Arriba

Por Claudia Pussetto
Ilustración: Lorena Pussetto

Carla cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir me mira como si yo no fuera la rara del curso y me agarra la mano. Vamos, dice. Subimos por la escalera metálica que lleva al techo. Nos alejamos del ruido y mis oídos zumban, no tanto por la música a todo volumen sino más bien por los nervios. Cuando llegamos quiero ir hasta el borde pero ella se frena. Ahora tiene los ojos enormes y oscuros. Como pozos. Los cierra y tiembla.

¿Qué le pasa? Si desde acá se ve la ciudad iluminada de un lado y el oscuro del campo del otro. Si todas las estrellas son para nosotras. Si este es el mejor lugar para animarnos.

Carla da unos pasos hacia atrás, se sienta y se encoge. Tengo vértigo, me dice.

Pero qué suerte tengo. ¿Hace cuánto tiempo que imagino esto, ensayando besos con naranjas y espejos? Hoy caímos en la misma fiesta, me da bola y hasta creo que le gusto. Encuentro un lugar como este y cuando parece que está todo bien, ella tiene vértigo.

Carla llora. Me siento al lado, encojo mis piernas y me abrazo las rodillas igual que ella. Estamos tan cerca. Bueno, loca, no es tan grave tener vértigo, le digo. Nunca sé muy bien qué hacer cuando alguien llora. Mi viejo dice que no está bueno mostrar debilidades. Mi vieja llora encerrada en el baño para que no la vean.

Carla se balancea como una nena, no parece que tuviera quince años. Bajemos, le digo y amago con levantarme. Me toca el brazo para que me quede. Miro adelante la silueta negra de un álamo que divide la base del cielo por la mitad. Más arriba millones de lágrimas que no caen. Espero, aunque no sé bien qué.

Es lindo acá arriba, dice ella. No le contesto. Perdoname, me dio miedo, dice después. Yo sigo sin mirarla, pero me encojo de hombros para que parezca que no me importa. Ella se acuesta y yo hago lo mismo. No me animo a tocarla.

¿Sabés?, dice bajito, cuando se murió mi hermano yo tenía diez años. Otra vez no sé qué hacer y miro estrellas. No sabía eso del hermano. Bueno, tampoco es que seamos mejores amigas en la escuela. No digo nada, a lo mejor ella cree que yo sé.

Una noche estaba tan triste que no podía respirar, dice y suspira antes de seguir. Me asomé al balcón del primer piso y me pasé para el lado de afuera de la baranda. Pensé que si me moría me iba con mi hermano. Miré para abajo y me dio tanto miedo que me quedé congelada. No sé cuánto tiempo pasó, pero para mí fue mucho, no podía volverme porque si me soltaba un poco me caería. Quise gritar y no pude. Hasta que mi papá me sacó de ahí y me abrazó fuerte. Mi mamá se volvió loca, pobre, gritaba y lloraba hasta que él la abrazó también. Y nunca más pude asomarme a un borde.

No sabía, bajemos, le digo y me concentro en una estrella más grande que las otras. No pasa nada, yo subí porque creí que con vos sería distinto. Se ríe. Creo que pensé que me abrazarías como mi papá y no tendría miedo. ¿Querés que te abrace? digo y cierro los ojos, porque ahora el miedo es mío. Soy tan tonta.

Estoy bien así. Me sube una corriente desde las manos hasta el pecho. ¿Y si la encaro y la beso? No, no da. Carla se sienta y me mira. Vos no tenés miedo a nada ¿no?, me dice y algo me endurece la panza. Sí que tengo miedo, pienso. Miedo a lo que hará mi papá cuando sepa que me gustan las chicas. Miedo a que nunca deje de ser la rara para los otros. Pero no le digo, las debilidades no las muestro.  Ella mira el álamo negro al frente. Se muerde la uña del pulgar y dice: si vos me ayudás, a lo mejor puedo asomarme un poquito.

Me paro. Dale, digo y la espero. Me agarra la mano y se me pasa el frio. Doy un paso. Carla se mira los pies y da su paso, después tiembla un poco y mira adelante.  Un paso más las dos juntas. Me mira, sonríe y sus ojos tienen luz ahora. Siento que la piel me quema. Más de lo que me había imaginado cuando estaba abajo.

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