La suerte de las iguanas

Por Camilo F. Cacho

Aquella tarde me crucé con Daniel en la plaza de Guayaquil.
Estuvo todo el rato hablándome.
Me contó que esos bichos se adueñaron del lugar.
Que cada día se disputaban el alimento, la atención y el espacio
junto a tortugas y ardillas.

Sin embargo, habían logrado adaptarse unos con otros.

Después me relató que el padre era pastor y por eso se la pasaba predicando, mientras él jugaba y se confundía entre medio de una jungla de animales y humanos.

Pero desde que comencé a hablar con Daniel, sentí que me quería contar algo importante.

Pasado un rato y con una sonrojada naturalidad, por fin develó el secreto:

―Me paso la tarde entera aguantándome hacer pis, aunque enfrente hay un baño ―dijo señalando hacia la Catedral Metropolitana―. Pero ni a mi ni a mi papá nos dejan entrar.

Con los ojos llenos de franqueza, agarrándose el cierre del pantalón como queriendo atajar un misterio, Daniel agregó a viva voz:

―¡Qué suerte tienen las iguanas!