La derecha y su deseo de desaparecer a los movimientos populares

Por Nicolás Guillén
Sociólogo

 

Estas líneas surgen sobre el rol de los movimientos populares en la Argentina, en el furioso debate social de hoy. Pensando en la relación de lo social y lo político, me pregunto: ¿quién representa a quién en la palestra de los sujetos políticos? Sin dudas, los movimientos populares representan a un sector del pueblo; no lo representarán a todo, pero tampoco se los puede borrar de la historia. 

Mientras desde la derecha los quieren hacer desaparecer, porque en ese libreto no tienen cabida las mayorías populares, desde una parte minoritaria del peronismo o no comprenden el fenómeno, o lo repelen simplemente por no poder dirigirlo. 

En el plano de la subjetividad popular, asistimos a dos procesos simultáneos. Por un lado crece el descreimiento de amplios sectores sociales en los políticos, con base en dos elecciones presidenciales de malos resultados (votar a Macri para sacar a Crisitina, para luego votar a Fernandez para sacar a Macri, para luego ver que el nuevo gobierno no logra controlar la inflación, sumado ésto a los golpes de mercado y el manejo de los grandes medios por los grupos de poder). Por el otro, se van polarizando las propuestas y los discursos para salir de la crisis inflacionaria. La derecha repite las mismas recetas que nos llevaron al estallido de 2001, mientras que la izquierda en sentido amplio, con el peronismo como centro, se debate en qué grado tomar medidas más audaces que se salgan del libreto del FMI. Los dos polos piden cirugía profunda.  

Para ubicar en su justo lugar a esas contradicciones de la superestructura, primero debemos tener en cuenta la realidad del proceso histórico como algo objetivo, del cual surge, brota, ese manantial de realidad que desencadena la crisis de representación y la polarización de los discursos. 

La contradicción que se viene tensando en los últimos años en la Argentina y en la región es entre el pueblo y los sectores concentrados de la economía y la política en torno a quién paga cada crisis, y quiénes son los que siempre ganan. 

 

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Ahora, yendo al punto de interés de estas líneas, voy a recurrir a la luz de la historia, que desnuda las contradicciones y las coloca en su término justo, con el foco en los sujetos políticos que vimos crecer en los últimos 30 años. Porque lo primero que hay que decir es que los movimientos populares de hoy son los hijos del resultado histórico y práctico del neoliberalismo de los 90 en dos aspectos: uno pasivo, por ser el producto del hambre que asoló la Argentina a partir de las privatizaciones y ajustes de ese tiempo; y otro activo, surgen los piqueteros como sujetos sociales y políticos, que hicieron las puebladas, que fueron marcando a fuego una nueva Argentina. Dicho en otros términos, no fueron sólo objeto del ajuste, sino sujetos de la resistencia y de la creatividad social. 

¿Quién sino le paró la mano a Menem (1989-1999)? Carlos Saúl fue un fiel representante del neoliberalismo, entreguista generoso en la venta de la patria, que expresó nítidamente una política de dependencia y entrega hacia el conjunto de los imperialismos, que metió en la cama al imperialismo norteamericano. Como resultado de su traición a las propuestas hechas en campaña, se agrandó enormemente la brecha entre representados y representantes. Ahí es cuando surge la grandeza de los referentes del movimiento estudiantil que coparon las calles, y también del movimiento obrero y popular como Ubaldini, Moyano, Alderete, D´Elia, Santillán, De Gennaro, Solanas, que fueron creciendo como referencia social, y también política. Ellos tienen la estatura histórica de esa etapa de la historia, y no otros, por haber enfrentado a la derecha más reaccionaria del momento. Porque se hicieron paso al andar, desde la lucha, ganando calles y plazas, ninguno tenía un cargo político importante. Enfrentaron duramente a Menem, al FMI, al Banco Mundial, y a la flexibilización laboral que todos ellos querían imponer junto con las privatizaciones. 

En palabras de la socióloga Maristella Svampa “el MTA expresaría su rechazo al modelo neoliberal, … sería capaz de desarrollar una estrategia de presión, como lo muestra su participación en las movilizaciones y medidas contestatarias, protagonizadas por la CTA y la Corriente Clasista y Combativa”.

La oposición dura al menemismo no vino de los legisladores ni gobernadores. El partido peronista le votó la privatización de YPF; los radicales le votaron las leyes del ajuste y la entrega. La verdadera oposición a Menem vino desde Cutral Có, Tartagal y Mosconi. Nacieron los piqueteros, como sujetos políticos, como esbozos de doble poder, que hicieron un camino de aprendizaje hasta ser parte importante en el Argentinazo de 2001. Fueron parte de lo que alumbraba la Argentina, y buscaron profundizar ese camino analizando los límites de ese proceso, rescatando el hecho histórico como una gesta popular. Mientras la gran mayoría de los políticos de ese momento valoraron sólo lo negativo, el dolor, la tragedia social, por lo que no querían profundizar sino cerrar esa etapa de protagonismo popular. 

Los movimientos sociales se fueron transformando en movimientos populares, por ir adquiriendo una concepción de lucha por el poder, sumándose como un factor inocultable hasta el día de hoy. Si lo vemos desde el punto de vista estratégico, la liberación nacional, debería lograrse una unidad popular amplia, entre kirchnerismo, peronismo y la izquierda patriótica, en un plano superior, pero eso dependerá de un sincero debate sobre lo hecho y los rumbos a seguir. 

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Los hitos históricos de los movimientos populares por los cuales estamos en deuda con ellos son varios.  

Siendo los  hijos del Cutralacazo, recibiendo planes sociales cuando pedían trabajo, inventaron lo que hoy se ha dado en llamar la “economía popular”, que simplemente se trata de otorgar derechos a trabajadores invisibilizados por el sistema formal. Hoy sostienen no sólo merenderos sino distintos procesos productivos y de servicios a la comunidad. Hoy son “ellos” lo que mejor pueden dar la discusión de cómo transformar los planes en trabajo. 

Frente a la noche negra del macrismo, cuando muchos quedaron paralizados por la incomprensión de la derrota de Scioli en las elecciones, fueron los movimientos populares los que colmaron plazas y calles hasta arrancarle la Ley de Emergencia Social a ese gobierno neoliberal, acelerando los tiempos para su derrota electoral en 2019. La mayoría de los movimientos populares no dudaron en formar parte del Frente de Todos. 

Frente a la pandemia, un nuevo aprendizaje: fueron los movimientos populares los que no pararon un día de atender las emergencias, junto con el personal médico del estado, poniendo muchos de los muertos por Covid. 

Lo nuevo, es que los movimientos populares no participan a la rastra de nadie, tienen su propia voz y dan la discusión que haya que dar a contrapelo de muchos: hoy empujan una política redistributiva agresiva, y por políticas de Tierra, Techo y Trabajo. Son parte de un Frente Político, no sólo electoral. 

La política debe agradecer a estos movimientos, que están articulando el ejercicio de los derechos humanos fundamentales, como es el de comer, tener un trabajo o una vivienda, ganando la calle como escenario determinante en la disputa política, y articulado con los espacios legislativos y ejecutivos que ocupan como parte del Frente de Todos. Son la oposición dura frente a la derecha, por eso son imprescindibles.