Pre sentimiento

Por María del Carmen Garcés

 

Tenías que partir y no había tomado tus manos entre las mías. Tampoco podía hablarte, pero una loca llegó en mi auxilio -siempre sucede- y con lágrimas en los ojos te suplicó que no te marcharas, que eras hermoso y que no podría soportar tu ausencia.

La loca habló así y todos rieron; solo tú y yo le abrazamos y tratamos de convencerla de que no iba a pasar nada. Que no sufriera de esa manera. Que tú ibas a volver. Nos miramos un instante y continuamos hacia el andén número once.

La loca se quedó gritando que no te marcharas, que no podría soportar tu ausencia.

Una lágrima invisible acarició suavemente nuestras mejillas, hasta que se perdieron tus ojos en la bruma de la noche.

Al acercarme a la salida de la estación, la volví a ver. Había formado una especie de tola funeraria con pétalos de rosas y velas encendidas; en el centro, a ras del suelo de cemento, había colocado un diminuto ataúd de madera que frotaba desconsolada­mente con el dedo índice de su mano derecha.

Yo me acerqué desesperada y le grité que no, que tú no ibas a morir, que no podías morir. Me miró a los ojos y entendí entonces lo que sus lágrimas pre sentían y corrí detrás del tren que se alejaba lentamente entre los cañave­rales. Corrí hasta besar los rieles aún tibios con mis labios secos*.

Convidame un Matecito
* Cuentan en la estación que desde hace días dos mujeres pasan alrededor de una tola funeraria -formada con pétalos de rosas, velas encendidas y un ataúd enano-, velando los restos imaginarios de un viajero que partió un sábado por la noche rumbo a la frontera sur. El cuerpo de una de ellas -la más joven, dicen- tiene huellas frescas de quemaduras causadas por rieles y maderos incandescentes.