Sentipensares pandémicos

Por Mónica Díaz Serrano

Cuando iba en cuarto de primaria, la maestra Yolanda nos dejó de tarea seleccionar una canción, escribirla y explicar por qué nos gustaba, me lo tomé muy en serio y pasé varias horas buscando algo especial, quería compartir las frases que me hacían reflexionar. Recuerdo que mis compañeras escogieron canciones de Luis Miguel, Timbiriche, Flans y Hombres G… mientras exponían, tenía miedo y nervios porque siempre me sentí diferente a ellas y creí que no les gustaría mi elección: Todo cambia interpretada por Guadalupe Pineda. La primera vez que la oí, me senté en el suelo junto a una maceta y observé detalladamente la planta que había en ella mientras lo que escuchaba cobraba sentido:

“Cambia lo superficial

Cambia también lo profundo

Cambia el modo de pensar

Cambia todo en este mundo”*

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Durante la pandemia por COVID-19, me acordé de esta canción mientras llenaba mi casa de plantas y “me cayó el veinte” de que lo que fue ya no es y nunca volverá a ser igual, tanto en mi vida personal como en el mundo.

Al principio del confinamiento, mis malas decisiones me provocaron incertidumbre, angustia, desesperación y miedo. Vi la película Contagio y la serie The Rain, e inmediatamente la paranoia aunada a los mensajes alarmistas del gobierno y medios de comunicación, las publicaciones en redes sociales y mi alergia, me convencieron por un momento de que tenía el SARS-COV2.

Poco a poco mi casa, el refugio íntimo, privado y seguro que tantas veces me protegió de la violencia, el acoso, el machismo y ahora del contagio, se transformó en oficina, escuela, gimnasio y múltiples espacios recreativos virtuales, con un solo clic o tap podía estar en varios lugares o en ninguno… y vino a mi mente la frase “lo personal es político.”

La resiliencia me ayudó a reconfigurar todo mi mundo para adaptarme a esta nueva realidad, en el proceso, no sentí que perdiera el control de mi vida, al contrario, lo recuperé, abracé la soledad, que no estaba llena de ausencia sino llena de mí y del amor incondicional de Olympia y Aspasia, mis amadas perras, mi familia.

Me di cuenta que estaba inmersa en rutinas, horarios y trayectos desgastantes, urgencias absurdas, obligaciones opcionales, compromisos que no deseaba, relaciones tóxicas y agotadoras, que terminaron cuando inició la cuarentena; y entonces empecé a vivir de otra manera, a observar, respirar, sentir y reconocerme, establecí nuevas conexiones con mi vida y la vida a mi alrededor. Me dediqué a escuchar mis sentimientos, mi rabia y anhelos, a habitar mi cuerpa desde el amor y la aceptación, a vivir en el presente y entender el lenguaje de mis perras y plantas. Sentí que estaba más cerca de todo pero también más lejos, muchas cosas y personas dejaron de atormentarme e importarme, mis prioridades cambiaron. Aprendí a estar consciente y disfrutar lo que hace latir mi corazón, volví a hacer cosas que antes aplazaba porque no tenía tiempo, como leer, escribir, estudiar, tejer y sembrar plantas; y cosas a las que les tenía miedo porque creía que no era lo suficientemente buena, como dibujar, cocinar, bailar danza contemporánea y dar conferencias.

Cuestiones feministas me hicieron coincidir con Andrea en España, Mayrin en Argentina y Violeta en Francia; gracias al Internet nuestras distancias se acortaron y esas “extrañas” con las que ahora coexisto de manera virtual, ocupan un lugar importante en mi vida, porque juntas creamos un espacio seguro en el que desde la sororidad compartimos nuestros poderes vitales para dirigir y encausar nuestros proyectos y vidas.

Los conocimientos, teorías, canciones, acciones, diseños, expresiones artísticas y sentipensares de Gerda Lerner, Kate Millett, Audre Lorde, Nina Simone, Yuderkys Espinosa, Ochy Curiel, Aph Ko, Mónica Mayer, Griselda Pollock, Yos Piña Narváez, Margaret Atwood, Joyce Jandette, Eileen Gray, Marcela Lagarde, Ángela Davis, Nadya Tolokonnikova y las Pussy Riot, Judith Butler, Fiona Apple, Rita Segato, Björk, LasTesis, Victoria Santa Cruz, Donna Haraway, María Lugones, Elsa von Freytag-Loringhoven, Sinead O’Connor y el movimiento Riot Grrl, me acompañaron y guiaron por caminos en los que se cruzaron nuestras rebeldías, luchas, opresiones, privilegios, rabia, colonizaciones y devenires. Caminos morados y feministas que a pesar de sus diferencias, entretejen y crean redes sororas para desestabilizar al patriarcado.

Aislada en mi espacio seguro y gracias a ese pluriverso de historias de resistencia, reconocí y entendí las violencias que he vivido sin culparme; revivir el dolor, la tristeza y el coraje de mis y sus experiencias, me ayudó a sanar heridas, y aunque el miedo no ha desaparecido, sí ha disminuido. Ahora soy más fuerte y me siento más segura y poderosa porque creo en mí, sé que no estoy sola y que mi corazón, junto con el de ellas, late al mismo ritmo. Me abrazan, me entienden, me apoyan, y yo a ellas.

En este viaje pandémico logré entrar en un territorio de introspección de sentipensares y anhelos, y entonces cada que escucho sobre volver a la nueva normalidad”, una sensación de malestar y repulsión me estremece, porque la palabra VOLVER me hace pensar en lo viejo, en eso que llaman “normal” y que hoy me resulta tan lejano e inservible, también me recuerda otra de las canciones que dejaron huella en mi infancia, porque no quiero ser:

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“Un testaferro del traidor de los aplausos

Un servidor de pasado en copa nueva

Un eternizador de dioses del ocaso

Júbilo hervido con trapo y lentejuela.”

No quiero vivir en el pasado, no quiero fingir para encajar en un lugar del que nunca me he sentido parte, no quiero convivir con hombres machistas y misóginos ni aguantarme al escuchar sus “bromas” homofóbicas y justificaciones absurdas; no quiero regresar al sistema opresor, violento e injusto que divide, silencia, encubre, condiciona y castiga; no quiero vivir fragmentada, porque entendí que es más importante poner la vida en el centro y que las conexiones sostienen esa vida.

La pandemia por COVID-19, —además de recordarnos nuestra vulnerabilidad, fragilidad y temporalidad—, puso en escena problemas sociales y ambientales que nadie quería ver ni solucionar, como la violencia de género, las desigualdades de las mujeres, el racismo, clasismo, sexismo, los incendios forestales y ecocidios. También mostró la ineficiencia y el cinismo de quienes gobiernan y la falta de políticas públicas y sanitarias. La pandemia y sus consecuencias, hicieron una grieta y se abrió un espacio que nos da la oportunidad de aprender y resignificar nuestros miedos; de deconstruir los modelos patriarcales colonialistas sobre cómo vivir, para construir en comunidad otras formas de vivir, sentir, pensar, interactuar, habitar y enfrentar las nuevas y complejas realidades que nos atraviesan.

Veo crecer mis plantas, me veo creSER, todo cobra sentido:

“Lo que cambió ayer

Tendrá que cambiar mañana

Así como cambio yo

En esta tierra lejana.”*

* Estrofas de la canción Todo Cambia, escrita por Julio Numhauser.

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