Ciclo Caleidoscópico 1: Arrugas

Textos: Martín Rusca, Gretel Freidemberg y Mauro Barchiesi
Ilustraciones: Mariana Bollati

Los pliegues y su fractalidad (El relato de oneiros) – Martín Rusca

Anoche Morfeo me sorprendió en un sueño. En él, me encogía infinitamente a una velocidad vertiginosa. Lo que parecía por fin liso y concreto se transformaba, mientras caía, en enormes valles fractales en los que me hundía estrepitosamente. En un momento, y sin llegar a ningún lugar concreto, el señor de los sueños apareció y me susurro al oído:

La anciana descubrió que el gato
se había escondido detrás de su ojo izquierdo,
asustado pobre, de una anciana
que lo llamaba desde dentro de su oído.

A partir de ese momento mi cuerpo comenzó a doblarse sobre sí mismo. Lo que era afuera ahora era adentro, lo que era frio ahora era cálido. Resultaba una caída mucho más traumática que la anterior por su condición estática. Sentí que no podía detener esa terrible máquina de tiempo.

Entonces Huitzilopochtli sonrió.

Y desperté.

Apenas abrí los ojos, y sin olvidar el sueño, pensé en los surcos, arrugas y pliegues. Aquellas marcas, contenían el universo en sí mismas. Entendí que el infinito no es un camino que nunca termina, sino por el contrario, uno que nunca empieza.

Supe por fin que la piel que habitamos, ese territorio accidentado y único, junta en sus pliegues el total de nuestras historias pasadas, presentes y futuras.

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Yo lo valgo – Gretel Freidemberg

“Yo lo valgo” escuché en un video que se reproducía en la pantalla de mi celular, mientras estaba sentada y olvidaba, al mismo tiempo, qué quería “ver” o por qué estaba inmóvil frente al aparato.

La imagen y las palabras captaron mi atención. Paradójicamente una empresa de cosméticos, maquillajes, cremas, etc. lanzó una campaña publicitaria en la que diferentes actrices famosas nos interpelan a mirarnos frente al espejo, respirar y decir “yo lo valgo” y, repetirlo hasta creer que nuestro valor radica en la autenticidad, en habitar nuestros cuerpos, nuestra piel y cara sabiendo que, invariablemente, se modificarán con el paso del tiempo. Y que precisamente por ello, es lo que nos hace únicas. Identidad.

Kate Winslet remueve poco a poco su maquillaje, mientras sus palabras quedan girando en mi mente. Aparecen lentamente las arrugas en las líneas de su expresión. Desde pequeña he presenciado, una y mil veces, la imagen de las mujeres de mi familia maquillándose frente a un espejo, tan habitual como el acto de lavarse la cara cotidianamente cuando despertamos. De adulta he continuado esa costumbre, las arrugas asoman al igual que el blanco en mi pelo. Construir nuestra identidad valorando nuestras imperfecciones, diferencias, cicatrices … el paso del tiempo, es reconocernos dentro de una sociedad nueva que pretende un mundo más equitativo, justo y sostenible.

Las arrugas son parte de nuestra identidad y, del mismo modo, ocurre con las edificaciones. Observar y valorar las huellas físicas que el tiempo traza, frente a la velocidad de las imágenes, es un nuevo enfoque que nuestra cultura demanda, promoviendo la belleza desde la autenticidad, determinada por la variable del tiempo.

Conservar, preservar, intervenir de manera consciente y sustentable aquellas construcciones que nos cuentan su historia, que nos representan, que forman parte de nuestra memoria colectiva es una necesidad imperiosa si como humanidad nos planteamos el desafío de avanzar con objetivos de desarrollo sostenible.

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Micro y macro – Mauro Barchiesi

¿Qué me transmite la palabra arruga? Dejándome llevar por el imaginario pienso en la experiencia, en la edad, en el tiempo. La palabra arruga me lleva a pensar que quienes poseen arrugas son gente que ha vivido muchos años. Pero no como un envejecimiento natural del cuerpo, sino más bien como parte de un ciclo que hace a una persona en su fase de máxima experiencia vivida. Es esa etapa donde la intensidad de lo físico disminuye, pero el entendimiento y experiencia desde lo mental tiene su máximo esplendor. Disciplinas como la Arquitectura poseen esa característica. La experiencia en las obras, en lo construido, hace que el tiempo mismo permita saber si las decisiones de proyecto han sido las correctas, o no.  Lo mismo a escala urbana, donde se relaciona la ciudad con el habitante, el paso del tiempo permite entender si los movimientos de los habitantes haciendo hábitat, fueron o no las más acertados. Simplemente porque la experiencia de lo vivido hace al entendimiento, o al menos así debería serlo. Esto me lleva a pensar que debiéramos tener una relación más concreta con nuestros mayores, fundamentalmente porque no hay manera de tener experiencia en el tiempo sin que pase el tiempo.

Las arrugas también me hacen pensar a esos pliegues que posee la tierra, esas ondulaciones que con el paso de cientos de años han ido generando una geografía de placas que se superponen unas a otras. Esa escala monstruosa de la tierra reflejada en un choque de bloques formando cerros y montañas. Me hace pensar en lo infinito del tiempo hecho montañas de piedras, en lo dinámico de las dunas moldeadas por el viento. El tiempo nuevamente formando esas arrugas inmóviles, un movimiento estático que da cuenta de vida en la geografía terrestre.

Las arrugas son tiempo en sí, son lo transcurrido, lo vivido. Son lo estático y lo permanente. Así como se pliega la piel se pliega la tierra. Lo primero más efímero, lo segundo más permanente.

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