Derecho al pataleo

Por Nicolás Ventieri
Docente

Todo cambió cuando cursaba su 5° año; era el primero en democracia para Mariela desde 1976. La sensación de un clima distinto era cotidiana ya: en su escuela ella recuerda “que se había roto un vidrio, no lo arreglaban y entonces uno de los compañeros un día propuso que nadie entrara al aula como una especie de protesta”. Curiosa manera de manifestarse, cuando eso mismo estuvo vedado durante tantos años. De hecho, poner en marcha algo semejante durante los años de dictadura hubiese sido imposible, según me cuenta. Sentirse habilitada a decir y a hacer era todo un mensaje que recibían tanto ella como sus compañeros; el clima de época se los permitía: el 30 de octubre de 1983 Raúl Alfonsín inauguró un largo período democrático en el que se recuperó el Estado de Derecho y se puso fin definitivo a la última dictadura militar. La profesora de Literatura de Mariela le puso como título a una revista que creó con sus estudiantes Derecho al pataleo. Todo un mensaje de lo que se quiso durante mucho tiempo y no se pudo, y lo que a partir de 1983 se habilitó en nuestra sociedad: “No podíamos creer que pudiéramos escribir y decir cosas en una revista. Los jóvenes no teníamos lugar para decir: ni en casa, ni en la calle. Vos callate, qué sabés vos… y de repente una revista”.

Se ha escrito mucho sobre los años en dictadura y de hecho sabemos bastante sobre la cotidianeidad de la vida entre los años 1976 y 1983. Confieso que al mirar al pasado, no hay nada que encuentre más interesante que la vida cotidiana. Sobre esta época, siempre me pregunté cosas del estilo de “¿cómo se vivieron esos años?”, “¿qué veía, qué escuchaba, qué sentía tal o cual persona en aquellos años?”. Como docente he recibido muchas preguntas sobre la vida cotidiana durante el terrorismo de Estado, algunas difíciles de responder, otras imposibles y otras con respuestas muy tentativas. Les propongo en estas líneas imaginar históricamente, buscar indicios de nuestro pasado e intentar pensar a partir de algunos testimonios. La invitación es a imaginarnos sentados en el banco de una escuela, caminar por los pasillos, disfrutar del recreo, mirar alrededor, escuchar las conversaciones de nuestros compañeros, interpretar sus sentires, sus miedos, sus deseos. Vamos a ubicarnos en la provincia de Buenos Aires y en la ciudad de Rosario. Dos escuelas bien distintas, pero con muchos puntos que las hacen similares, a pesar de la distancia de 300 kilómetros entre una y otra.

“Yo terminé la escuela en el 80”, me cuenta Daniel, nacido en Rosario en el año 1962, aunque actualmente vive en Tierra del Fuego. Eso significa que desde 1975 cursó la escuela secundaria. Daniel vivió no solo el inicio de la Dictadura cursando en esa escuela, sino que también la transición hacia 1976. Algo estaba pasando alrededor de 1975 y lo registraba a pesar de su corta edad: “Mi viejo era militante del PJ y ese día –el 24 de marzo– me acuerdo que a las 3 de la mañana llega a casa y le dice a mi mamá que la habían volteado a la Perona”. Tal vez porque las habitaciones de ese hogar estaban pegadas o tal vez porque se despertó repentinamente cuando su viejo llegó a la madrugada, pero para Daniel esa no fue una frase más. Esa mañana su mamá no lo despertó para ir a la escuela. “José Luis, el pibe de enfrente, golpea la puerta, y cuando lo atiendo le digo que ‘hubo algo’ y que seguramente no iba a haber clases”. Su papá, y acá muchísimas historias se conectan, empezó a esconder los libros, empezó a cambiar la forma de hablar, “cambió de repente”. Claro, las tensiones se respiraban en el ambiente.

Mariela es nacida en la Ciudad de Buenos Aires en el año 1966 y parte de su escolaridad la pasó entre la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. Para ella, los cambios, a pesar de estar en 4° grado, fueron muy notorios: “Los docentes en general no hacían en el aula nada que no tuviera que ver con su trabajo. Pero por primera vez, tal vez un día antes o después del golpe, la señorita Luisa llevó un diario a la clase y lo leyó. No dio clase”. Recuerda que no lo leyó en voz alta, sino para ella misma. Por el tamaño del diario, piensa que era La Nación. Y si bien el dato no es relevante, su recuerdo tiene un sentido para ella que es fundamental: “Era muy disruptivo, tenía 9 años pero me di cuenta de que algo estaba pasando”.

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Mariela como escolta a la derecha de la abanderada. Escuela N° 14 D.E. 18 «Guillermo Enrique Hudson», Ciudad de Buenos Aires, año 1979

Y sí, las percepciones tanto de Mariela como de Daniel indicaban algo, una especie de alarma que la advertían incluso dentro de la escuela. Daniel recuerda de forma muy vívida al rector en aquel momento, un tipo duro cuya autoridad estaba construida desde el miedo que podía generar: “Te llevaba al despacho y anotaba todo en un acta en clara muestra de una autoridad, por fuera de lo que era la meramente pedagógica”.

“Yo creo que hay algo del contexto de silencio, terror que penetró en la escuela”, me dice Daniel, quien no solo cursó la Secundaria en la escuela San Francisco Solano, sino que también la Primaria. Por eso registró ese cambio tan abrupto: “Lo aprendí y lo naturalicé rápidamente”. Me cuenta que los profesores eran rígidos y no lo disimulaban, al punto tal de que no permitían que se desabrochara un botón para bajarse la corbata. Me explica que su educación secundaria fue “totalmente apolítica”, a pesar de que a él la política le interesaba mucho. Daniel cuenta que en la Primaria “veía que había carteles, había un Centro de Estudiantes y eso automáticamente desapareció. No me di cuenta de esa transición, si es que la hubo. Después del golpe tuve materias como Instrucción Cívica, Conocimiento de la Realidad Social, materias que me interesaban y no se hablaba nada de política. Se hablaba en neutro: políticas desarrollistas, liberales, socialistas”. Básicamente, según lo que me cuenta Daniel, una descripción: “Era como ver una foto; la mirabas, decías qué veías y ya. No la pensabas”. Entre 1977 y 1981 el currículum escolar fue modificado en pos de un control ideológico que lo expresa muy bien la Resolución 08/76. Los docentes no participaban ni proponían, ahora ellos simplemente ejecutaban. Nociones como la de democracia fueron alteradas y descontextualizadas. Ideas como la de obediencia y subordinación fueron puestas en valor. Síntoma claro de esto fue la modificación de la materia Estudios de la Realidad Social Argentina por Formación Cívica y Moral, una materia que Mariela recuerda. Dos días después del golpe de Estado, César Guzzetti, delegado militar ante el Ministerio de Cultura y Educación, designó delegados militares en direcciones generales y nacionales del Ministerio. Es cierto que a través de la Misión Ivanissevich, el intento por depurar cualquier inclinación ideológica había comenzado mediante intervenciones, despidos, persecución a docentes, a estudiantes y demás; sin embargo, los resultados parciales de estas medidas se verían profundizados durante la Dictadura iniciada en 1976, cuando la vida cotidiana de las escuelas se vio alterada por la represión, los secuestros y desapariciones.

Mariela sigue contando: “La materia más horrible de todas era Cívica. Teníamos mucho miedo en el aula. Te llamaban a dar lección al azar, todo de memoria, todo enciclopédico. Te hablaban del Congreso y nosotros no teníamos idea de qué era un congreso”. Tiene un lindo recuerdo de su profesora de Historia, Muzzio, a quien consideraba “la más piola, la única que nos trataba como seres humanos. Ella sí nos hacía pensar”. ¿Será por esto que hoy Mariela es historiadora? Difícil decirlo. Según me cuenta, si esta profesora iba a explicar algún tema difícil, de esos que era mejor contar en voz baja, se dirigía a la puerta, se fijaba que no hubiese nadie y explicaba. Lo que nos gusta a todos los docentes: el aula como un espacio de resistencia, de contención, de confianza, de construcción más allá de las imposiciones desde afuera, más allá de lo que el diseño curricular establecía. Pero también, claro, en esta época, esa misma aula podía transformarse en un vector del miedo, del terror a ser escuchada.

La escuela fue mutando, antes, durante y después del golpe de Estado. Estos testimonios así lo muestran. De hecho, quienes recorremos las escuelas y trabajamos en ellas, sabemos que siempre mutan. Como si en sus mismas entrañas, a pesar de los condicionantes externos, estuviera eso “nuevo” que siempre nace. La potencia es infinita; me gusta pensarlo así y es una de las ideas que circuló en mi cabeza al hablar con Daniel y con Mariela. Ahora que celebramos nuevas conquistas en derechos, que internalizamos miradas democráticas y expectativas a futuro, podemos apropiarnos del título de aquella revista que la profesora de Literatura de Mariela creó y decirnos que sí, que tenemos derecho al pataleo. No como una queja sin sentido, no como un capricho sin fundamento, sino como esa enorme diferencia entre ser indiferentes y someternos al destino, o como hemos aprendido de nuestra historia, construir el nuestro propio. Ese es el derecho al pataleo que supimos conseguir y que esperamos seguir profundizando.

IG: @_nicoventieri_