Madre

Por Marisol P.
Unidad III – Penal de Mujeres (Cacheuta)

 

Pasa el tiempo entre las cuatro estaciones de un reloj posiblemente sin cuerda.

Si miro el fondo de los meses arrancados al pie de mis almanaques, puedo ver la cara sin maquillaje de la eternidad, aunque asegurando estar a punto de llegar al final de este camino entre sombras y recreos de poca luz.

No recuerdo con exactitud la cifra de este rodaje donde giro una y otra vez en la misma dirección cuadrada de mi cueva numerada y vigilada sin fecha de descanso. Siempre la misma rutina y yo firme, parada sobre una marcha andariega de cemento y bajo cámaras persiguiéndome hasta el agua donde lavo las  manchas de mi sonrisa. Y sin embargo poco me importa.

Sigo andando, jugando a sobrevivir, corriendo tras la suerte que gambetea mis intentos de llegar a la victoria o al menos a un empate que empareje mis derrotas con su dicha. Pero no. Sigo en desventaja.

Yo transpiro mi camiseta en silencio, no me doy por vencida ni aún vencida. Corro desde mi línea de imposibilidades hasta la valla invicta del adversario y grito un gol sin pelota que atraviesa la red de mis noches en desvelo. Festejo en el adentro de mis emociones una libertad a medida de mis deseos y lloro la euforia de un corazón ingenuo que ama sin pausa, late por instinto suceptible y sufre maternal sin lágrimas ni testigos.

Soy aquella mujer que llora, la que pide a Dios por noches tranquilas y serenas y por un amanecer de sol que bendiga la frente del niño lejano a estos duros cimientos del nuevo día por enfrentar.

Soy la mujer marcada por el código intachable de la lealtad. No me gusta la mentira y detesto la hipocresía. A veces no creo en nada ni en nadie, solo en mi cruz de sangre y en la verdad total implorada en mi oración por la libertad.

En este universo enrejado de esperas soy mi propio brillo y la luz de luna sin cielo acobijando deseos encerrados por el gris invierno. En este altar de esperanza sito entre cuatro paredes de soledad y sal, supo aparecer un ángel benévolo en busca de mi costado más roto. Entró y quiso sentarse, hablar de aquellas ilusiones inalcanzables por el pronóstico de la coherencia pero que sirvieron para un motivo por el cual no caer. Hablamos de mis fracasos y de aquello que no pudo ser, de las postergaciones y la urgencia de ternura necesaria al complemento de todo ser humano. Escuché casi toda la noche su voz de niño angelado, abracé sus alas con mi llanto y entendí el idioma de los milagros. Nadie lo supo, excepto el oído de mi almohada. Yo descrubrí los ríos de amor en el torrente de sus ojos y puse nombre a su imagen y semejanza en permanencia conmigo, justo cuando ya nada quedaba para mi delgada estadía sobre esta tierra.

Entonces lo llamé Gabriel, le di significacdo bíblico a su estadía en mis vacíos y volví a abrazarlo con la fortaleza maternal, que hasta yo misma desconocía hasta ese momento. Sintió mis manos, se acostó en el regazo de mi  cariño acuartelado, acarició mi pelo sin reglas de arreglo. Descubrió el cuadro sin marco del dolor tras la negra superficie de mis ojeras. Me dormí brevemente sobre un lecho de paz y desperté a la llegada del alba. Él seguía allí llenando mis tantos vacíos. A los minutos, sus alas parecían sacudir los techos en cada mínimo movimiento. Miró otra vez mis ojos como si todas las flores de la tierra entrasen en una sola mirada.

Extendió sus manos, me observó por última vez cuando la transparencia invisible de su túnica se aprestaba a ganar los senderos del cielo y dulcemente me dijo: Madre…

El mediodía del domingo en los presidios huele a banquete antiguo rememorado desde el teléfono o la resignación. Finalmente desperté como preguntándome y buscando razón al todo que hasta hoy la misma vida no sabe explicar.

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