Huellas en el chaquiñán

Por María del Carmen Garcés

Los rostros habían adquirido una expresión de plenitud desconocida: finalmente tenían un objetivo que cumplir. El cura del pueblo marchaba unos pasos adelante. Con la cruz en alto, caminaba con firmeza, como aquellos héroes de epopeya que dirigían a guerreros sedientos de gloria y de sangre.

«¡Santa virgen del Quinche, ruega por nosotros!», repetía una anciana que con la noticia se había curado milagrosamente de su postración, y ahora caminaba al ritmo de todos.

«Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre…», rezaba otra mujer. Y todas repetían la plegaria: «Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre…». Los perros lanzaban horribles aullidos y los vecinos retrasados salían apresurados de sus casas para unirse a aquel cortejo.

«Algo semejante jamás había ocurrido por aquí», decía una vecina cuarentona a otra más joven. «Eso pasa por dejar tanta libertad a las hijas, ahora no se puede. Hay que ser dura con ellas. Si no fíjese los resultados».

Los rezos se mezclaban con los llantos de los niños asustados que acompañaban a sus madres sin saber a dónde iban, y los comentarios entre-cortados por la emoción se confundían con las voces de los hombres.

De pronto, el cura se detuvo y el murmullo cesó.

―Ahí es ―dijo el joven del hallazgo.

Las mujeres se llevaron las manos a la boca y profirieron un «¡ay, diosito santo!» simultáneo; los hombres miraron silenciosos; el cura acercó la cruz hacia el montón de tierra y retrocedió con un gesto de espanto.

Quizás la luna llena y los ánimos exaltados alteraron de tal forma lo que todos vieron que después nadie podía ponerse de acuerdo en si el cuerpo del recién nacido tenía los miembros enteros o si habían sido despedazados por los perros que lo descubrieron con su olfato y lo desenterraron. Unas viejas afirmaban que no tenía el ojo derecho; otras decían haber encontrado un dedito chorreando sangre aún tibia; la señora del luto eterno gritaba que parte de la cabeza estaba desprendida.

El cura levantó la cruz y con un gesto hizo callar a la multitud. Fue el sermón más sentido que habían escuchado de sus labios.

Dijo que si no se hacía justicia con ese angelito despedazado, el castigo divino caería sobre todos ellos y sería implacable. Que en el pueblo no se podía permitir semejantes atrocidades y que debían encontrar a la madre asesina y darle un castigo ejemplar…

El pueblo presente, ayudado por la luz de la luna, siguió las huellas marcadas en el lodo fresco. Caminaban silenciosos. Únicamente la voz de una señora, la que no pudo tener hijos, gritaba de rato en rato: «¡Hay que matarla!» «¡Descuartizarla en la plaza!» «¡Quemarla viva!».

Las huellas condujeron a la multitud hasta la entrada del terreno de los Moscoso. Ya casi todos lo presentían. Esa chica mojigata y silenciosa actuaba, desde hacía tiempo, de forma extraña.

Convidame un Matecito

 

La madre salió a preguntar qué pasaba. El cura le gritó que tenía que ser bruta para no haberse dado cuenta que su hija había estado embarazada. Que había parido y matado al recién nacido enterrándolo junto a la acequia; que unos perros desenterraron al muertito y que lo único que querían es que les entregara a la desalmada.

Los ojos enrojecidos de las vecinas asustaron a la mujer. Su instinto le advirtió que su hija corría peligro. Trató de explicar que ella no se encontraba. Pero era tarde, el marido había escuchado el relato y fue él quien arrancó a la chica de la cama en donde se había refugiado después de enterrar los trapos ensangrentados.

Cuando la vieron aparecer, arrastrada de los cabellos, pálida y ojerosa, los vecinos profirieron un grito de horror. Las mujeres estaban enloquecidas.

La madre trataba de impedir que se la llevaran. Una fuerza desconocida le asistía en aquel momento y logró arrebatarla de manos de su marido. Fueron los hombres los que formaron un círculo y forzaron a la mujer a que soltara a su hija.

Caminaron silenciosos hacia el pueblo.

La madre presentía lo peor. Corrió desesperada por los chaquiñanes que conocía y llegó antes que la multitud. Sabía, también por instinto, que solo una persona podía ayudarle a salvar a su hija de manos de esos locos y cruzó corriendo la plaza hasta llegar sin aliento a la casa de la maestra. Juntas lograron evitar el linchamiento que se preparaba.

***

El juicio en la ciudad causó conmoción. Ya que no habían podido hacer justicia por sus propias manos, todos los habitantes del pueblo, dirigidos por el cura, organizaron la acusación demostrando una capacidad hasta entonces impensable. Recorrieron emisoras de radio que recogían gustosas cualquier noticia escandalosa; publicaron solicitados en los periódicos de mayor circulación del país, con el fin de dar a conocer a la opinión pública un hecho que avergonzaba la sensibilidad cristiana. Los vecinos llegaron al extremo de juntar dinero, contrayendo deudas y vendiendo algunas propiedades, para pagar a un abogado prestigioso que fuera su representante y que tuviera el suficiente peso (social) como para convencer a los jueces de la necesidad del castigo máximo. Todos los exaltados testigos de aquella noche de luna llena, prestaron declaración.

Exageraciones, mentiras, falsos testimonios, fueron convirtiendo a Teresa, la asesina, en alguien peor que una puta descarada con antecedentes penales, abortos clandestinos y amantes casados que atestiguaban, por su parte, con lujo de detalles, los caracteres podridos del alma -y del cuerpo- de la acusada.

Iglesia, generadores de opinión, madres y padres, todos emitieron un juicio contra ella y decretaron la sentencia: la condena máxima a dieciséis años de cárcel («y lástima que en nuestro país no hay la pena de muerte»).

***

Como ninguna reclusa quería compartir habitación con ese monstruo, tenía una pieza sola, comía sola y paseaba sola alrededor del patio vacío (habían solicitado por escrito que sus momentos de comidas y recreo fueran diferentes a los del resto de presas).

La visita de la abogada y de la sicóloga -dos profesionales conocidas de la maestra-, era lo único que rompía el silencio forzado por el odio y desprecio que había generado su crimen.

***

El día que prestó declaración, el juicio dio un giro inesperado.

―Yo no maté a mi hija ―dijo. El asesino es mi padre.

Ante el asombro general y después de que el juez tuvo que poner a prueba su autoridad con amenazas de expulsión a aquel público exaltado, continuó:

―Desde que tengo uso de razón no recuerdo más que malos tratos, golpizas, insultos. Cuando mi papá llega borracho los sábados por la noche siempre nos dice que las mujeres no servimos para nada, y nos pega «para que aprendas». Creo que nunca me quiso. Nunca. Yo le rogué que me hiciera entrar a la escuela y me contestó enojado: «¿para qué si ustedes no sirven más que para parir?». Yo no entiendo mucho de las cosas que se han hablado aquí, pero cuando yo asfixié a mi hijita, no era yo la que le asfixiaba, era mi papá. ¿Qué creen que me hubiera hecho si además de avisarle que había tenido un hijo sin estar casada, le decía que el hijo era mujercita? Me mata, les aseguro, me mata a palos y esa noche, después de los horribles dolores que pasé, cuando tomé al guagüito de entre el lodo y lo miré y vi que era hembrita, me puse como loca. No, pensé, ¿para qué hacerla vivir? Nos mata a las dos. Seguro que nos mata a las dos. Yo estaba segura de que nos iba a matar; siempre había dicho que si yo llegara a deshonrar a la familia me mataba a mí y al bastardo a palos. Yo no quería que la matara a ella de esa manera. Ya había sufrido yo unas cuantas palizas como para saber lo que son. Me aterraba pensar en lo que él haría con las dos. Y yo solo pensé en no hacerla sufrir mucho. Casi no sufrió. La asfixié despacito. Cerrando los ojos y el corazón para no ver; cerrando todo, el alma también. Cuando sentí que su cuerpito ya no se movía, rápido, casi sin mirarle la enterré junto a la acequia. Yo sangraba mucho y me daba miedo desmayarme y que mi papá me encontrara así. Además, señor, ¿para qué iba a vivir? ¿Para que sufra como yo he sufrido? ¿Para que llore siempre como lloran las mujeres contando las penas que pasan? ¿Para trabajar peor que mula de carga y vivir en la mugre? ¿Y escuchar todo el tiempo que una es bruta, que no sirve para nada, que nació para la cocina y para parir? Usted no sabe lo que es vivir en la mugre, usted no sabe. ¿Para eso la iba a dejar vivir? ¿Para que se pase la vida lavando ropa ajena como mi mamá, como yo, como mi abuelita? Era bonita la chiquita. Por lo menos ahora no ha de sufrir. Mi papá siempre decía que si algo me pasaba con algún mugriento, me mataba, a palos o quemada. Yo tenía miedo. Siempre tengo miedo de los palos y para mi chiquita no quería esta maldita suerte, eso sí que no. Esa noche no supe de mí. Pensaba en los palos y en salvarla de mi papá. No quería verla crecer como yo, sin escuela, sin cariño, sin una palabra buena. ¿Y cuando creciera?, ¿acaso no sabré yo lo que le esperaba, señor? Servir en casa ajena. Ser tratada de bruta, de vaga, de sucia, eso nomás es nuestra vida, señor. Nada más. Eso nomás tengo que decir, señor.

Ante la mirada silenciosa de las mujeres del pueblo y del cura, la abogada pidió la pena menor: dos años de cárcel. Nadie protestó.

La condena fue leída: cuatro años de reclusión en la cárcel de mujeres.

Y aunque las otras presas todavía muestran rencor, ahora puede comer en el salón general y dormir en una pieza compartida. Siempre está silenciosa. No se la ha visto llorar. A pesar de lo sufrido, tiene la serenidad de quien está segura de algo en la vida.

 

«Guagüita» es un danzante compuesto por la artista ecuatoriana Karina Clavijo a partir del cuento «Huellas en el chaquiñán».