Breve charla con un delivery

Por Mariano Dubin

Me cuenta que acaba de dejar un pedido en el country de Grand Bell. Se prende un pucho y se ríe:

―Me atendió una Milipili: re asquerosa.

―¿Milipili? ―le pregunto desorientado.

―Una cheta. Una cajetilla como seguro decís vos ―y se ríe otra vez.

―Ah, claro.

―Igual en el country son todos asquerosos. Es la clase social. Pero los hijos son peores. Ni te miran. Tal vez ahora en verano, sí, porque voy en remera y las pibas me re relojean. Porque cuando puedo siempre levanto fierros, mirá esto si no ―y me muestra los músculos de su brazo derecho―. Pero ni loco se acuestan con un negro. Es otra raza eso. Pero me re relojean las pibas.

Jonathan tiene 18 años pero está curtido a todo terreno: accidentes con la moto; escapes maradoneanos de ladrones, policías o de otros espectros grises de las noches; espalda dolorida de tantas horas manejando; con los sentidos siempre electrizados para cruzar en rojo o ir en contramano para no perder minutos con el pedido.

―Poniendo todo el alma siempre ―me afirma mientras da otra pitada al cigarrillo― hasta las 12, que ahí ya corto. Pero a las seis y media ya estoy arriba, eh. Tomo dos mates y voy para la escuela. Tardo media hora en llegar. Voy siempre aunque me duela el lomo mal.

Jonathan, a la mañana, va a la escuela. Cuando vuelve a su casa, almuerza, descansa un poco y sale, otra vez, a la calle para trabajar como delivery en un negocio de sushi de City Bell.

Me dice que su idea es pasar a Rappi o Pedidos Ya porque en las aplicaciones puede cobrar otra guita. Ahora cobra 7.000 pesos por semana y no se queja. Porque come y trabaja. Pero él quiere progresar.

―Además en la aplicación hay niveles. Si trabajás bien, 7 u 8 ocho horas diarias, levantaś un billete. Obvio que son 7 u 8 ocho horas que no te bajás de la moto.

Me relata cómo se sube o se baja en el nivel de la aplicación.

―Si te va bien, te dan pedidos cerca, si no, te mandan a cualquier lado. Viajes largos y poca guita.

Mientras me detalla cada una de las reglas, recuerdo, al pasar, los Golden Roll y los Silver Roll que segmentaban el trabajo semiesclavo en la construcción del canal de Panamá. Me pierdo en mis pensamientos y vuelvo a escuchar:

―Lo importante en el country es saber seguir el chamuyo. Si ya le llevaste algo y te contó de alguna boludez, vos le preguntás sobre eso. Así, hay uno que cuando voy me da 400 o 500 pesos de propina. Porque ya le caigo simpático, ¿entendés?

―Claro.

―Yo igual el country lo quemaría todo. Me dan asco esos parásitos. Están todos ahí. Está el intendente y está el peronista. Fijate que el terreno, solo el terreno, no vale menos de 500 lucas verdes.

―Lo que no vamos a ganar trabajando en toda nuestra vida.

―Ni loco. Por eso a mí me gusta Milei. Hay que acabar con estos parásitos ―dice con fastidio.

―…

―Igual tengo esperanzas, eh. Yo siempre tiro currículum en las estaciones de servicio. Ser playero, eso es un trabajo. No quiero quedarme con esto.