Australia: distopía posapocalíptica y utopía excepcionalista

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

En este capitalismo hiperglobalizado, donde abundan los avances tecnológicos de racionalidad instrumental, las guerras o hipótesis de conflicto, las armas de destrucción masiva, los daños ecológicos irreversibles a gran escala, las crisis económicas y políticas de shock, las pandemias o epidemias de origen zootónico, y muchas otras señales ominosas de colapso civilizatorio, no debiera llamarnos la atención que las distopías posapocalípticas hayan llegado a ser una manifestación artística sin fronteras, tan universal. Pero hay un país donde este subgénero literario y cinematográfico se ha convertido en toda una tradición nacional: Australia. La expresión más icónica de esto es la saga Mad Max, de George Miller, cuya primera película se estrenó en 1979, contra el telón de fondo de la crisis del petróleo (la primera en el 73, la segunda en el 79), coyuntura histórica que marcó a fuego el argumento del film, algo que se advierte fácilmente con solo mirarlo.

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No pretendo aquí, de ningún modo, negar o minimizar el gran impacto de Mad Max en el imaginario social australiano. Su importancia en la consolidación y masificación de la temática posapocalíptica, dentro y fuera de Australia, está fuera de discusión (recomiendo especialmente, en tal sentido, la lectura del libro The Mad Max Effect: Road Warriors in International Exploitation Cinema, de James Newton, editado por Bloomsbury Publishing USA en junio del año pasado). Sin embargo, es bueno recordar que el puntapié inicial, en la cultura australiana, lo dio la novela On the Beach, de Nevil Shute, allá por 1952. Siete años después, fue llevada al cine por Stanley Kramer junto a Gregory Peck, Ava Gardner, Fred Astaire y Anthony Perkins, consagrándose como un clásico del Hollywood dorado. En medio de una segunda posguerra mundial ya totalmente ensombrecida por la guerra fría, donde cundía el pánico alarmista a que una tercera guerra mundial pudiera abrir la caja de Pandora del uso indiscriminado de armas atómicas, On the Beach vino a sentar las bases de la ficción posapocalíptica australiana.

¿De qué trata On the Beach? Básicamente, de cómo la futurible Australia de 1963, que inicialmente se ha salvado de la catástrofe nuclear que ha devastado el hemisferio norte, espera la llegada fatal de ceniza radioactiva a sus latitudes australes, entre el temor al desastre y la esperanza de supervivencia. Survivalismo en su máxima expresión. Pero no a la manera yanqui de individuos o familias preppers, que tienen un búnker secreto donde almacenan agua y alimentos no perecederos, sino a la manera australiana. ¿Cuál es la manera Aussie, australiana? La fantasía de una isla continente alejada del resto del mundo, y por ello, a priori, menos insegura que el resto del mundo…

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La utopía del excepcionalismo australiano

La variante Aussie de la ficción posapocalíptica se entronca con otra tradición cultural más añeja: el excepcionalismo australiano, la creencia en la excepcionalidad virtuosa y venturosa de Australia. Esta creencia contiene altas dosis de nacionalismo romántico, y suele ir de la mano –no siempre, pero muy a menudo– con el patrioterismo, la xenofobia y el racismo (léase: el mito conservador de la White Australia). El excepcionalismo Aussie sostiene que Australia es un país singularmente bendecido, una nación grandiosa y ejemplar, algo así como la Yanquilandia del hemisferio sur. En otras palabras, la versión austral del Destino Manifiesto, pero sin ínfulas de superpotencia, sin veleidades de hegemonía imperial universal.

Hay un libro estupendo al respecto: Only in Australia. The History, Politics, and Economics of Australian Exceptionalism, de William Coleman (Oxford University Press, 2016). Se trata de una compilación de quince artículos, a cargo de diferentes especialistas. En cada capítulo se explora un determinado problema o aspecto particular del excepcionalismo australiano. La lectura de esta obra ha resultado vital para la escritura del presente ensayo.

El mito según el cual Australia sería una nueva Tierra Prometida en el remoto sur, en el «fin del mundo», es muy antigua. Los geógrafos griegos y romanos, siguiendo a Aristóteles y su errónea elucubración sobre las presuntas simetrías y contrapesos de las masas terrestres, especulaban que debía haber un continente en el extremo meridional del océano Índico. Ptolomeo fue el principal promotor de esta teoría, que en el Renacimiento alcanzó una amplia difusión entre los cartógrafos y exploradores europeos. Rara vez faltaba en los mapamundis la imaginaria Terra Australis Ignota o Terra Australis Incognita, que se extendía alrededor del Polo Sur, como la Antártida, pero que llegaba hasta latitudes mucho más norteñas, de clima templado. Tras los viajes de Colón, muchos navegantes la buscaron, y algunos creyeron haberla encontrado. Magallanes, por ejemplo, en 1520, creyó que Tierra del Fuego podía ser el extremo septentrional del misterioso continente. Otro tanto sucedió con Fernández de Quirós cuando en 1606, durante su travesía por el Pacífico, se topó con la mayor de las islas Vanatu, a la que bautizó Espíritu Santo. Análogamente, Tasman asumió que Nueva Zelanda era parte de la Terra Australis Ignota cuando avistó y recorrió las costas de Nueva Zelanda, en 1642.

Pero fue, sin dudas, la ínsula que hoy llamamos Australia –su nombre ya lo delata– la que más quedó asociada a la Terra Australis Incognita en el imaginario cultural europeo de la modernidad, debido a su inmensa extensión geográfica. Quién fue el primer marino europeo que la exploró, y cuándo exactamente, es materia de un intenso debate historiográfico que aquí no viene a cuento. El del holandés Willem Janszoon, en 1606, es el primer viaje bien documentado e indiscutido, pero es probable que algún portugués o español haya llegado antes, en el siglo XVI.

Sea como fuere, el «descubrimiento» europeo de Australia ha sido tradicionalmente adjudicado al inglés James Cook, en 1770, que daría origen al proceso de conquista y colonización británicas de la isla, a partir de 1788, con la fundación de la actual Sídney y la creación de Nueva Gales del Sur. Todo ese proceso estuvo fuertemente impregnado por el utopismo de una nueva Tierra Prometida en los confines meridionales del orbe. Curiosamente, esa pulsión de imaginación idealista no se vio refrenada por la cruda realidad de las colonias penales, tan decisivas en la formación histórica de la Australia británica (la mayoría de las provincias australianas nacieron como asentamientos de convictos deportados desde la metrópoli u otros territorios de ultramar, incluyendo aquellas más antiguas o importantes, como Nueva Gales del Sur, Tasmania, Victoria y Queensland).

La Terra Australis dejó pronto de ser una incógnita en sus costas pacíficas e índicas, en su litoral meridional y septentrional; y luego dejó de serlo, también, en el Bush fronterizo de más adentro, con sus pioneros y pastores, buscadores de oro y bandoleros, al estilo Far West. Pero lo siguió siendo, por bastante tiempo más, en su territorio desértico y rojizo del interior profundo, inconmensurablemente vasto y caluroso: el Outback. El Outback fue explorado a lo largo todo el siglo XIX, y aun en las primeras décadas de la centuria pasada. Todavía en tiempos tan tardíos como la Segunda Guerra Mundial, cuando ya eran notorios los efectos de la penetración capitalista (pujante desarrollo de la ganadería extensiva en el Territorio del Norte, con las cattle stations –estancias o ranchos– que exportaban su producción vacuna desde el puerto de Darwin), el Outback no había perdido del todo su aura romántica de anecúmene salvaje, de terra incognita, como puede apreciarse en la película hollywoodense Australia (2008), de Baz Luhrmann, con Nicole Kidman y Hugh Jackman.

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Pero volvamos al excepcionalismo australiano, del que ya conocemos su veta utópica primigenia. Desde luego que Australia no es el único país que se ha asumido como una excepción. También lo han hecho Roma, España, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, Estados Unidos, Japón, Israel, Etiopía… Incluso Argentina, con el fenómeno peronista. Cada uno a su manera, por supuesto. Las premisas ideológicas no han sido siempre las mismas, aunque algunas se han reiterado bastante, como la noción de pueblo elegido o el ideal del destino imperial.

Cabe entonces hacerse esta pregunta: ¿en qué se basa la presunta condición sui generis de Australia, según el excepcionalismo australiano? Se han escrito regueros de tinta al respecto, libros y más libros. Aquí nos bastará con una somera esquematización. Puede decirse, grosso modo, que el excepcionalismo australiano se basa en la combinación –no siempre del todo explícita– de los siguientes atributos o caracteres: 1) gigantismo insular cuasi-continental, 2) ubicación geográfica excéntrica y remota (hemisferio sur/Pacífico), 3) singularidades geológicas y edafológicas, 4) alta tasa de endemismo botánico y zoológico, 5) baja densidad demográfica (no superpoblación), 6) economía capitalista desarrollada, 7) democracia parlamentaria, 8) Welfare State o Estado de bienestar, 9) clase media muy numerosa e influyente (mesocracia), 10) población homogéneamente blanca (exigua cantidad de indígenas y afrodescendientes, ausencia de mestizaje, etc.), 11) raíces civilizatorias occidentales y cristianas, 12) alianza geoestratégica con la OTAN, 13) anticomunismo, 14) herencia de la britaneidad (predominio del elemento étnico Anglo-Celtic), 15) ecumenismo religioso sin supremacía anglicana ni católica, y, por último, 16) configuración histórica de país nuevo con inmigración aluvial y sociedad de frontera dinamizada por pioneers, sin rémoras despóticas, ni aristocráticas, ni feudales.

Una digresión: no siempre la ideología del excepcionalismo australiano presenta todos estos ideologemas. Hay también variantes menos conservadoras, más políticamente correctas. Aquellas que, por ej., se distancian de la tradición supremacista de la White Australia, del blanqueamiento genocida o etnocida contra los pueblos originarios de la isla, y de la discriminación conspiranoica contra la inmigración china o japonesa (mito racista y xenofóbico del Yellow Peril o «peligro amarillo», que tuvo su paroxismo en las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del XX). Pero lo más común ha sido que el autobombo del excepcionalismo australiano derive en posiciones de derecha: chovinismo, supremacismo blanco, resabios de la geopolítica del Lebensraum o «espacio vital», cupos inmigratorios por raza, etc.*

La distopía posapocalíptica Aussie

Retomemos nuestro hilo conductor. La ficción posapocalíptica Aussie ha abrevado mucho en el manantial del excepcionalismo australiano, aunque esto no siempre sea evidente. Es un subgénero que condensa y expresa la confianza o la fe ciegas en la excepcionalidad de Australia y su destino glorioso. Podemos hablar, en este sentido, de cierto optimismo nacionalista en modo Aussie.

Pero la ficción posapocalíptica australiana también es hija de cierto pesimismo o inseguridad: el temor al cambio climático y sus consecuencias. Por razones geográficas, Australia es una de las regiones más vulnerables del mundo al calentamiento global y la crisis hídrica: desertización, sequías, incendios… Mad Max y muchas otras películas o novelas australianas han tematizado con obsesiva insistencia el cambio climático en clave catastrofista.

Esta ambivalencia, esta oscilación entre optimismo y pesimismo, ha dado lugar a una tensión paradójica en la tradición posapocalíptica Aussie: la Australia del futuro como utopía y distopía a la vez, en simultáneo. Porque si la ínsula gigante del Pacífico Sur no se salva del Armagedón, tiene, de todas formas, el privilegio de sufrirlo menos que los otros países o continentes, o más tarde, como en On the Beach. Australia asume así, pues, un rol providencial y mesiánico en la historia universal, como último baluarte o vestigio de la ecúmene, tras el cataclismo planetario. Hay en esto, claramente, un regodeo narcisista –consciente o inconsciente– en imaginar que la mayor isla de nuestro planeta está llamada a ser algo así como el arca de Noé de la biosfera y antroposfera, el canto del cisne de una humanidad sitiada por el caos y la extinción; o en todo caso, una distopía decadente y primitivista en medio del vacío, que al menos es capaz de ofrecer aventura, epopeya, drama o tragedia a su gente (porque la dura lucha por la supervivencia, prerrogativa exclusiva de Australia, parece ser un destino mejor –o menos malo– que la nada misma del resto del mundo). Todo es relativo, se sabe: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Por muy horrenda y cruel que sea esa Australia distópica del posapocalipsis, de momento en que está rodeada por un anecúmene donde ya nada vivo –absolutamente nada– subsiste, algo de utópico todavía ha de palpitar en ella, y en sus héroes survivalistas de ambigua moral que no se resignan a la muerte, el hambre o la esclavitud.

Esto es muy notorio, por ejemplo, en Mad Max: Fury Road, el último y más logrado largometraje del ciclo futurista de Miller. En un mundo desertizado, diezmado e involucionado a causa de una catástrofe nuclear y una sequía sin precedentes, la vida humana se ve signada por la escasez. Falta de agua, de alimentos, de combustible, de seguridad, de bienestar, de libertad… Un yermo de aspecto marciano –the Wasteland– rodea amenazante a una diminuta biosfera, cual espada de Damocles. La antroposfera es mínima y precaria. Nuestra especie retrocedió a un primitivo y caótico estado de naturaleza hobbesiano. La existencia gregaria del homo sapiens quedó reducida a una egoísta, agonal y violenta bellum omnium contra omnes o «guerra de todos contra todos». El contrato social se rompió. La civilización, gravemente dañada por las guerras capitalistas del petróleo y del agua, colapsó con el Pox-eclipse (hecatombe atómica).

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Eso sí: allá lejos, en el sur del Pacífico, Australia sufre menos el Pox-eclipse que otras regiones del orbe… Al parecer, las grandes ciudades de la costa, como Sídney y Melbourne, no se salvan de la lluvia radiactiva. Pero el Outback, el interior desértico de la isla, la Australia profunda del mito romántico, sí permanece relativamente al margen del desastre nuclear, aunque nada viene a mitigar su extrema aridez natural, su histórica escasez de agua. Contra todo pronóstico, el inclemente Outback se convierte en el último refugio de quienes emigran desde las urbes costeras para sobrevivir. Entonces recibe un nuevo nombre: the Wasteland, la Tierra Yerma.**

Una aclaración: todo esto lo sabemos –o inferimos– no tanto por las películas de Mad Max en sí, que son un tanto parcas en información (porque privilegian la acción), sino, más bien, por las historietas de DC Vertigo, más explícitas y profusas en sus referencias contextuales. Entre mayo y septiembre de 2015, tras el estreno de Fury Road, Miller lanzó cuatro novelas gráficas, precuelas de este último film, en compañía del escritor Nico Lathouris y el dibujante Mark Sexton. Estos cómics permiten completar el rompecabezas del universo Mad Max. A decir verdad, el ciclo cinematográfico está lejos de agotar la trama…

La poca humanidad superviviente se concentra en la Ciudadela –un acuífero fortificado– y otros oasis satélites de la Tierra Yerma, donde se rinde a los pies de un warlord siniestro, Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne). Desde su plácido pero inaccesible Santuario en las alturas, este déspota desquiciado, este tirano corrupto y cruel, garantiza un mínimo de orden político y subsistencia material a sus súbditos por medio de la fuerza, el terror, la manipulación y las dádivas. Acapara el agua y la suministra a cuentagotas, generando una obediencia extorsiva.

Imperator Furiosa (Charlize Theron), lugarteniente de Immortan Joe, huye sorpresivamente de la Ciudadela a bordo del War Rig, un camión cisterna blindado, llevándose consigo las cinco esposas del sátrapa, hasta entonces condenadas a una degradante servidumbre sexual y eugenésica. Immortan Joe, lleno de rabia y sediento de venganza, sale en persecución de Furiosa, acompañado de su ejército motorizado y fanatizado de War Boys. Durante la vertiginosa y desesperada huida por el desierto, la heroína suma un compañero de aventuras: Max Rockatansky (Tom Hardy), un esclavo fugitivo que era usado como transfusor de sangre las 24 horas del día. Max se volverá también un héroe de la road movie posapocalíptica, aunque a su modo. Un modo que no es el convencional –idealizado– del género épico, sino el heterodoxo –ambiguo– de un western revisionista.

Cuando Furiosa y compañía traspasan el Lugar Verde, otrora un valle fértil y ahora un pantano malsano, se topan con las Vuvalini, su tribu natal. Es una comuna residual de mujeres guerreras que languidece porque ya no puede subsistir de la agricultura, que está organizada como un matriarcado y que ha adquirido la costumbre –¿misándrica o prudente?– de expulsar a la prole masculina, como las amazonas de la mitología grecorromana. Las Vuvalini representan algo así como el canto del cisne de una humanidad que no ha olvidado del todo el humanismo, ciertos ideales u horizontes éticos de la cultura preapocalíptica. Ellas y su sororidad comunitaria –con reminiscencias anarcofeministas– son una partícula de la antroposfera donde aún se mantiene encendida la llama de la solidaridad en la noche del sálvese quien pueda, de la barbarie fratricida, del homo homini lupus.

Si la Tierra Yerma encarna la rareza survivalista de un mundo posapocalíptico dominado por la vacuidad de la muerte, las Vuvalini y sus huéspedes de improviso –Furiosa con su banda prófuga– constituyen la anomalía esperanzadora de la Tierra Yerma. Una excepción dentro de otra excepción. Una micro-utopía dentro de una macro-distopía. Ambas irregularidades –la supervivencia en medio de la desolación tanática y la solidaridad en medio del egoísmo despiadado– acontecen en la Australia profunda del Outback. No es algo casual, sino deseado. Se trata de una elección ideológica, no de un antojo estético.

Toda ficción expresa o esconde una pulsión. Todo producto de la imaginación autoral encuentra poderosos nutrientes en el sustrato del imaginario social, ya se trate de una obra de arte realista o fantástica. Resulta imposible comprender a fondo Mad Max si se hace abstracción del excepcionalismo australiano, el humus fértil donde el cineasta George Miller –que es oriundo de Australia– ha tramado sus parábolas futuristas sobre la caída y redención de la humanidad.


NOTAS

* En el caso particular de Australia Meridional, como bien ha hecho notar una historiadora de esa provincia, el imaginario excepcionalista añade otro ingrediente conservador al cóctel, de carácter fuertemente localista: el orgullo purista por un origen histórico-inmigratorio más «respetable», sin toda esa «escoria» de reclusos deportados (ladrones, desertores, prostitutas, asesinos, sediciosos de izquierda, etc.) que hubo en las provincias orientales más populosas, en la isla de Tasmania o en Australia Occidental. Cf. Quartly, Marian, “Turning the yellow South Australian hills green?”. En Honest History, 21 de marzo de 2017, <http://honesthistory.net.au/wp/turning-the-yellow-south-australian-hills-green-marian-quartly-on-a-state-of-hope&gt;.
** La fascinación telúrica del nacionalismo australiano con el Outback está lejos de ser algo original. El chovinismo francés, antes y después de Michel Dion, se ha regodeado hasta el hartazgo con la France profonde, la Francia provinciana, más allá del embudo parisino: el bocage normando y bretón, los Châteaux del Loira, los paisajes montañosos de los Alpes y los Pirineos, etc. El romanticismo inglés hizo lo propio con la Deep England, la Inglaterra rural o pueblerina a salvo de la babel londinense y la Revolución Industrial. El nativismo estadounidense, por su parte, idealizó la Heartland, el corazón de Norteamérica no corrompido por el cosmopolitismo apátrida de las dos costas. En Argentina, sin ir más lejos, el escritor Eduardo Mallea exaltó la Argentina «invisible», auténtica, platónica, quintaesencial del Interior, contraponiéndola sin matices a la Argentina «visible» y falsa del puerto-pandemonio de Buenos Aires. Las fantasías redentoristas –artísticas y políticas– centradas en el país propio, especialmente en el país profundo propio, tampoco son algo privativo de Australia. El nazismo, por ejemplo, que tanta demagogia hizo con la cantinela de la regeneración nacional de Alemania y la misión universal del Tercer Reich, explotó al máximo el romanticismo völkisch: patrioterismo, folclore, telurismo, particularismo, etc. Alemania debía salvar al mundo, y la Alemania tradicional del «espíritu» (la Prusia rural y aristocrática, las bucólicas comarcas alpinas del sur, la pintoresca Núremberg celosamente fiel a la Edad Media, etc.) debía salvar, a su vez, a la Alemania moderna de la «materia» (la capital Berlín, el polo capitalista minero-industrial de Renania, los grandes puertos marítimos del Báltico y el Atlántico).