Realidad distorsionada: mercancía por sobre todo

Por Mariana Bollati
Arquitecta

Hay una dama que está segura de que todo lo que brilla es oro, dice la primera frase de «Stairway to Heaven», de Led Zeppelin. Todxs hemos sido esa dama. Hace 50 años que se escribió la canción, pero la frase popular «no todo lo que brilla es oro» es mucho más antigua y al parecer creada para las infancias con el objetivo de comunicar y advertir que no se deben quedar en lo superficial de las cosas. Spoiler Alert para los peques: ¡¡estén muy despiertos porque serán grandes y seguirán cayendo en la trampa!!

Este viejo refrán se aplica a todo: personas, objetos, lugares. ¿Pero qué pasa cuando los objetos brillan tanto que hacen perder el brillo del sujeto y los procesos por los que fue posible llevarlo a cabo? Cuanto, sin tener nunca el total de la información, elegimos, consumimos, decidimos, juzgamos solo por lo superficial.

Vivimos constantemente en el «Black Mirror», atravesados por lo que nos muestra y dice una pantalla sin filtro. Ya sea mirando con los limitados ojos que tenemos o mediante pantallas. Recuerdo un capítulo puntual de esta serie, que se llama «Caída en picada», temporada 3, episodio 1. Mas allá de su mensaje, me fascinó la idea de tener la posibilidad de usar implantes oculares que permitan ver información de los demás o de los objetos que a simple vista no nos sería posible, y en base a eso poder tener una opinión y decisión informada. ¿Cuántas marcas sobrevaluadas perderían popularidad por la incoherencia en sus procesos productivos? ¿Cuántas cosas dejaríamos de admirar y/o consumir al saber lo que implicó hacerlas?

Imagine en estos tiempos esos implantes oculares que nos permitieran ver los detrás de escena. ¿Cómo veríamos al mundo vulnerable en su total y real desnudez? ¿Nos asustaría?

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La Arquitectura es un ejemplo de esto. A pesar de que sabemos que es un proceso social y colectivo, solo vemos lo que nos entra por los ojos. Sabemos que para que una obra exista, necesitamos de albañiles/as, profesionales, técnicas/os, dibujantes, distribuidores, proveedores, materia prima, transporte. Sin embargo, cuando vemos una obra terminada, nos olvidamos de esto, no nos preguntamos cómo fueron las condiciones de trabajo de los empleados, o qué implicó para el medioambiente el uso de ciertos materiales. Solo vemos un objeto aislado. Valoramos el proyecto de diseño, las estrategias sostenibles, la calidad de los materiales, la tecnología, aunque esa no es la información completa de esa obra.

Y eso desencadena una seria de percepciones que distorsionan toda la realidad en la que vivimos. Y, por ende, vivimos creyendo que las cosas tienen menos valor del que tienen, valorando cosas que no tienen valor y normalizando conductas abusivas y poco sostenibles. Y así vamos. Una nota interesante de ArchDaily habla sobre cómo ponemos el Objeto por encima del/los Sujetos y los procesos. Su planteo habla de la Arquitectura como objeto para satisfacer el mercado, regido por un capitalismo de acumulación, resaltando solo la figura de uno o dos sujetos como creadores de una obra sin tener en cuenta la realidad que esconde y anula cada proceso de obra y todos los actores involucrados.

Es para tomarse el tiempo de pensarlo mucho. Si bien algunas cosas no sabemos bien cómo surgieron porque no resulta fácil acceder a esa información, ¿cómo actuamos cuando sí somos conocedores de cómo sucedieron los hechos para llevar algo a cabo y no es condescendiente con nuestras convicciones y principios?

Recientemente, en un libro que estoy leyendo, que se llama «Humanidad», de Rutger Bregman (autor joven considerado un pensador moderno), dice:

Imagina por un momento que una nueva droga llega al mercado. Es super adictiva. Y en poco tiempo todos están enganchados. Los científicos investigan y pronto concluyen que la droga genera, cita textual, una percepción errónea del riesgo, ansiedad, bajos niveles de ánimo, desamparo, desprecio y hostilidad hacia los demás (y) desensibilización emocional. ¿Usaríamos esta droga? ¿Nuestro hijes tendrían permitido probarla? ¿Los gobiernos la legalizarían?

A todo lo de arriba: ¡SI! Porque de lo que estoy hablando es de una de las más grandes adicciones de nuestros tiempos. Una droga que usamos diariamente, que está muy subvencionada y se distribuye a nuestros hijes en una escala masiva. Esa droga son las noticias. Las noticias según decenas de estudios son un peligro para la salud mental.

A pesar de que no consumo noticieros de TV, me mantengo informada y me replanteo qué tan influenciada estoy por las noticias. Cómo actúo en base a muy poca información y voy definiendo mi vida. Además del miedo y la ansiedad, ¿cuánto oro falso nos venden? ¡Si tuviese que resumirlo con un sticker de WhatsApp, podría ser ese de «IMPAKTADA!».

Todo afuera está distorsionado. La subjetividad jugando un papel estelar en la pantalla. El ejemplo más actual y escalofriante es el de la Copa Mundial de Fútbol 2022 en Qatar. Leí el titular de una nota en una página deportiva que dice: Los qataríes, a fuerza de sus petrodólares, construyeron monumentales e impactantes estadios para la realización del Mundial que se llevará a cabo en su país dentro de un año.

Mientras que otro titular actual, de una nota de Amnistía Internacional, dice: Qatar la copa mundial de la vergüenza. El mundo estará atónito mirando cómo brillara el estadio y excitado con el show del juego, pero realmente leer sobre el tema es como leer un cuento de Allan Poe, no solo por lo irreal, sino por lo espeluznante: explotación, esclavitud, abuso de poder, muertes de trabajadores a todas voces, sumado a las sumas obscenas de dinero, son algunas de las consecuencias que harán posible una copa mundial de fútbol. 

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Todo esto parece terrible, ¿no? Pensar que lo mismo pasa con una hamburguesa de carne supertentadora, entra por los ojos y nos cuenta la historia que nos conviene creer, pero la realidad detrás de ese proceso es muy distinta a lo que ves o saboreas.

Entonces me voy a quedar pensando: ¿cuál sería la diferencia entre comer una hamburguesa de carne o mirar el mundial de fútbol Qatar 2020? ¿Qué tan cómplices somos al consumir lo que sabemos que ha implicado e implica? Acaso, ¿el fin justifica los medios?