Dos años después…

Por Guadalupe Amadeo Calviño (*)

Hace dos años, aproximadamente, comenzaba el confinamiento obligatorio por la pandemia de Covid-19 y la incertidumbre que las políticas neoliberales nos empujan a naturalizar y adaptarnos era máxima.

I. Un breve racconto

No sabíamos de qué se trataba este virus; no sabíamos si íbamos a sobrevivir a él, si nuestros seres queridos iban a sobrevivir a él; no sabíamos qué secuelas dejaba en quienes enfermaban y se recuperaban ni estaba en el horizonte una vacuna que menguara su letalidad. También comenzábamos a preguntarnos sobre los efectos del encierro según si se vivía solo o con otros y según la etapa de la vida en la que se estuviera; sobre las nuevas prácticas del cuidado de sí y de los otros; sobre las implicancias de la imposibilidad del encuentro de los cuerpos y las que inauguraba el hacer lazo exclusivamente a través de la virtualidad; sobre la necesidad de trabajar y estudiar en esas nuevas condiciones; sobre los efectos que podría tener en ese contexto, en los procesos de duelo, el no poder cuidar del otro durante su enfermedad, despedirse, ni hacer los ritos funerarios. Por supuesto, como siempre ocurre, hay quienes sostuvieron y sostienen aún posiciones negacionistas o de desmentida. Esto también tuvo efectos de distinta resonancia, según se trataba de personas que se posicionaran en disidencia o de gobiernos que lo hicieran.

Desde el campo de la filosofía política hubo distintas caracterizaciones de la situación, desde algunas que hicieron foco en el peligro ocasionado por la mayor injerencia de los Estados en su avance sobre las libertades individuales de las personas; pasando por las que hacían hincapié en lo paradojal y ominoso del virus como un real irrepresentable, producto del régimen del capitalismo tardío que nos impelía a considerar la creciente deshumanización de nuestras sociedades; hasta lecturas que quisieron encontrar en el fenómeno de la pandemia el impasse necesario que luego motorizara el anhelado aunque casi inimaginable fin del capitalismo y la invención de otro orden menos alienante, segregatorio y depredador para la vida en nuestro planeta.

II. ¡Hay que seguir!

A quién más, a quién menos, dos años después, podemos pensar que las circunstancias vividas durante la pandemia fueron un brutal forzado recordatorio de aquello que estamos defensivamente habituados a desconocer por hacérsenos intolerable: la fragilidad de nuestra existencia, nuestros humanos desvalimiento y desamparo, la posibilidad inminente de la muerte y la precariedad de las pretendidas seguridades sobre los fundamentos de nuestras condiciones de vida.

“Hay que seguir” nos decimos, les decimos a otros, nos dicen, invariablemente, después de algún duro golpe, de una pérdida significativa, de un duelo. Duelo que, en sus enormes diferencias, puede ser por la muerte de un ser querido; por una relación amorosa que terminó; por la pérdida de un trabajo; por la imposibilidad de festejar el fin de la escuela primaria y que algo marque simbólicamente el pasaje a la adolescencia… los más variados y singulares “etcétera”…

“Hay que seguir” es, para nosotros en nuestra época, un imperativo inmediato: seguir produciendo, siendo funcional y eficiente, lo que, además, se refuerza revistiendo ideológicamente a este imperativo de connotaciones “positivas” como la “capacidad de resiliencia” y de ejercicios para su “entrenamiento y logro”. Por supuesto, en el caso de los adultos, seguir produciendo es innegablemente del orden de la necesidad, hay que “llevar el pan a la mesa”, hay que seguir ocupándose de quienes nos necesitan.

Algunos de los problemas que estas situaciones nos presentan son: ¿en qué tiempos cronológicos nos exigimos o se nos exige volver a la “normalidad” para sancionar, si ello no ocurre, que ya no se trata de un duelo, sino de una “depresión”?; ¿coinciden esos tiempos con la temporalidad del duelo de cada quien, ya hace décadas socialmente acelerado y empobrecido por la caída en desuso de los ritos con que las comunidades se acompañaban en el dolor frente a la muerte?; ¿con cuáles posibilidades de hacer la laboriosa rememoración que nuestro psiquismo emprende ante una pérdida significativa?; ¿con qué otros disponibles a tomarse el tiempo para escuchar?; ¿con qué recursos culturales a la mano para hacer con ellos otra cosa de nuestro dolor y de nuestra incertidumbre (como pueden serlo la literatura y la poesía, la escritura, las artes)?

Cabe agregar que, en general, no se ha contemplado desde las instituciones educativas abordajes ni dispositivos preparados para escuchar las experiencias de niñas, niños y adolescentes durante la pandemia, sino que también han sido empujadas y empujados a las mencionadas exigencias de rendimiento, correlativas a la desestimación de sus experiencias vitales y, por lo tanto, a la posibilidad de narrarlas, de historizarlas, de simbolizarlas.

III. Los costos

La crueldad maníaca con la que nos alienamos, pase lo que pase, a esta exigencia de productividad de la época, no es una novedad: sí “tiene costo” podemos decir, irónicamente. Produce síntomas, malestares que se expresan singularmente (crisis de ansiedad, depresiones, toxicomanías, violencia de género y violencias intrafamiliares varias, etc.), a veces como formas silenciadas o silenciosas e inadvertidas del padecimiento. Darle lugar a la escucha y a la lectura de esos síntomas singulares es una tarea “caso por caso” suele decirse insistentemente desde el Psicoanálisis y tal vez resuena a lugar común, pero si se siguió hasta aquí este texto, podemos concluir cuán importante es la insistencia en ello: dar lugar a nombrar aquello que, contra todo esfuerzo consciente, no está funcionando, lo que no es productivo e insiste; hacer lugar al tiempo de situar la pérdida y sus preguntas (¿qué de mí se perdió en esa pérdida?, ¿qué de aquello que fui para el otro?), del dolerse de lo perdido en las varias vueltas de la rememoración, como un trabajo necesario para, sí, seguir adelante, menos mortificados.

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(*) Lic. en Psicología, practicante de Psicoanálisis y docente