesar de su ostensible inferioridad numérica y armamentística frente a los Aliados (británicos, franceses y japoneses), y no obstante haber perdido los puertos de bandera (la Armada Imperial del Sol Naciente se apoderó de todas las posesiones germanas del Lejano Oriente y Oceanía, en un abrir y cerrar de ojos). A tal fin, Spee optó por dispersar algunas unidades. El 22 de septiembre de 1914, el grueso de la Ostasiengeschwader bombardeó el puerto de Papeete, en Tahití, Polinesia Francesa, asestando un duro golpe a los galos: dos buques hundidos y varios edificios destruidos. Habiendo perdido el factor sorpresa y urgida de carbón, la Escuadra del Asia Oriental se dirigió hacia Chile, país neutral donde había muchos inmigrantes alemanes y nativos germanófilos. En la isla de Pascua, a mediados de octubre, el Scharnhorst (insignia), el Gneisenau y el Nürnberg se reunieron con el Leipzig y el Dresden. Desde allí navegaron hasta Valparaíso, donde lograron abastecerse de combustible.

Von Spee resolvió volver a Alemania doblando el cabo de Hornos, pero en el sur de Chile la flotilla alemana fue interceptada por la 4.ª Escuadra de la Royal Navy, al mando del almirante Christopher Cradock, que venía de las Malvinas y que constaba de cuatro cruceros: el Good Hope, el Monmouth, el Glasgow y el Otranto. Cradock, preocupado por su desventaja, había pedido refuerzos a su superior, Frederick Doveton Sturdee, sin conseguirlos. La respuesta que recibió fue: “con lo que tiene es suficiente”. No lo era. Las escuadras trabaron batalla el 1° de noviembre, frente a la bahía de Coronel, provincia de Concepción, 50 millas mar adentro. El sol y el mar jugaron en contra de los británicos, agravando su desventaja de número y armamento. Aquella jornada, la Royal Navy perdió dos naves –las de mayor porte– y más de 1.600 hombres. Uno de los buques hundidos era el insignia, el Good Hope. El otro era el acorazado Monmouth. Los náufragos no pudieron ser socorridos, debido a las grandes olas. Entre los muertos figuraba nada menos que Cradock. Coronel fue una derrota desastrosa para Gran Bretaña. La Royal Navy no sufría una derrota desde hacía un siglo, desde la batalla de Plattsburgh, en la guerra de 1812 contra Estados Unidos. Empero, para encontrar una humillación equivalente, habría que retrotraerse al sitio de Cartagena de Indias (1741), donde la victoria sonrió a los españoles.

Von Spee cometió entonces un grave error, que haría de Coronel un triunfo pírrico: se demoró demasiados días en los puertos chilenos, dando tiempo a los ingleses para preparar una revancha holgada. Cuando la escuadra alemana finalmente dobló el cabo de Hornos para destruir Port Stanley y apoderarse de las Malvinas, la mayor base naval del imperio británico en el Atlántico Sur, se topó con una flota enemiga mucho mayor de lo esperado. Desde Inglaterra habían llegado como rayos de Zeus dos poderosísimos cruceros de batalla, el Invincible y el Inflexible, a los que se les habían sumado en Brasil tres cruceros acorazados, el Carnarvon, el Cornwall y el Kent; y, por si fuera poco, dos cruceros livianos, el Bristol y el Glasgow (este último era el mismo que había combatido en Coronel). Además, en Port Stanley, cumpliendo tareas de defensa y patrullaje, los esperaban un viejo acorazado, el Canopus, y un mercante armado, el Macedonia. Nueve buques en total. Demasiado por la escuadra germana, por muy alta que fuera su moral tras la gran victoria cosechada en el litoral patagónico chileno.

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La batalla de las Malvinas se produjo el 8 de diciembre, 37 días después de Coronel. La Ostasiengeschwader sufrió un desastre: cuatro de sus cinco barcos, vapuleados por los cañonazos del enemigo, envueltos en llamas y con muchos boquetes, se hundieron bajo las olas, dejando un saldo de 1.871 muertos y 215 prisioneros. Entre las naves naufragadas estaba el crucero acorazado Scharnhorst, el buque insignia de la escuadra alemana, donde viajaba el almirante Spee, quien murió ahogado, igual que todos sus marineros y oficiales. Ningún barco inglés se fue a pique. Tanta simetría entre los desenlaces de Coronel y Malvinas, tanto juego de espejos, debe habérseles antojado a muchos una intervención de Némesis vindicando póstumamente a Cradock.

Retengamos en la memoria el apellido Spee. Volveremos a mencionarlo cuando hablemos de Argentina y la Segunda Guerra Mundial. La historia tiene coincidencias alucinantes, increíbles…

¿Quién comandaba la escuadra británica que triunfó en las Malvinas? El almirante Doveton Sturdee, el mismo que le negara refuerzos a Cradock antes de la batalla de Coronel. Doveton Sturdee tuvo así la oportunidad de vengar a su difunto subalterno, y de expiarse con él por haber desoído sus pedidos de refuerzo.

Los pocos marineros británicos caídos en la batalla de las Malvinas, diez en total, están enterrados en Port Stanley. Allí también se alza un monumento que les rinde homenaje, y que conmemora aquel triunfo de la Royal Navy en los confines meridionales del Atlántico.

El único buque de la Ostasiengeschwader que logró huir de la catástrofe naval de Malvinas fue el crucero ligero Dresden, cuyas potentes turbinas lo hacían muy veloz, capaz de alcanzar una marcha de 27 nudos. El Dresden se mantuvo oculto durante muchas semanas en los laberínticos canales de Tierra del Fuego, cambiando con frecuencia de escondite. Cuando salió a mar abierto, bordeó la costa chilena hacia el norte. A la altura del puerto de Corral, cerca de Valdivia, hundió al mercante británico Cornwall Castle, rescatando a sus tripulantes y dejándolos en Valparaíso. De allí se dirigió al archipiélago chileno Juan Fernández, situado a 670 km del continente. Su marcha se hizo cada vez más lenta, a medida que se quedaba sin carbón. El 14 de marzo de 1915, fue sorprendido por una flotilla inglesa de tres cruceros en la bahía de Cumberland, lo que daría origen al combate de Más a Tierra. Tras un intercambio de disparos, acabó vencido y hundido, pero casi todos sus tripulantes –más de 300– sobrevivieron, quedando en situación de cautiverio. Entre los barcos británicos que enviaron al Dresden al fondo del mar estaban el Kent –que había participado en la batalla de las Malvinas– y el Glasgow –que había combatido tanto en Malvinas como en Coronel–.

El Trienio Rojo en Argentina (1919-1921)

Dijimos que una de las grandes consecuencias de la Gran Guerra fue la Revolución Rusa, y que esta, a su vez, abrió la etapa del Trienio Rojo a nivel mundial. Argentina también tuvo su Trienio Rojo. El Trienio Rojo argentino se desarrolló entre 1919 y 1921, en la última etapa de la primera presidencia de Yrigoyen. Los anarquistas de la FORA del V Congreso se destacaron mucho en esa oleada de luchas obreras, de grandes huelgas y rebeliones o protestas populares.

Aunque Yrigoyen había hecho reformas a favor de los trabajadores, no habían sido suficientes. Muchas promesas electorales no se habían cumplido y la situación del pueblo siguió siendo mala. La Primera Guerra Mundial había provocado una crisis económica en todo el planeta, y Argentina comenzó a sufrirla. La recesión causó desempleo y una baja en los salarios, aumentando la pobreza y el hambre. El malestar obrero creció en espiral, y el ejemplo de la Revolución Rusa fue la chispa que encendió la mecha.

El Trienio Rojo argentino tuvo tres grandes hechos: la Semana Trágica de Buenos Aires, la Patagonia Rebelde (Santa Cruz) y las huelgas de La Forestal (Chaco santafesino). Pero hubo otros conflictos sociales menos graves o menos conocidos, como las masacres de Gualeguaychú (Entre Ríos) y Jacinto Arauz (La Pampa), ambas en 1921.

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