La mancha

Por Claudia Pussetto
Ilustración: Lorena Pussetto

Las mañanas de invierno eran las peores. El frío traspasaba los mocasines de suela de cuero, entraba por debajo de la falda y apretaba la cabeza desde las orejas hacia el centro. Con otros alumnos a medio despertar nos cruzábamos por el patio, sujetando carpetas al costado o sobre el pecho, los hombros encogidos y las miradas en el piso. Yo abría la puerta del aula y me sentaba, saludando con un hola que terminaba tan abajo que nadie lo oía.

La estufa no calentaba y despedía un olor ácido que mejoraba apenas cuando a media mañana alguien tiraba sobre la rejilla unas cáscaras de mandarina. Al frente, el pizarrón verde y lustroso de tan gastado. Yo, atrapada entre bancos antiguos y duros, en los que cada dos por tres se me enganchaba el lazo del guardapolvo de tablas y cuello cerrado. La vincha me hacía doler detrás de las orejas. Algunos varones la apodaron la cincha y era uno más de los símbolos de la tortura.

Mi división nació partida en dos desde el primer año: los chetos y todos los otros: grasas, tragas y otras categorías que ya no recuerdo. Carina era del primer grupo, yo por supuesto del segundo.

Ella quería ser la mejor siempre y a mí no me costaba nada ser buena alumna. Una competencia importante para ella que yo nunca entendí y que me importaba un pito. Yo me sentía por encima de esa batalla y ni me molestó cuando ella salió abanderada.

Una de esas mañanas de invierno, ya en quinto año, el profe de Derecho llamó a Carina a lección. Ella pasó al frente como deslizándose y le miré los zapatos con suela de goma de esa marca que jamás comprarían en mi casa.  Un cuchicheo se fue esparciendo por el aula y entonces vi una mancha roja extendida en la parte de atrás de su guardapolvo.

Ella giró hacia el profesor. Él le hizo una pregunta. Algunas chicas se rieron. Los varones no sabían que hacer.

Me levanté y caminé hacia el frente sacándome el saco de lana azul. Mientras el profesor me miraba sorprendido, me paré detrás de ella, le rodeé la cintura con el saco y le dije al oído que me acompañara al baño. Ella se tocó la humedad y empalideció, salimos juntas del aula mientras alguien le explicaba al de Derecho.

Desde ahí fuimos amigas.

Ese es el final que siempre imaginé.

Pero la verdad es que yo me reí, igual que las otras. Carina se tocó, se tapó la boca y salió llorando del aula.

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