Créditos: NASA, ESA, CSA & STScI

Primera imagen profunda del telescopio espacial Webb

Por Jaime García
Instituto Copérnico

Al fin tenemos producción científica del magnífico telescopio infrarrojo James Webb. Después de largos años de espera (el proyecto se inició en 1996) y de sucesivas postergaciones de su puesta en el espacio, el 11 de julio de 2022 fue liberada al público la primera imagen a todo color producida por ese instrumento. Todo un gigantesco logro tecnológico realizado por la conjunción de las agencias espaciales de Estados Unidos (NASA), Europa (ESA) y Canadá (CSA).

Mi primera impresión de la maravillosa imagen es el asombro. Pero quiero compartir con los lectores las reflexiones que me genera luego de una mirada más minuciosa y analítica.

Hace muchos años, inspirado en la relatividad general y en la alegoría de la caverna de Platón, se me ocurrió pensar que cuando fuésemos capaces de escudriñar el firmamento muy en profundidad y fuesen posibles la imágenes de pequeños pedacitos de cielo, el universo se nos aparecería como una cantidad enorme de imágenes distorsionadas. Que la visión prolija que teníamos, en aquellos tiempos, en las fotos químicas de los mayores instrumentos basados en la Tierra, terminaría superada por una visión absolutamente deformada, como la del fondo de la caverna del diálogo de Platón y que nos sería muy difícil reconstruir una imagen real. ¿De dónde provendrían esas deformaciones? Precisamente del efecto de las masas de los objetos celestes más cercanos (como las galaxias y los cúmulos de galaxias) que curvan la trayectoria de los rayos de luz, un efecto parecido al que hace una lente sobre las imágenes de los objetos, idea propuesta por Einstein.

 Al mirar esta primera foto, un campo profundo de varias horas de tiempo de exposición, se ven imágenes distorsionadas por todos lados alrededor del cúmulo de galaxias SMACS 0723. Pero, además, vemos más galaxias en el fondo estelar y esto llama la atención porque, si bien no nos encontramos ante un fondo continuo, parece que nunca dejaremos de encontrar estos sistemas estelares más débiles y distantes entre las algo más cercanas. Un concepto que mucho se parece a la idea de infinito.

Otra reflexión que surge tiene también que ver con la inmensidad del cosmos.

Ya tenemos idea, gracias a la sonda Gaia de la ESA, de la cantidad de estrellas que componen nuestra galaxia, la Vía Láctea, y de su distribución. Se trata de un número muy grande, del orden de los 100.000 millones. Y gracias a varias sondas como Kepler, TESS y otras de sendas agencias espaciales, sabemos que alrededor de muchas de esas estrellas hay planetas. Con los miles de galaxias que observamos en esa primera foto liberada del Webb no sólo se nos figura la enorme cantidad de estrellas que puede haber en el universo sino la inmensa cantidad de planetas que seguramente están ahí fotografiados, aunque no podamos distinguirlos en la confusión de estrellas que semejan un sólido para cada galaxia. 

Esa profusa cantidad nos lleva a pensar en cuántos seres inteligentes quizá estén ahí retratados. Pero claro, es sólo un retrato del pasado porque la distancia implica tiempo ya que la luz que nos llega no fue emitida ayer o anteayer, sino hace millones o miles de millones de años, dependiendo a qué punto de la imagen nos refiramos.

Y aquí es dable aclarar que si bien es muy posible que haya en la foto muchos seres inteligentes retratados, el problema surge precisamente por la diferencia de tiempo entre esos lugares. ¿Y cuál es el problema? La imposibilidad de comunicarnos por esa misma razón.  

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La humanidad lleva poco más de 100 años emitiendo señales al espacio que podrían ser captadas por alguna otra civilización tanto o más avanzada que la nuestra. Para que hoy tengamos una respuesta dirigida específicamente a nosotros, entonces, tendría que haber una civilización desarrollada a menos de 50 años luz de la Tierra. Pero esa distancia, en términos cósmicos, es absolutamente pequeña. A esa distancia, en esta parte de nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay pocas estrellas, pues se trata de una región de baja densidad estelar. La distancia, entonces constituye una fuerte limitación para nuestras pretensiones actuales de detección de una civilización. 

Consideremos lo que podría pasar en el futuro y pensemos que pudiese existir una civilización, similar a la nuestra, a 1000 años luz y que recibamos, en un futuro cercano, una señal emitida por ellos. Esa emisión data de ese tiempo, un milenio. Sería un diálogo imposible, la respuesta a ese mensaje tomaría otros mil años en llegar. Pero hay otra cuestión más básica. Una civilización como la nuestra ¿podrá existir con un desarrollo tecnológico como el actual durante un milenio? Al ritmo de locura autodestructiva que vamos (daño al medioambiente, guerras, etc.) pienso que para nosotros va a ser muy difícil. Quizá a otras inteligencias les haya sido o les sea diferente.

Al cabo de estas reflexiones, volvamos nuestra mirada al telescopio Webb. No hay duda que se trata de un logro magnífico de la humanidad y que nos traerá descubrimientos maravillosos como los que el Hubble ha producido desde la década de 1990 a la actualidad. 

Quizá nos ofrezca la oportunidad de encontrar un mundo donde continuar nuestra evolución como civilización antes que nos auto-exterminemos ya que una de sus capacidades es la de caracterizar las atmósferas de los exoplanetas. Sin embargo, antes será menester aprender a viajar entre las estrellas como hoy lo hacemos hacia las estaciones espaciales en órbita a la Tierra, otro desafío imponente.