Una purga estalinista. «The Trial» de Loznitsa y su contexto histórico

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

Días atrás, compartí con el público lector de Kilómetro Cero un ensayo sobre State Funeral (2019), el largometraje documental de Serguéi Loznitsa sobre los fastos fúnebres de 1953 en honor a Stalin, el líder bolchevique y estadista de la Unión Soviética. Hoy quisiera hablarles de The Trial (2018), conocido en el mundo hispanoparlante como El juicio (o bien, El proceso). Se trata de otro de los films sovietológicos de Loznitsa, también referido a la dictadura estalinista.

No son las únicas similitudes. The Trial, igual que State Funeral, constituye un found footage o «metraje encontrado». Su punto de partida es el descubrimiento de un valioso material fílmico de archivo sobre el pasado soviético de Rusia, el estalinismo y su máquina totalitaria; material sometido a un cuidadoso proceso de selección, restauración y montaje de imágenes. Tanto en The Trial como en State Funeral, además, el metraje encontrado consiste en un documental de propaganda estalinista contemporáneo al suceso histórico narrado, filmado en altísima calidad técnica –para los parámetros de la época– por cámaras y camarógrafos soviéticos de excelencia, bajo la dirección de cineastas avezados. En el caso que aquí nos ocupa, The Trial, el film recuperado es Trece días (1930), de Yakov Poselsky, un mediometraje de 44 minutos de duración. Pero Loznitsa, como haría luego con State Funeral, no se limitó a trabajar con los rollos del corte final del found footage. También utilizó otros rollos donde había muchas tomas descartadas. Tanto es así que The Trial dura dos horas, más del doble que Trece días.

Otra semejanza entre The Trial y State Funeral: no hay relato en off. Tampoco hay entrevistas a testigos o especialistas. Loznitsa se abstiene de expresar su opinión política –crítica– hasta el final, cuando revela de golpe, por escrito, algunos datos históricos muy someros pero cruciales, que pinchan el globo de la propaganda estalinista y obligan al público espectador a revisar todo aquello que ha visto y creído. Eso sí: existe una diferencia importante entre The Trial y State Funeral. La primera no está musicalizada. No tiene más sonido que las voces de sus protagonistas y el ruido de ambiente. La segunda, en cambio, incluye varias piezas sinfónicas de grandes compositores de la música clásica que le dan un alto vuelto estético: Mozart, Tchaikovsky, Chopin, etc.

¿Cuál es el tema que aborda The Trial? La farsa judicial del «Partido Industrial», una de las primeras purgas estalinistas. Corría el año 1930. Stalin, que tras la muerte de Lenin había dejado fuera de carrera a Trotsky y otros dirigentes bolcheviques rivales por medio de la fuerza y las mentiras difamatorias, concentraba ya todo el poder en Rusia y sus naciones satélites, de modo análogo a otros déspotas revolucionarios como Cromwell y Robespierre. En Moscú, en el Salón de las Columnas de la Casa de los Sindicatos, durante trece jornadas del otoño boreal (25 de noviembre-7 de diciembre), un grupo de prestigiosos técnicos y científicos con importantes cargos de gestión en la burocracia soviética –ingenieros y economistas principalmente– fueron juzgados en audiencia pública por la Corte Suprema de la URSS, bajo graves acusaciones de sabotaje, conspiración y traición: L. Ramzin, P. Osadchy, N. Charnovsky, A. Fedotov, V. Larichev, V. Ochkin, K. Sitnin, I. Kalinnikov y S. Kupriyanov. Se les imputaba haber perpetrado numerosos crímenes tendientes a dañar la macroeconomía de la Unión Soviética en áreas estratégicas como la industria, el transporte y la energía. ¿El móvil de este supuesto complot? Generar una situación de crisis económica y descontento social que desestabilice el régimen comunista y allane el camino a una intervención armada de las potencias occidentales, que permitiera a su vez el regreso de los emigrados blancos o contrarrevolucionarios (nobles terratenientes, hombres de negocios, oficiales zaristas, clérigos ortodoxos, etc.) y la restauración del antiguo régimen. Los presuntos conjurados golpistas, enemigos del pueblo y de la patria socialista que –se decía– no habían olvidado sus orígenes burgueses, habrían desarrollado sus sabotajes bajo la instigación y dirección de capitalistas rusos exiliados en París, con apoyo del imperialismo anglofrancés.

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Pero la Unión de Organizaciones de Ingenieros –más conocida por el apodo de Prompartiya o «Partido Industrial»– no existía realmente. Era solo una invención del gobierno, que necesitaba un chivo expiatorio. Desde 1928, Stalin venía implementando a rajatabla –con puño de hierro– su Primer Plan Quinquenal, cuyas metas eran lograr en tiempo récord la colectivización del agro, la industrialización pesada del aparato productivo y la planificación central de la economía soviética. Todo ello en pos del comunismo, horizonte utópico del cual la Revolución Rusa parecía haberse alejado durante los años heterodoxos de la NEP. La NEP era la política pragmática –una mixtura entre socialismo y capitalismo de estado– que Lenin había puesto provisoriamente en marcha hacia 1921 para reactivar la economía soviética arruinada por la guerra civil, al advertir que el voienny kommunizm (comunismo de guerra) había tocado techo, cumplido su ciclo. La NEP tuvo éxito: la economía rusa se recuperó rápidamente y comenzó crecer. Pero a un precio muy alto: la resurrección del capitalismo. Por eso Stalin, pocos años después de la muerte de Lenin, tomó la decisión de abandonar la NEP y reencauzar a la Unión Soviética por la senda socialista al comunismo: estatización de todas las empresas industriales y de servicios, expropiación masiva de los kúlaks (granjeros ricos que contrataban mano de obra asalariada y comercializaban su producción), creación de koljoses y sovjoses (cooperativas agrícolas y megagranjas estatales) y asignación de recursos a través del sector público en vez del mercado. Una transformación tan profunda, tan estructural, no podía lograrse en un abrir y cerrar de ojos. La prisa en alcanzar objetivos tan ambiciosos en apenas cinco años, generó muchos desajustes económicos y costos humanos: problemas de subproducción y superproducción, situaciones de sobreabundancia y escasez, trasladados forzosos de grandes contingentes de trabajadores a Siberia y otros destinos remotos, hambrunas espantosas (la peor de todas, el Holodomor ucraniano, sobrevendría en 1932), revueltas populares y medidas represivas de extrema brutalidad (matanzas, deportaciones, reclusión en gulags, etc.). Temiendo que su imagen y autoridad se vieran afectadas, el astuto Stalin buscó desviar la atención pública y deshacerse de toda responsabilidad política en lo que estaba ocurriendo con la economía. Otros pagarían el pato de su Plan Quinquenal, aunque fueran inocentes…

El juicio del Prompartiya fue objeto de una frenética propaganda por parte del régimen estalinista y sus órganos de prensa. Se hizo de él un gran espectáculo aleccionador para las masas. Dicha propaganda incluyó la filmación y exhibición de un documental: la precitada película Trece días de Poselsky, a la que Loznitsa ha rescatado recientemente del olvido. El ardid judicial del «Partido Industrial» surtió efecto: hubo multitudinarias manifestaciones en las calles para reclamar la pena capital contra Ramzin y el resto de los imputados (The Trial incluye varias escenas que muestran esa movilización popular punitivista). Stalin se había salido con la suya. No se hablaba de su responsabilidad política en relación a los contratiempos del Primer Plan Quinquenal. Se hablaba de una conspiración reaccionaria digitada desde el extranjero, de la cual el pueblo soviético y sus autoridades serían víctimas por igual.

La purga estalinista de 1930 contra los saboteadores imaginarios de la economía soviética fue un típico ejemplo de eso que hoy llamaríamos lawfare. Se instrumentalizó a la justicia –conservando una fachada de legalidad– para castigar con la afrenta pública a personas inocentes, por motivos de conveniencia política. El juicio en cuestión estuvo repleto de irregularidades bochornosas, que hicieron añicos las garantías del debido proceso. De arranque, hubo una anomalía sospechosa, que no presagiaba nada bueno: todos los reos «eligieron» renunciar a su derecho de ser defendidos por un abogado. Se «defenderían» solos… Pero los imputados, en vez de intentar probar su inocencia, se autoinculparían con maniática insistencia y patetismo, compitiendo entre ellos en la confesión detallada de delitos, las muestras de arrepentimiento, las retractaciones sucesivas y los ruegos de clemencia. Era un regreso anacrónico al viejo criterio inquisitorial de la confessio est regina probationum (la confesión es la reina de las pruebas), que implicaba absolutizar el mea culpa sin sopesar la eventualidad de que los procesados hayan sido extorsionados, algo particularmente perverso por tratarse de un juicio de alto voltaje político, no de un juicio común.

La artificiosidad retórica y la meticulosidad argumentativa de los testimonios de los acusados –no exentas de nerviosismo, por cierto– dejaban entrever el «asesoramiento» en sordina de la OGPU, la policía secreta de la URSS en aquel entonces, que recurría sistemáticamente a los apremios ilegales (secuestros, torturas, amenazas, etc.) para conseguir lo que Stalin pedía o necesitaba. Huelga aclarar que los reos leían sus alegatos, sin ningún resquicio para la espontaneidad o la improvisación. El fiscal Nikolai Krylenko, hábil demagogo, dispensó mucha verborragia e histrionismo a la tribuna, pero no aportó ninguna prueba sólida o convincente. El primer ministro de Francia, Raymond Poincaré, sindicado como uno de los cabecillas del complot, envió una indignada carta al periódico Pravda negando cualquier conexión. Insólitamente, su misiva fue utilizada como material probatorio en el juicio. No menos extravagante fue que se involucrara en la confabulación a Pavel Ryabushinsky, un emigrado ruso que había muerto en 1924, cuatro años antes de su presunto contacto conspirativo con Ramzin (sic).

No era la primera vez que el estalinismo hacía una purga a través de un juicio amañado pour la galerie. Dos años antes, en 1928, ya se había registrado el escándalo de Shajty. En esta localidad montañosa del sur de Rusia, medio centenar de ingenieros y técnicos cayeron bajo arresto, acusados de sabotear las minas de carbón con fines sediciosos contrarrevolucionarios. Juzgados en Moscú por el máximo tribunal de la Unión Soviética, ante una legión de curiosos que no disimulaban su morbo, acabaron en su mayoría condenados a muerte o a prisión sin merecerlo, tras un alud de autoinculpaciones absurdas o inverosímiles. Las prevaricaciones de Shajty y del «Partido Industrial» sentaron las bases de un modus operandi persecutorio-punitivo y propagandístico-distractivo que sería replicado a una escala cada vez mayor durante la década del 30, hasta alcanzar su paroxismo en los tristemente célebres Procesos de Moscú y toda la Gran Purga de 1936-38, que dejaron un saldo espeluznante de al menos un millón de personas arrestadas y 700 mil ejecutadas o muertas por malos tratos, amén de más de 850 mil confinamientos en cárceles y gulags, y cerca de 40 mil destierros: trotskistas y otros disidentes políticos, minorías étnicas, profesionales de clase media, oficiales del Ejército Rojo, burócratas, líderes religiosos, etc.

Los procesos penales de 1928 y 1930 estuvieron muy lejos de esas cifras, es verdad. Pero fueron precursores, pioneros. Algo así como el huevo de la serpiente. Engendraron o perfeccionaron el dispositivo de la purga por lawfare, engranaje fundamental de la dictadura totalitaria de Stalin y su maquinaria de terror. De ahí su importancia histórica, y de ahí que Loznitsa haya decidido dedicarle un largometraje documental al juicio amañado del Prompartiya, luego de encontrar en una filmoteca rusa los rollos de la olvidada Trece Días.

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¿Cómo terminó aquel juicio? La Corte Suprema de la URSS dictó un veredicto severísimo que sirviera de escarmiento y advertencia, como ya había hecho en el escándalo de Shajty: cinco de los nueve reos fueron sentenciados al paredón de fusilamiento, y el resto a un largo cautiverio en prisión. Pero la purga del otoño de 1930 contra el fantasmagórico «Partido Industrial» no se detuvo allí. Varios miembros de la Academia Soviética de Ciencias resultaron arrestados, so pretexto de haber sido cómplices del complot. Aunque se mencionó sus nombres durante el proceso penal contra Ramzin y compañía, no fueron llevados a juicio posteriormente. Así y todo, debieron exiliarse silenciosamente en lugares recónditos del país.

La farsa judicial del Prompartiya no acabó con el veredicto. Las sentencias de muerte fueron sigilosamente conmutadas por largas penas de reclusión en los sharashki, los laboratorios secretos con régimen de gulag que administraba la OGPU, el servicio de inteligencia de la URSS. Stalin no era tonto. Sabía que científicos e ingenieros tan talentosos como Ramzin y los otros condenados podían ser de suma utilidad para el desarrollo tecnológico y productivo de la URSS. No se equivocó: sus aportes a la ciencia aplicada rusa serían de inestimable valor. Ramzin, por ej., inventaría la caldera de flujo directo. En 1936, obtendría la amnistía. Al salir de la sharashka donde había estado confinado por casi seis años, y donde había sufrido el terrorismo de estado de muchas formas, Ramzin volvería a ocupar importantes cargos en la academia y la tecnocracia de su país. En 1943, en medio de la Gran Guerra Patriótica contra los invasores nazis, recibiría el Premio Stalin del Estado por sus contribuciones a la ingeniería soviética.

Tal fue la ferocidad de las purgas en la URSS durante el estalinismo, que el historiador marxista polaco Isaac Deutscher, uno de los principales biógrafos de Stalin, no dudaría en comparar al autócrata bolchevique con el zar Iván el Terrible, el más cruento de los dinastas Románov, que rigió el imperio ruso durante buena parte del siglo XVI: “en el período de las grandes purgas, a medida que suprimía a sus adversarios”, Stalin “se parecía más y más a Iván el Terrible descargando su furia sobre los boyardos”. La OGPU (luego NKVD), “su policía política, encargada de las empresas industriales tanto como de las cárceles, no se diferenciaba de la Opríchnina, aquella guardia pretoriana terrateniente en la cual Iván había apoyado su hegemonía”. La analogía histórica que Deutscher planteó en su Stalin: biografía política (1949) sigue siendo pertinente.

En su libro Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin (2007), el sovietólogo británico Orlando Figes ha señalado: “El Gran Terror fue, sin duda alguna, el episodio más sanguinario del régimen de Stalin (en ese período se registraron el 85 por ciento de las ejecuciones políticas que se produjeron entre 1917 y 1955)”. Sin embargo, explica Figes, la vorágine que incluyó y excedió a los Procesos de Moscú “fue apenas una de las muchas series de oleadas represivas (1918-1921, 1928-1931, 1934-1935, 1937-1938, 1943-1946, 1948-1953), cada una de las cuales aniquiló muchas vidas”. Tanto es así que “la población de los campos de trabajo y «colonias especiales» del Gulag no alcanzó su punto máximo en 1938, sino en 1953”. Por lo demás, “millones de personas siguieron absorbiendo el impacto de este largo reinado de terror varias décadas después de la muerte de Stalin”.

Como ha reflexionado el historiador trotskista francés Pierre Broué en su obra Los procesos de Moscú (1964), cuando se habla de las purgas estalinistas “pueden darse tantas explicaciones como individuos comprometidos en el engranaje”. Si bien factores como “la tortura –de una persona, de un familiar o de un compañero de célula–, la conclusión de un trato, la voluntad de prestar un último servicio al Partido, el agotamiento, la desesperación” tuvieron su incidencia histórica, “no pueden darnos de por sí una clave válida para todos los casos”. Para Broué, “queda un problema general”, a saber, “que estas «explicaciones» hayan podido ser los elementos de un sistema que necesitaba semejante holocausto para asegurar su propia supervivencia”. No era para menos, habida cuenta las circunstancias: “una economía paralizada por la planificación autoritaria, infectada a todos sus niveles por un burocratismo minucioso, que se traducía en un caos cuyas primeras víctimas eran la masa obrera y campesina”, donde “se construían edificios que permanecían vacíos, mientras las máquinas se enmohecían en otra parte”, donde “los distintos servicios del Plan [Quinquenal] no llegaban a ponerse de acuerdo y los responsables de su ejecución preparaban y trucaban las estadísticas para evitar que se les acusara de sabotaje”, donde “los trenes descarrilaban, las presas se hundían, las máquinas se estropeaban, los obreros trabajaban meses sin que se les pagara”, donde “no había mantequilla de calidad corriente, sólo las mantequillas de lujo a precios inasequibles”, donde “a las cooperativas de producción les faltaba todo”… “Bastaba con afirmar que una medida, completamente absurda, era ordenada por el gobierno”, comenta Broué, “para que dejara de ser sorprendente y que todo el mundo la aplicara sin rechistar”. Y concluye: “Detrás de las pretendidas «declaraciones» de los administradores e ingenieros «saboteadores» se disimula, en realidad, una declaración auténtica e importante: la de la burocracia dirigente que se esforzaba en el transcurso de los procesos, por el mismo contenido de las declaraciones que dictaba, en designar a unas cabezas de turco para encubrir sus propias faltas, pero que, de esta forma, reconocía al mismo tiempo su incapacidad y su omnipotencia a veces con los acentos de un temible candor”.

Tan glotón se había vuelto el régimen estalinista con sus purgas que, en una ironía de la historia, llegó a devorarse al mismísimo fiscal que encabezó la cruzada conspiranoica contra el «Partido Industrial». En efecto, varios años después del juicio a los economistas e ingenieros «complotados», Krylenko debió beber de su propio veneno. Fue arrestado y torturado por la NKVD, procesado y condenado por complot contrarrevolucionario, y ejecutado en medio de la Gran Purga. Sus humillantes «confesiones» y «rectificaciones» (por ej., haber «admitido» que saboteaba el socialismo soviético desde 1930, o haber «reconocido» que era enemigo de Lenin desde siempre, incluso desde antes de la Revolución Rusa) no le sirvieron de nada. Tampoco su celosa ortodoxia ni su servilismo con Stalin. Murió fusilado como traidor en la Communarka, el 29 de julio de 1938. La mendacidad e iniquidad que él como fiscal tantas veces había orquestado contra compatriotas inocentes, ahora las sufría en carne propia. Para su desgracia, la caprichosa diosa Fortuna dispuso que los roles se invirtieran (algo que, sin embargo, no dejaba de tener su cuota de justicia poética).

Así como Saturno –cuenta el mito grecolatino que inspiró a Goya– comía a sus propios hijos para eternizarse en el trono, el «padrecito» Stalin engullía a sus propios burócratas –incluso a los más inocentes u obsecuentes– para reproducir el régimen y perpetuarse en el poder, de acuerdo a fríos cálculos de Realpolitik. Esto es, en resumidas cuentas, lo que muestra el film de Serguéi Loznitsa sobre la purga y farsa judicial de 1930 contra el Prompartiya: el canibalismo insaciable de una dictadura totalitaria dominada por la lógica maquiavélica de «el fin justifica los medios».