«No-cosas», de Byung-Chul Han

Por Naz

«Protégeme de lo que quiero», se leía en una de las marquesinas de gran formato que la artista conceptual Jenny Holzer puso a circular en los 80.

¿Por qué protegerse ante el deseo propio y no de los peligros del mundo? ¿Acaso elegir lo que se quiere no es la expresión de libertad? Spoiler: no.

Ayer compré «No-cosas», de Byung-Chul Han. Sí, confieso que al terminarlo agradecí haberlo leído en físico y no en digital. Ja.

La cosa es que, como siempre, este filósofo canibaliza a los clásicos, los vuelve a mirar ―con bastante afán posmo― y, aunque a veces eso me moleste, creo que le da un sustento digerible a las angustiosas intuiciones que uno empieza a tener en la era digital.

Porque, señores, este sujeto dice que ya no nos importa tener cosas sino «experiencias». ¿Recuerdan ese audio viral sobre «los nuevos ricos» que andan de mochileros en vez de pagar una hipoteca? Pues más o menos así.

El algoritmo primero nos conoce (porque le damos nuestros datos), nos convence de que somos únicos y tenemos que estar en constante comunicación (ofreciéndole más datos) y después moldea nuestros gustos, decisiones y maneras al punto de que su entorno, el hábitat digital, sea el único que nos importe [Zuckerberg, cof, cof… Meta… Cof, cof, verso].

nocosas

Ya no queremos cosas. Queremos likes. Ya no deseamos una casa, sino viajes (solo para compartir las fotos y diluir la experiencia en datos al alcance de otros).

«El régimen neoliberal en sí mismo es ‘smart’. El poder ‘smart’ no funciona con mandamientos y prohibiciones. No nos hace dóciles, sino dependientes y adictos. En lugar de quebrantar nuestra voluntad, sirve a nuestras necesidades», escribe nuestro buen amigo.

Nada nuevo bajo el sol a estas alturas, pero quiero regresar a Holzer porque, en mi opinión, se pregunta lo importante: ¿realmente quieres lo que quieres o eso que llamas libertad es producto de una imposición? Habría que cuidarse. Y mucho. Pero, ¿quién debería ejercer esa protección?

Este libro, que se lee fácil por la escandalosa vigencia, dice algo con lo que comulgo: «El like es el amén digital».

Así que hermanos, terminemos de orar y honremos al algoritmo.