Una «Experience» de sábado por la noche

Por Bautista Franco

 

Accedemos por la ventana sin esperar nada y las experiencias nos sorprenden por lo extremadamente singulares, por la novedad que significan en la práctica humana que vivimos. En los espacios culturales nos acostumbramos a lo siempre parecido y finalmente nos convertimos en consumidores y clientes del bucle original.

Así, otra vez, cuando pensé que Mendoza no tenía para tanto, un loco vino y me invitó a cubrir un evento cerca de la casa. Yo siempre acepto pero pensé que no llegaba. Viajaba justo a una provincia cercana y volví sobre la hora, y como no tenía nada para hacer…

Fue cuando la noche se empezó a cerrar en mi cabeza. La calle Maipú parecía desierta, antes habían estado reconstruyéndola y pareciera que los autos se acostumbraron a evitarla. Llegué a tiempo, solo y sin cámara, el celular sin batería. Había un silencio incómodo entre los murmullos crecientes, mi silencio rodeado de pendejos, buenas pibas y pibes de la city. Algunos no tenían ni 20 años. Me pusieron un corazón en la mano como entrada y un portón de chapa se abrió. 

Tuve que esperar en el patio como los mortales y comencé temprano en la cerveza, como para ser productivo: una IPA enlatada, lo menos industrial de mi día después de la comida.

Un chico filmaba con una Nikon y preguntaba a los grupitos que había afuera «¿Qué sentís por El Lorenzo?». Todos amaban, suspiraban, decían cosas hermosas, admiraban, decían que tenían un póster tamaño real en la puerta de su habitación o que se querían tatuar algún tema. A mí ni me miró.

Yo lo vi a El Lorenzo una vez y estuvo bueno. Fue breve, simple, y al rato me fui a casa. No había mirado el gentío de los fans, la subcultura que se guardaba debajo del brazo el pibe de las Experiences.

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Las Experiences son como un evento privado, un toque de música exclusivo, que se resguarda en las paredes de algún lugar cualquiera, con un cupo casi imposible, notablemente limitado. Ahí toca El Lorenzo, que hace tremendo lío, se cubre con una frazada, se calza una falda, se ríe, grita y salta, y en el medio canta, cuando lo dejan… Es que su público, su gente, no me acuerdo como es que él les dice, se sabe todos los temas, parece un ritual de locos lindos, una tribu esquizofrénicamente deliciosa que hace pogo antes de que suene cualquier ruido y entona arriba del cantante. Es una verdadera experiencia, bastante extraña, ligada al fanatismo religioso y a la experiencia ritual de la música de la nueva era. 

Me sentía, ante eso, extremadamente solo, era una locura de soledad, había unas pocas decenas de personas tan compenetradas que daba envidia. Yo quería saber cómo era que seguía llorando ese pibe que cantaba, cuál era el sabor de las lágrimas, de dónde salía esa devoción del rito experimental que se guardaba en las letras, los sonidos y la ruptura de la escena, que pedía gritos, quería saber de dónde venían las luces de los ojos.  Y yo tomaba otra cerveza, la lata más barata a esa altura de la noche y la misma noche se me fue perdiendo.

Recuerdo que cumplí los ritos del saludo, la amenaza de que iba a escribir lo que quisiera y me fui con otra lata a ver qué pasaba en los bares de La Alameda.


La Experience II se realizó el 9 de julio de 2022 en la sala Ana Frank de Mendoza