El hechizo póstumo de Stalin. Acerca de «State Funeral»

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

El flautista de Hamelín, esa es la clave para descifrar el hipnótico film de Sergei Loznitsa. Pero no nos adelantemos. Empecemos por el principio: la muerte de su protagonista, Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Stalin.

Hacia 1950, la salud del septuagenario dictador de la Unión Soviética comenzó a desmejorar sensiblemente: fatiga crónica, trastornos de memoria, achaques varios. Su médico personal le diagnosticó hipertensión aguda y le prescribió un tratamiento a base de medicamentos e inyecciones, recomendándole, además, que abandonara o disminuyera su actividad laboral, algo que solo hizo a regañadientes y muy a medias.

Stalin, cuya paranoia de larga data –problema recurrente entre los dictadores– se había agudizado con la vejez, desconfiaba de todos los doctores que lo atendían. Temía que fueran agentes del imperialismo yanqui que conspiraban para envenenarlo y matarlo, o al menos para enfermarlo y dejarlo postrado, incapaz de seguir gobernando. Hacia fines de 1952, denunció que había un complot de galenos traidores a la patria y al socialismo –judíos sionistas en su mayoría, según su opinión– digitado por la CIA, mediante el cual se buscaba eliminarlo no solo a él, sino también a otros jerarcas del gobierno y del partido. La denuncia causó gran escándalo e histeria colectiva, y derivó en feroces purgas antisemitas, que incluyeron numerosos arrestos y brutales torturas.

Lo cierto es que la salud del líder soviético se deterioraba rápidamente. El Politburó, con manifiesto espanto y oculto regodeo a la vez, se vio en la necesidad de pensar en algo que, pocos años atrás, en medio de la euforia triunfalista que trajo el fin de la Segunda Guerra Mundial, resultaba impensable: la muerte de Stalin, el día después al largo gobierno totalitario (más de dos décadas) del «Padrecito de los Pueblos». ¿Qué sería de la URSS cuando el zar rojo dejara de existir? ¿Cómo seguir adelante cuando el estadista y déspota de acero que había industrializado el país a marchas forzadas, colectivizado su agro por medio de koljoses y sovjoses, derrotado a los invasores nazis en la Gran Guerra Patriótica de 1941-45 (toda una epopeya nacional) y convertido a la Madre Rusia en una superpotencia mundial, expirara su último aliento? Había, pues, que planificar la sucesión de Stalin y su funeral de Estado.

Cuando el caudillo soviético falleció de un infarto –¿o asesinado por su propio séquito?– el jueves 5 de marzo de 1953, tras varias jornadas de agonía, ya estaba todo arreglado. Sin demoras (la acefalía producía pánico en el contexto de la Guerra Fría), el régimen bolchevique proclamó como nuevo presidente del Consejo de Ministros a Gueorgui Malenkov; y como secretario general del PC, a Nikita Jrushchov. Además, se decretó duelo nacional por cuatro días, hasta el domingo 8.

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El funeral de Estado en honor a Stalin fue algo faraónico, todo un acontecimiento histórico en sí mismo. Una ceremonia de una envergadura, solemnidad, pompa, dramatismo y masividad realmente alucinantes, de difícil parangón en el siglo XX. Un espectáculo digno de una monarquía absoluta y teocrática del Antiguo Régimen, como aquel imperio zarista de los Romanov que la propia Revolución Rusa había derrocado en 1917. Pero también digno de una superpotencia en su apogeo, que se sentía capaz de rivalizar con el mismísimo Tío Sam por la hegemonía del orbe en todos los ámbitos, desde el tablero geopolítico y la producción industrial, hasta los avances científico-tecnológicos, la carrera armamentista y nuclear, los Juegos Olímpicos, la medicina, el ajedrez, las artes y luego también la carrera espacial.

¿De qué hablamos exactamente cuando hablamos del funeral de Estado en loor a Stalin? Actos conmemorativos por doquier, en cada ciudad y en cada pueblito de la URSS, desde el Báltico hasta el Pacífico, y desde la tundra del Ártico hasta el mar Negro y las estepas del Asia central. Innumerables fábricas y granjas colectivas paralizadas por el luto, donde solo las sirenas y su estridente homenaje rompían el silencio. Cataratas de discursos empalagosos de gratitud, semblanzas lacrimógenas y loas enfervorizadas al estadista difunto. Multitudes con rostros graves o compungidos, donde no faltaban los llantos y las lágrimas. Interminables filas para participar del velatorio en el Salón de las Columnas de la Casa de los Sindicatos de Moscú, por apenas un instante. Grandes desfiles militares y estruendosas salvas de artillería, a cargo del Ejército Rojo y la Armada Soviética. Delegaciones de todo el país y del extranjero arribando en aviones y trenes a la metrópoli moscovita, corazón del gigante eurasiático. Coronas de flores rojas que se multiplicaban al infinito, como en una cornucopia. Laudatorios obituarios en los periódicos y maratónicas emisiones de radio. Y un final a toda orquesta: el traslado en procesión del cuerpo embalsamado de Stalin a la Plaza Roja, frente al Kremlin, para ser inhumado en el Mausoleo de Lenin. El cadáver iba primorosamente ataviado en uniforme de gala y envuelto en seda colorada, dentro de un féretro íntegramente revestido con tela escarlata, que dejaba ver su rostro a través de una campana de cristal. La palidez facial, acentuada ex professo por el maquillaje blanco, creaba un contraste sobrecogedor con el rojo vivo del ataúd.

El culto a la personalidad, uno de los rasgos más característicos del estalinismo, tuvo así, en las honras fúnebres a Iósif Stalin, su culminación histórica y lógica, en los dos sentidos de la palabra: culminación como momento final y culminación como momento de máximo esplendor. Era como si se hubiera muerto un faraón, o casi. Se había ritualizado –es decir, escenificado y sacralizado– la muerte de alguien no demasiado diferente a un rey-dios o un vicario sobrehumano del cielo, a la vieja usanza religiosa. La ceremonia era majestuosa y hierática, como una apoteosis de la Antigüedad clásica.

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Sirva este dato anecdótico de ejemplo: en los exteriores de una fábrica metalúrgica, obreros de luto elevaron un retrato enorme del soberano fenecido con ayuda de una grúa colosal; y cuando el cuadro estuvo suspendido a gran altura, lo movieron por los aires un largo trecho, en algo que se asemejaba a un vuelo apoteótico, como el de aquellas águilas de antaño que –según la tradición grecolatina– llevaban las almas deificadas de los reyes helenísticos y los emperadores romanos al descanso eterno de ultratumba. Dos films sobre los cuales hablaremos a continuación registraron esta sugerente ceremonia fabril, aunque no está claro si se trataba de una situación real, espontánea, o de una poetización cinematográfica ulterior al funeral.

El Politburó, consciente del potencial que posee el arte como instrumento de propaganda, les encargó a varios cineastas laureados del régimen soviético –con Sergei Gerasimov e Ilya Kopalin a la cabeza– que realizaran un grandioso largometraje sobre las exequias de Stalin, una elegía-panegírico para la posteridad. Cerca de 200 camarógrafos efectuaron filmaciones en toda la Unión Soviética (desde el corazón eslavo de la Europa del este hasta los confines asiáticos del Cáucaso, la Siberia y el Turquestán), así como en diversas capitales o naciones del exterior: Berlín, Varsovia, Bucarest, Budapest, París, China, Corea del Norte, Camboya, etc. Muchas de las escenas registradas eran auténticas, pero otras fueron artificialmente compuestas con posterioridad al sepelio, por pedido de los directores. De cualquier modo, las escenas reales no necesariamente deben ser consideradas espontáneas, puesto que el terrorismo de estado y el adoctrinamiento de masas eran intensos, amén de que el régimen organizó y dirigió toda la ceremonia fúnebre sabiendo de antemano –así lo había decidido– que la misma sería filmada con fines propagandísticos.

Pero la película, intitulada Velikoye Proshchaniye (La gran despedida), nunca llegó a estrenarse. Muerto Stalin, pronto comenzó el proceso de desestalinización. El culto a la personalidad fue sometido a críticas crecientes y finalmente repudiado por la nomenklatura. El film cayó en desgracia. Fue censurado tras su avant-première. Acabó archivado como documento prohibido, como secreto de estado. La gran despedida recién sería desclasificada a fines de la década del 80, con la Perestroika de Gorbachov. Pero ya nadie se acordaba de la película.

Hubo que esperar a la segunda década del siglo XXI, prácticamente 30 años, para que el inquieto director de cine bielorruso-ucraniano Sergei Loznitsa la rescatara del olvido, como ingrediente primordial de State Funeral (2019), su formidable documental sobre las exequias de Stalin. Ratón de filmotecas, prodigio del cine documental, autor de varios largometrajes magníficos sobre la historia soviética y la Europa contemporánea (Bloqueo, 2005; Maidan, 2014; El evento, 2015; Austerlitz, 2016; El juicio, 2018; etc.), Loznitsa halló el material furtivo dentro del Archivo Estatal de Cine y Fotografía de Rusia en Krasnogorsk, un suburbio de Moscú. Encontró 300 rollos de 35 milímetros, tanto en color como en blanco y negro. Aproximadamente, unas 40 horas de metraje. El material color correspondía al corte final de Velikoye Proshchaniye. Los rollos en blanco y negro incluían muchas imágenes que habían quedado descartadas en la edición original. Depurando y mezclando ambos found footages a través del montaje, restaurándolos con tecnología digital de última generación y musicalizándolos con piezas sinfónicas que fueron interpretadas en el propio sepelio de Stalin (el Réquiem de Mozart, la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, las marchas fúnebres de Mendelssohn y Chopin, las Escenas infantiles de Schumann, etc.), Loznitsa dio forma a su aclamado film State Funeral. Hoy está disponible en la plataforma MUBI, junto con la mayoría de sus obras.

State Funeral no tiene ningún relato en off y prescinde totalmente de testimonios, tanto de testigos como de especialistas. Loznitsa prefiere que las imágenes hablen por sí solas, sin guionarlas ni analizarlas. No hay contextualización ni juicios explícitos de valor. Loznitsa pretende que nos sumerjamos en aquella época y sociedad dejando en suspenso –transitoriamente– la conciencia crítica. Quiere que, como espectadores, nos dejemos llevar, vale decir, que hagamos el ejercicio de meternos, perdernos, confundirnos en la multitud fanatizada y magnetizada que adoró post mortem a su líder carismático. El hechizo de empatía, complicidad e indulgencia se rompe recién al final, súbitamente, con una sobria placa que condensa en cifras los crímenes de Stalin: purgas, genocidios, hambrunas y otras violaciones masivas a los derechos humanos.

En una entrevista con el cineasta italiano Pietro Marcello, Loznitsa trazó un paralelismo entre el culto a la personalidad de Stalin y la leyenda alemana del flautista de Hamelín, aquel eficiente exterminador de ratas que –según el relato oral recopilado por los hermanos Grimm en el siglo XIX– se valía de la hipnosis musical para hacer su trabajo, y también para vengarse de clientes que no pagaban los servicios. La metáfora sobre el fenómeno de masas estalinista parece acertada: en su funeral de estado, un Stalin fantasmagórico tocó por última vez al pueblo soviético –y mejor que nunca– esa flauta mágica con la que había logrado legitimar su dictadura totalitaria desde los albores de la década del 30.

La infantilización paternalista que Loznitsa busca mostrar en su largometraje tiene su broche de oro en la melosa, cursi y obsecuente Canción de cuna, una vieja balada estalinista de M. Blanter (música) y M. Isakovsky (letra) interpretada por el tenor romántico Sergei Lemeshev con el acompañamiento de una orquesta, allá por 1951, no mucho antes de que muera Stalin. El pueblo ruso, que otrora supo protagonizar con madurez la revolución socialista más importante de la historia, es arrullado con una nana monótonamente imperativa –y por momentos casi intimidatoria– que lo reduce sin sutilezas a la pasividad y el servilismo: “Duerme bien mi gorrión, duerme bien mi bebé”, “Cállate, mi querido cascabel”, “De la pena y de la tortura se te perdonará” (!), “Duerme bien, mi pequeño, sin preocupaciones y feliz”, “Serás alimentado, serás guiado por la mano todopoderosa de Stalin” (sic).

Bajo el estalinismo, la noción de ciudadanía se volvió un flatus vocis, retórica hueca. Solo quedaban súbditos sumisos de un autócrata rojo, un rebaño de ovejitas tuteladas por un tirano sanguinario con ínfulas de buen pastor. De lo contrario, la desmesura del culto a la personalidad –absurdo grotesco y tóxico como pocos– no hubiera sido posible. Esta es, en resumidas cuentas, la moraleja implícita que nos deja Loznitsa en su film State Funeral, joya del cine histórico documental.

En Stalin: una biografía política, publicada en 1949 (cuando el personaje biografiado ya era un anciano achacoso, pero que todavía seguía vivo y al frente del gobierno soviético), Isaac Deutscher señaló: “Lo que parece definitivamente establecido es que Stalin pertenece a la estirpe de los grandes déspotas revolucionarios, la misma a que pertenecieron Cromwell, Robespierre y Napoleón”, entre otros. “Stalin es grande, si su estatura se mide por la magnitud de sus empresas, el alcance de sus acciones y la vastedad del escenario que ha dominado”; y también “es revolucionario, no en el sentido de que haya permanecido fiel a todas las ideas originales de la revolución, sino porque ha puesto en práctica un principio fundamentalmente nuevo de organización social”. Eso sí: “su inhumano despotismo […] ha viciado una gran parte de sus logros”. El historiador trotskista polaco encara entonces una comparativa Stalin-Hitler, puntualizando concordancias y discordancias. Luego de constatar ciertas similitudes en materia de liderazgo carismático-autoritario y culto a la personalidad, Deutscher matiza con perspicacia: “Existe, sin embargo, una diferencia entre las versiones nazi y estalinista del Führerprinzip” o principio del caudillo. “Hitler fue adorado por sus seguidores como un semidiós, sin ninguna inhibición, porque la adoración del héroe se avenía perfectamente bien con una mística racista”. Por el contrario, “el culto a Stalin […] nunca pudo hacerse encajar bien con el realismo del marxismo-leninismo”. Porque “Stalin no ha sido adorado como el héroe mítico, sino como el guardián de la doctrina, el custodio de la revolución, el símbolo de la autoridad”. Dicho de otro modo, “la inhibición marxista lo ha obligado a revestir su autoridad personal con la autoridad colectiva del Politburó o del Comité Central”. Es una matización correcta, aunque no deberíamos perder de vista que, cuatro años después, la fastuosidad del funeral de Stalin revelaría dramáticamente que la diferencia no era quizás tan pronunciada como creía Deutscher a fines de la década del 40.

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Una observación final: en varios reportajes, el documentalista nacido en Bielorrusia y criado en Ucrania ha dado a entender que el peligro estalinista ha resurgido con Putin, y que State Funeral constituye una señal de alarma que mira hacia el futuro no menos de lo que mira hacia el pasado. Más allá de algunas similitudes obvias como el autoritarismo, el personalismo, el nacionalismo y el imperialismo, la equiparación resulta un tanto forzada, pues también existen diferencias sustanciales, tanto en contenido como en contexto. Entrado el siglo XXI, la Federación Rusa –igual que la República Popular China– es una potencia capitalista, no una superpotencia socialista como lo era la URSS. La Guerra Fría terminó hace treinta años. La presente crisis de Ucrania no puede ser pensada mecánicamente con la vieja lógica geopolítica de la Cortina de Hierro. Y si bien el fuerte liderazgo carismático del actual presidente de Rusia no se caracteriza precisamente por la gestión impersonal y el respeto hacia las libertades democráticas, está muy lejos del terror totalitario y el culto a la personalidad del estalinismo (hay que tener mucho cuidado con el sofisma de pendiente resbaladiza y la reductio ad Stalinum).

Afortunadamente, Loznitsa no dio el paso en falso de incluir o explicitar su analogía Stalin-Putin en el largometraje. Es una ocurrencia muy atrevida y provocativa, sin dudas. Pero algo apresurada, simplista y anacrónica, casi demagógica. Porque Rusia no es lo mismo que Corea del Norte, ni Vladimir Putin equivale a Kim Jong-un. Mirar el pasado con los pies en el presente no tiene nada de malo, siempre y cuando no se pierda la cabeza. No es correcto ni necesario agitar el espectro del estalinismo para criticar por izquierda la política interior y exterior de Putin. Si se agita ese espectro, se incurre en la misma exageración –y demonización– que explotan hasta el hartazgo, por derecha, los Estados Unidos y sus socios menores de la OTAN, para llevar agua a su molino. Un molino de intereses económicos y geopolíticos que poco y nada tiene que ver con los escrúpulos democráticos y progresistas de Loznitsa.

Celebremos, entonces, que State Funeral evite todo analogismo precipitado y superficial. Agradezcamos que no haya derrapado en el red-baiting de la paranoia macartista. State Funeral es una obra de arte, no un panfleto, aunque Loznitsa no siempre haya estado a la altura en sus declaraciones e interpretaciones posteriores al estreno. No deberíamos sorprendernos demasiado: suele pasar que la criatura supere al creador.