Llegar a ningún lado

Por Bautista Franco

Las historias de caminos son preferibles a las de llegadas, van sobre el transcurrir y el fin, como una consecuencia. Pensar el cuento de manera fácil achicharra la calidad del comienzo y del fin, nos deja engatusados en la angustia de los finales, como el que maneja veloz para llegar antes y llega muerto.

Mi problema, dicen, es que no sé manejar y me tengo que ocupar siempre de hablar desde el asiento del acompañante. Antes hablaba hasta que me cansaba, como siempre, pero ahora, de grande, entendí que mi papel cumple un lugar central, casi como el del cinturón de seguridad, una alarma permanente que reclama atención y nos protege a todos del peligro. Una vez un amigo me dijo que se quedó dormido y terminó en el medio de la nada haciendo trompos en solitario, como un secarropas pero hecho de auto, con gente adentro. Por suerte sigue vivo.

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A Unión voy algunas veces, casi sin razón, en busca de alguna entrevista o historia, o de alguna cosa que valga la pena escribir, o de simples vacaciones breves. Me lleva mi amiga Romina en un Corsa blanco de buena calidad y barato. Es el preferido de los taxistas y es un bicho fiel.

Me dice Romi que, si yo supiera manejar, esto –hablar tanto– no sería necesario, pero yo prefiero hablar, es más barato, se me hace fácil y puedo decir poesías sangrantes y vacías como “el cielo semeja un terciopelo azul cuajado de diamantes”, y nadie puede decirme nada porque mientras el conductor no se duerma, a nadie le importa que llegue a destino enojado.

Nosotros venimos desde Mendoza porque Unión, que está en la provincia de San Luis, queda tan lejos de su capital que los profesores son mendocinos en su mayoría. Romi es profesora. La ruta se hace larga desde donde sea que uno llegue, pero no es tan larga desde Alvear. Por lo menos somos todos cuyanos.

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Viajar de noche supone peligros enormes. Es un problema no solo por los accidentes, sino también porque, en caso de que la desgracia se presente, la asistencia viene por la Ruta 188 desde Alvear; porque si te pasa algo, lo que sea, no hay tanto tráfico y tardaría un buen rato que alguien te vea. Además, existen miedos tan antiguos como la Luz Mala, que no te deja pasar y te maldice si la encarás, y entonces, no importa adónde vayas, no queda más que volver.

En el primer cuatrimestre de 2022 se contaron 18 accidentes fatales en San Luis. Para llegar, nosotros salimos de Mendoza y entonces tenemos que contar los 28 accidentes con finales trágicos de esta provincia. Nosotros promediamos y entendemos que tenemos que tener un 36% más de cuidado antes de llegar a la frontera puntana. Luego, las cartas echadas….

Ella me cuenta su aventura: una madrugada, 5 de la mañana, mientras escuchaba la discografía completa de Marco Antonio Solís a todo volumen, un camión que venía de frente se empezó a ladear y se le vino encima. Ella tocó la bocina y giró, rápido como pudo, giró, sin respirar, confiando en la dirección y en las gomas nuevas, giró más y terminó un poco más allá, en shock pero viva. El camionero se enderezó, despertando probablemente, y siguió sin siquiera hacer un juego de luces. Allí quedó varada, las ruedas rotas, el auto roto y lleno de pasto, cerca de una curva, mientras la helada pampeana le caía sobre los hombros. Al final –me dijo– llegó alguien, dejaron abandonado el auto unas horas y volvieron con la grúa más cara de la historia a buscar el vehículo herido.

Entre las dos provincias, en el primer cuatrimestre del año se contaron un total de 54 muertos. 4,5 docenas de cadáveres en el acto. Los muertos en total ascienden día a día, algunos quedan señalados y las heridas los acompañan un tiempo más largo, pero al final también mueren y la estadística es más compleja, inacabable. Una lástima.

Los tiempos tecnificaron las leyendas y sé que mi amiga Romina teme, con su corazón regionalista, al “auto loco”. Un auto lejano que viene con las luces altas por el camino y entre loma y loma se acerca, desde lejos, y nunca llega. El auto loco es una leyenda regional de Unión, más cercana que el Futre y más original que la joven de la campera perdida en el baile del fin de semana. Ese auto, que nunca llega, es temido por todos, porque jamás se podrá saber sobre qué versa nuestro temor, y prevalece el miedo, como las leyendas.

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Llegando, los últimos kilómetros son hermosos. La imagen se parece al fondo de pantalla de Windows, ese que se llama Bliss, y los ojos se regocijan y se abrazan en la belleza inesperada. El campo está puro de pampa, de vacas a lo lejos, de árboles no tan bajos, verdes, cálidos, contrastados. El cielo cierra perfecto en la foto. La composición es abrumadora, tanto que después de un rato se acostumbra uno y ya no ve igual, deja de ser hermoso para ser bello y luego, nada, solo es paisaje, intocable, estético, tranquilo. La belleza a veces es una tragedia. Yo pienso que la estética del campo se hace bella con la ruta, con los que pasan a toda velocidad sin darse cuenta de lo inmenso, de una grandeza que pone en riesgo el transcurso del espacio tiempo, de una pureza del paisaje que se funde y confunde con el cielo y que hace que un árbol se mantenga en el mismo sitio aunque vayas a 130 kilómetros por hora.

En el camino vi un zorro, un zorro pequeñito. Algo me había dicho Romi alguna vez: algunos zorros son como el de «El Principito» y yo fui feliz en ese momento de comprobación, de ver de verdad esas ficciones que mamamos por internet o por los libros o las películas. Puedo decir sin ánimo de presumir que de lo poco que puedo estar seguro, porque lo vi y porque casi veo cómo Romi lo atropella, es que los zorros, así como los describen en las películas, con colas de pincel, colorados y cara de cabrones, sí existen.

Existen también los caminos que parece que no llevan a ningún lado y los pueblos a los que no se llega nunca y los accidentes en las rutas y los relatos de conductores contados todos como el último gol de Maradona a los ingleses.

Puedo decir, y lo digo, que a veces llegar no es tan importante, que el camino a Unión puede ser el transcurso de una vida, mientras no acabe trágicamente. Yo por ahora no he llegado a ningún lado, como el auto loco, como la luz mala.

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