«Cry Macho»: gracias, Clint

Por Mariano Dubin

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Eastwood es de mis directores preferidos. Frente a cualquier impugnación por su conservadurismo, su republicanismo o acaso su anacronismo, solo recordemos: «Río Místico» -el crossover con Carpenter me sigue fascinando-, «Cartas desde Iwo Jima» y «La conquista del honor». En todas logra, como pocos directores, con implacable violencia, nombrar el crimen originario del capitalismo norteamericano.

Pero Eastwoood no es solo su genialidad. Hay algo espiritual y anímico de Eastwood. Diría: un criollo con quien me gustaría tomar un par de mates y hablar de domas y aperos. De ensillar, de bueyes perdidos, de armar un fogoncito en pampa y la vía antes de seguir camino. Hay un tranco de su caballo que me emociona. Y eso va más allá de lo que uno pueda identificar como un «logro estético». Hay algo del cuero de Eastwood que lo siento cercano.

Antes solía repetir: «Hay más verdad de mundo en el bruxismo de Eastwood que en toda la corrección artística del progresismo».

Sí, me cae bien Eastwood.

Por eso, y porque el arte -contra todo fetichismo de la ficción como artificio cerrado y a favor del modo en que miraban nuestras abuelas las telenovelas- confundo los personajes con el actor, el escritor con el narrador, la literatura con la vida, por esto también, ojalá esta sea la última película de Eastwood.

Acá, con sus 91 o 92 años, Clint Eastwood debería cerrar su ciclo narrativo. No porque «Cry Macho» fuera una gran película. Pero me gusta este cierre: detrás de la frontera -que es también el «detrás de la vida»- donde se puede seguir cabalgando.

Gracias, Clint.

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