¿Por qué los reyes no tienden la cama?

Por María Teresa Canelones Fernández

En Venezuela, lo primero que le pregunta una mamá y un papá a su hijo cuando amanece es si se quiere comer una arepa. En Argentina le avisan que encima de la mesa del living hay galletitas con queso y dulce de membrillo para desayunar.

En Latinoamérica, a los padres les interesa saber cuándo sus niños y niñas nomás despiertan, si recuerdan que dos más dos son cuatro, si irán a misa, si bañarán a Fifi, si aún les funciona el playstation o si les duele la panza por la sobredosis de golosinas.

Sin discusión, en Europa, Asia y Alaska la primera pregunta tiene que ver con la temperatura corporal y la vestimenta adecuada para cada estación climática.

Es un hecho que las primeras preguntas matutinas dirigidas a los niños por la mañana corresponden a deberes escolares y sociales, así como a deseos, juegos y placeres cotidianos, pero poco o nada con sus deberes domésticos, referentes a la colaboración que deberían asumir en su hogar como participantes activos de un entorno que históricamente ha quedado relegado a la mujer.

Enseñar a tender la cama es un hábito atribuido naturalmente a las camareras de hoteles, a domésticas, a las tías solteras, a las madres devotas o a las abuelas para que se ejerciten mientras les surte efecto el calcio. A los niños solo les está permitido brincar en la cama, que hagan nudos a las sábanas mientras siguen brincando o que duerman acurrucaditos “hasta el otro día”, como narra la canción infantil chilena Los pollitos dicen. Brincar y brincar hasta fundir el colchón, mientras ven Netflix, beben Coca Cola, se acicalan y engolosinan el cerebro con series, novelas y videos musicales.

Netflix la rompería a la enésima si en la intro de cada uno de sus contenidos colocara algo así como: «Hey!!! es contigo, Excelencia. Tiende la cama mientras disfrutas de Jóvenes Altezas», o también podría ser: «Sí, tú, príncipe o princesa. Tiende la cama como Flash para que luego te sientes como un relámpago en el sillón, a ver la octava temporada de Rayo Veloz”.

La Coca Cola podría asimismo contribuir en la población mundial con hábitos de orden e higiene –si bien no alimenticios–, por lo menos con invitaciones vigorosas a mantener la cama sabrosa y espectacularmente tendida. Ejemplo: Sumérgete en un viaje altamente sensible mientras saboreas una Coca Cola con Anne», quien no solo tiende su cama todos los días, sino que colabora con sus padres en la granja familiar y realiza con alegría algunos quehaceres domésticos. ¡Así que vamos, adorables pequeñines! Tiendan su cama y echen al cesto su ropa sucia, porque si no superarán a “Shrek” en la quinta temporada.

Sería estupendo que Netflix como empresa del entretenimiento mundial se abocara a promover mensajes potables, orientados a la educación no solo de los niños, sino de todas las generaciones que lo siguen con cotufas y gaseosa en mano. Lograr que la diversión prolifere en las pantallas con responsabilidad e ingenio, abrir la posibilidad de divulgar mensajes formativos a través de pequeñas cápsulas antes de iniciar cada película, serie o musical. Lograrlo sería como darle un jaque mate a una industria cultural que muchas veces le da mayor importancia a la publicidad que la financia que al contenido que se transmite. En todo caso, los realizadores y cinéfilos agradecerían ver antes de que inicie “Gambito de Dama” algo así como: La vida es un tablero de ajedrez. Beth tendía su cama y se iba a jugar. Jugó bien y ganó.

Es interesante descubrir además que ni en las pelis y series muchas veces los personajes saben qué hacer en determinados momentos con su tiempo. En algunos casos el televidente pilla el poco entusiasmo o el ocio extremo de este como el de una de las protagonistas maléficas de la serie “Falsa Identidad”, quien más que de furia, se desborda de aburrimiento picando papelitos que tira encima de una mesa inerte, como la imaginación de los libretistas, quienes aunque talentosos, pero quizás hartos de tantos capítulos minados de droga y de muerte, en vez de ponerla a tender aunque sea medio medio una cama –para que su público la vea fugazmente en una faceta más humana, y no como la famosa reina del cartel–, la presentan como la picapapeles de la historia. Porque hay que decirlo, ni en la ficción es tarde para aprender a tender la cama.

Convidame un Matecito

Máximo Cañizález es un matemático venezolano que asegura que tender la cama nos llevaría cuando mucho tres minutos. Obviamente si lo hacemos con un tendido normal, decente, pasable, y no impoluto, rebuscado, ni que raye en conductas neuróticas de excesivo planchado, estilos, maneras y formas. ¡Así que vaya, pollito, y tienda su cama!, porque ese tema de que es conveniente dejarla como un remolino para que los ácaros se asfixien, hasta los científicos lo ponen en duda.

La psicología afirma que en 21 días podemos convertir en rutina ciertas labores beneficiosas. Estas acciones las llama minihábitos, que al hacerse de manera continua y disciplinada, llega el momento en que el cerebro los internaliza y almacena hasta naturalizarlos en su cotidianidad. El tendido de la cama es uno de ellos.

Conclusión: una vez despierta esa plantita que es el niño y la niña, que apenitas se asoma a la vida desperezándose y diciendo cada tanto que le den cinco minutos más para levantarse, deberá tender su camita o su camota, para que cuando se haga adulto otros no tengan que hacer su tarea. Si cada ser humano se hiciera cargo de su propio desorden, las domésticas existirían solo por vocación.