Una aproximación somera a la filosofía

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

¿Qué somos los seres humanos? Ante todo, seres bióticos, es decir, organismos biológicos, seres vivos. Eso significa que nacemos, nos desarrollamos y morimos; que respiramos y nos alimentamos; que interaccionamos con otros seres bióticos y que nos reproducimos. Pero existe una infinidad de otros seres vivos, aparte de los humanos. Nuestra especie, la especie homo sapiens, es apenas una entre dos millones de especies.

Los seres bióticos se agrupan en dos grandes reinos: vegetales y animales. Los animales se distinguen, entre otras cosas, por tener sensibilidad (sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto), una gran movilidad o locomoción (capacidad para desplazarse de un lugar a otro), y un alto nivel de actividad e interacción (mucha capacidad de respuesta a los estímulos del medio ambiente, y también fuerte tendencia a relacionarse con otros seres vivos). Claramente, los seres humanos somos animales. A diferencia de las plantas, somos muy sensitivos, móviles, activos e interactivos.

Pero a diferencia del resto de los animales, los hombres y las mujeres somos seres racionales, seres dotados de razón, de raciocinio. Eso quiere decir básicamente dos cosas: 1) que tenemos inteligencia y conciencia, o sea, capacidad de pensar y reflexionar; y 2) que tenemos voluntad, o sea, capacidad de decidir o elegir lo que hacemos.

Una de las principales características de la racionalidad es la abstracción. ¿Qué es la abstracción? La capacidad humana de quedarse pensando profundamente en algo que no está físicamente presente, que no podemos percibir con nuestros sentidos. Y no solo eso: es también la capacidad de analizar (la facultad de examinar los distintos aspectos de algo por separado), de hacer comparaciones o relaciones, y de producir conceptos o generar ideas.

Junto con esa característica de nuestra racionalidad, hay otra no menos importante: el pensamiento reflexivo y la conciencia. Podemos pensar en nosotros mismos, en lo que sentimos, en lo que deseamos y no deseamos, en lo que creemos y no creemos, en lo que soñamos, en lo que nos ocurre o nos ocurrió (o nos va a ocurrir): la alegría y la tristeza, el amor y el odio, las ganas de comer o de dormir, el trabajo, el sexo, los recuerdos de la infancia, las esperanzas y proyectos a futuro, la muerte… Tenemos la capacidad de pensar en todas estas cosas, o sea, la capacidad de pensar en nosotros mismos. Tenemos la habilidad de reflexionar, la facultad de reflexión. Y gracias a ella, sabemos que existimos, sabemos qué pensamos y sentimos, sabemos quiénes somos, y también sabemos que nos vamos a morir. Los otros animales no saben ninguna de esas cosas. Solo los humanos las sabemos. Por eso se dice que tenemos conciencia, que somos seres vivos conscientes. Y precisamente por eso, también, nuestra especie se llama homo sapiens. Homo sapiens significa en latín «hombre sapiente», o sea, «hombre que sabe».

Una tercera característica de nuestra racionalidad es la simbolización y el lenguaje articulado. Los seres humanos somos capaces de comunicarnos intensamente a través de signos complejos, de símbolos, combinándolos de forma muy sofisticada: oraciones, discursos, diálogos. No solo nos comunicamos a través de signos simples, como gestos y sonidos que indican apetencias corporales o estados de ánimo (al modo de muchos animales), sino también, y sobre todo, usando palabras y creando oraciones, asociando conceptos y construyendo ideas. En un comienzo, el lenguaje humano era puramente oral, hablado. Pero luego inventamos la escritura, que nos ha permitido pensar y comunicarnos con un altísimo nivel de complejidad. Los seres humanos somos, fundamentalmente, animales con capacidad lingüística y simbólica.

En esta enumeración de las características que definen nuestra racionalidad, no podemos dejar de mencionar la capacidad de inventiva tecnológica. Los seres humanos somos capaces no solo de usar herramientas, algo que muchas otras especies animales también hacen (los horneros usan barro y paja para construir su nido, los castores utilizan ramas para construir presas y diques, los orangutanes emplean palos para medir la profundidad del agua y saber si puede hacer pie, los chimpancés abren las nueces martillándolas con piedras, los delfines protegen sus trompas con esponjas de mar cuando buscan alimento en lecho oceánico, etc.), sino también de fabricarlas. Una cosa es, por ej., recoger piedras del suelo o arrancar ramas de un árbol, y otra muy diferente es transformar esos materiales en herramientas complejas: un arco de madera y flechas con punta de piedra afilada. Los humanos no son los únicos animales que usan herramientas, pero son los únicos capaces de fabricar herramientas, de producir tecnología.

La libertad es otra característica esencial de nuestra condición humana, de nuestra racionalidad. Los otros animales actúan por instinto. Ante cualquier estímulo, reaccionan de una forma automática, espontánea. Su respuesta es casi mecánica, totalmente impulsiva. Si ven alimento y sienten hambre, comen. Si descubren agua y sienten sed, beben. Si tienen sueño, duermen. Si perciben un peligro, huyen o pelean. Si ven una hembra o un macho y están en celo, desean copular. Casi todos los animales satisfacen sus necesidades de forma inmediata, sin pensar, sin decidir. El homo sapiens, en cambio, ante cada estímulo o deseo, tiene la capacidad de reflexionar y elegir lo que va a hacer. Si tiene hambre, pero sabe que hay poco alimento, evita saciarse y guarda algo para mañana. Si percibe una amenaza, antes de huir o pelear averigua bien si esa amenaza es real. Si no tiene nada de sed pero encuentra agua potable, utiliza su ingenio para buscar alguna manera de almacenar ese agua, previendo que en el futuro podría necesitarla. La racionalidad, la capacidad de discernir y tomar decisiones, es la base de nuestra libertad. Los seres humanos somos libres porque podemos pensar y elegir. A diferencia de los otros animales, tenemos inteligencia y voluntad.

Otra característica muy portante de los seres humanos, además de su racionalidad y todo lo que esta implica, es su sociabilidad, su tendencia natural a vivir en sociedad, en grupo. Somos animales gregarios, seres sociales. Necesitamos vivir en compañía de nuestros congéneres.

Existen animales de hábitos solitarios y animales de hábitos gregarios. Animales de hábitos solitarios son, por ej., los osos, los leopardos, las arañas, los topos, los colibríes, los halcones… No viven en manada. Únicamente se juntan para aparearse. Animales de hábitos gregarios son los que viven en comunidad: las hormigas, las abejas, los gorilas, las jirafas, los ciervos, las golondrinas, las pirañas, etc. Los seres humanos, igual que todos nuestros parientes simios (chimpancés, gorilas, orangutanes, etc.), somos fuertemente gregarios, sociales. Necesitamos vivir en grupo. Vivir en grupo para alimentarnos, para defendernos, para fabricar y usar objetos, para criar a nuestros hijos, para darnos contención afectiva, etc. La supervivencia de los seres humanos depende totalmente de la cooperación, de la ayuda mutua. Si no viviéramos en sociedad, no seríamos capaces de satisfacer nuestras necesidades ni de desarrollarnos como personas.

Pero las sociedades humanas no son todas iguales. Suelen ser bastante diferentes, tanto en el tiempo como en el espacio. El Egipto antiguo es muy distinto al Egipto moderno, y nuestro país poco tiene en común con Japón. Cada comunidad tiene sus costumbres, sus instituciones, sus tradiciones, sus creencias, sus normas, sus valores, sus gustos, su arte, su modo de subsistencia, su estilo de vida… En una palabra, cada sociedad tiene su cultura. Los seres humanos somos los únicos animales capaces de producir cultura.

El pensamiento filosófico

Todos los seres humanos pensamos. Todas las personas razonamos. Todos los hombres y mujeres usamos nuestro intelecto o inteligencia. Tenemos por naturaleza esa facultad, esa habilidad. Somos la única especie animal del planeta dotada de razón, de raciocinio. Tenemos esa capacidad, esa potencialidad, y la utilizamos la mayor parte del tiempo, en muchos momentos de la vida cotidiana: pensamos para cocinar, pensamos para viajar, pensamos para aprender o estudiar, pensamos para trabajar, pensamos para practicar deportes, pensamos para poder votar, pensamos para jugar a las cartas, pensamos para seducir a quien nos gusta, pensamos para cuidar nuestra salud, pensamos para disfrutar del sexo y otros placeres, pensamos para cuidar a nuestros hijos, etc. Gracias a que pensamos, sabemos elegir o tomar de decisiones. Gracias a que pensamos, sabemos cómo actuar y qué hacer. Sabemos cómo lograr ciertos fines u objetivos, y por qué queremos esos fines u objetivos. No por casualidad nuestra especie se llama homo sapiens (hombre sapiente, hombre que sabe). El ser humano es homo sapiens porque piensa. No es poca cosa…

Pero, ¿qué es exactamente la filosofía? ¿Qué significa la palabra «filosofía»? Coloquialmente, en el habla popular, «filosofía» quiere decir algo así como conjunto de ideas que determinan o inspiran nuestro estilo de vida, nuestro modo de vivir. Oímos, por ej., decir a Juan: “mi filosofía personal es disfrutar el presente sin preocuparme del futuro”. O escuchamos a María comentar: “mi filosofía de trabajo es no dejar para mañana lo que puedo hacer hoy”. O a personas discutir sobre si es mejor filosofía el optimismo o el pesimismo, el realismo o el idealismo, el pragmatismo o el moralismo, la fe religiosa o el escepticismo, el conformismo o la ambición, el hedonismo o la austeridad, la derecha o la izquierda, el conservadurismo o el progresismo… También se suele decir, por ej., que los equipos de Guardiola tienen una filosofía del fútbol distinta a la de los equipos de Mourinho (más vistosos los unos, más prácticos los otros). En sentido corriente, informal, vulgar, «filosofía» es –repetimos– un conjunto de ideas que determinan o inspiran nuestro estilo de vida, de trabajo, de juego, etc.

No es ese significado, obviamente, el que aquí nos interesa. El significado que aquí nos interesa es otro: la filosofía como disciplina, como rama de las humanidades (historia, derecho, sociología, antropología, literatura, arte, teología, etc.), como forma específica del saber intelectual. En este texto, vamos a tratar de conocer y comprender qué es exactamente la filosofía, en el sentido estricto de la palabra.

Primero lo primero: la filosofía es, básicamente, pensamiento. Filosofar es pensar. Los filósofos son pensadores, personas que piensan. ¿Pero no dijimos al principio que todos los seres humanos piensan, y que lo hacen casi todo el tiempo? Si es así, ¿qué diablos tendría entonces de especial la filosofía? ¿Qué distinguiría a un filósofo de un mecánico, una cocinera, un albañil, una maestra, un policía, una panadera, un chofer, una enfermera o un cura?

La respuesta no es tan complicada: un filósofo es, básicamente, un pensador full time, un pensador de tiempo completo, alguien que piensa mucho más que el resto, alguien que se dedica fundamentalmente a pensar, alguien que se especializa en la actividad de pensar. La filosofía es, por lo tanto, pensamiento intensivo. Pero hay más que decir: los filósofos y las filósofas, a diferencia de otras personas, no piensan solamente en cuestiones prácticas, concretas e individuales con una utilidad inmediata, como “¿qué cocino esta noche con lo que tengo en la heladera?” o “¿cómo hago para pagar la boleta del gas?”. Los filósofos, cuando filosofan, piensan en otro plano. Piensan en cuestiones más teóricas, más abstractas, más universales… Cuestiones que no necesariamente implican un beneficio directo y tangible, una satisfacción pragmática (tener un cuerpo más delgado, calmar un dolor de muelas que no deja dormir, ganar más dinero, reparar una rueda pinchada en medio de un viaje, etc.). En lugar de pensar en la muerte particular de fulano, un amigo, o en el amor que sienten puntualmente por mengana, su pareja de hace años, lo que hacen es pensar la muerte o el amor en general. La filosofía es un pensamiento más alto, un pensamiento que trasciende el nivel de la práctica, que se desenvuelve o desarrolla en el nivel de la teoría. La filosofía no se queda en lo concreto. La filosofía es abstracción y generalización. Y es también un esfuerzo mental, una aventura intelectual, que no está atada a lo útil, que no se limita a las urgencias diarias. Lo que le preocupa al filósofo es la verdad de las cosas y el sentido del mundo. Esa es su búsqueda y su obsesión, eso es lo que lo moviliza a pensar tanto, aunque probablemente no le sirva para ser más rico, ni más poderoso, ni tampoco, tal vez, más popular o famoso.

Otra característica del pensamiento filosófico es su profundidad. No quedarse en las apariencias, en lo superficial, sino ir hasta el fondo de las cosas, hasta la raíz, hasta el meollo, hasta el hueso. Un filósofo sabe que los sentidos a veces engañan, que lo verosímil puede resultar falso, que la verdad puede estar escondida… Sabe pensar hondo y de forma contraintuitiva, o sea, en contra de las propias intuiciones o pareceres. Por ejemplo, si nos guiamos solamente por la vista, llegamos a la conclusión fácil y obvia de que la Tierra es plana, y que el Sol gira alrededor de ella. Pero si pensamos el asunto más racionalmente, más profundamente, más rigurosamente, descubrimos que es al revés: la Tierra es redonda, y gira alrededor del Sol. Quienes hacen filosofía, aprenden a dudar de todas las apariencias.

El pensamiento filosófico también se caracteriza por su elevado nivel de reflexividad y conciencia. Filosofar no es pensar exclusivamente a partir de los estímulos del exterior o de las sensaciones del cuerpo: luz, ruidos, olores, frío, calor, hambre, sed, cansancio, dolor, placer, etc. Tampoco es pensar exclusivamente a partir de sentimientos o creencias: “me parece que la quiero”, “creo que hay vida después de la muerte”, etc. Filosofar es pensar más allá de lo que percibimos, sentimos o creemos, más allá de lo que nos parece o se nos antoja. Filosofar es pensar desarrollando conceptos, relacionando ideas con otras ideas… Filosofar es pensar en lo que está afuera de la mente, en la realidad, pero también es pensar en lo que estamos pensando, o sea, reflexionar. La filosofía es un pensamiento que vuelve una y otra vez sobre sí mismo, creciendo como una bola de nieve que cae por la pendiente de una montaña. Por eso la filosofía implica siempre un alto grado de conciencia, de lucidez, de sabiduría.

La rigurosidad lógica es otro rasgo del pensamiento filosófico. Los filósofos no piensan así nomás, no. Piensan razonando muy bien, con mucha meticulosidad, deduciendo correctamente una idea de la otra, entretejiendo conceptos a través de un método preciso. A veces, esa rigurosidad lógica es tan grande que lleva a los filósofos elaborar enormes sistemas filosóficos a lo largo de toda una vida, escribiendo muchos libros interconectados de miles de páginas. Así lo hicieron, por ej., Aristóteles, Hegel y Kant. Pero no todos los filósofos son sistemáticos. Algunos filosofaron de forma más libre, a través de diálogos o aforismos: Platón, Nietzsche, etc.

Una última característica del pensamiento filosófico, no menos importante que las otras, es la crítica. El filósofo no es alguien que acepta fácilmente, como cosas verdaderas y buenas, los mitos populares, las tradiciones antiguas, las opiniones de la mayoría, los dogmas y las profecías de las religiones, las leyes y órdenes de los gobernantes, etc. El filósofo no sigue al rebaño. Es un individuo que piensa en solitario y en libertad, por su propia cuenta. Alguien que se atreve a dudar, a disentir, a discutir, a contradecir, a cuestionar, a refutar, a desobedecer… Las ideas del filósofo son más complejas y rigurosas que las ideas de la sociedad, y también suelen ser diferentes. Incluso, a veces, resultan totalmente opuestas. El pensamiento filosófico no es un pensamiento de sentido común. Es un pensamiento más original y crítico. La filosofía es un pensamiento capaz de romper con la tradición, la autoridad y la fe. Un pensamiento que antepone la racionalidad individual a lo que la comunidad cree, dice y ordena.

Filosofía viene del griego philosophía, que quiere decir «amor por la sabiduría». Una de las civilizaciones donde surgió el pensamiento filosófico fue precisamente la antigua Grecia, con Tales de Mileto, en el siglo VI a.C. Luego vinieron muchos otros filósofos, hasta llegar a Sócrates, con quien la filosofía griega dio un gran salto. Posteriormente, durante la época clásica, la filosofía griega alcanzó su madurez con Platón y Aristóteles. El pensamiento platónico, aristotélico y de otras escuelas griegas (estoicismo, epicureísmo, etc.) influyó muchísimo en la antigua Roma, y después en las religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam. La filosofía de Occidente –tanto medieval y moderna como contemporánea– tiene una deuda inmensa con los pensadores griegos de la Antigüedad, igual que la filosofías bizantina y árabe.

Pero no fue Grecia la única civilización del mundo donde surgió el pensamiento filosófico. Hubo al menos otras dos: India y China. Allí también hubo pensadores y corrientes filosóficas (Confucio, Mencio, Lao-Tsé, Mozi, la escuela de Lokaiata, etc.) que trataron de buscar la verdad, de encontrar el sentido del universo, por el camino de la razón y la reflexión, haciéndose preguntas problemáticas de gran profundidad y alcance: ¿Qué somos los seres humanos? ¿Por qué vivimos en sociedad? ¿Existe el alma? ¿Hay realmente dioses? ¿Qué ocurre cuando nos morimos? ¿Existe el destino? ¿Para qué tenemos un gobierno? ¿Cuál es el secreto de la felicidad? ¿Cómo distinguir el bien del mal? ¿Qué es lo bello? ¿Las leyes son siempre justas? ¿Hay guerras que sean legítimas? ¿Cuándo se llega a ser adulto? ¿Dónde está la mente? ¿Cómo es mejor amar? ¿Cómo estar seguros de que razonamos correctamente o de que algo es verdadero? ¿Para qué vivir?

Hubo en China e India, pero sobre todo en Grecia, personas muy curiosas, inteligentes y sabias que se plantearon esos interrogantes, y que, para responderlos, se atrevieron a dejar de lado –o en suspenso– los viejos mitos y leyendas, las opiniones de la mayoría, los dogmas religiosos y lo que afirmaban los reyes. En eso consiste, en esencia, la filosofía.

Ramas de la filosofía

La filosofía es muy amplia, porque abarca muchas temáticas importantes. Se la suele dividir, por lo tanto, en distintas ramas o campos: la ética, que reflexiona sobre el bien y el mal; la estética, que reflexiona sobre el arte; la epistemología, que reflexiona sobre la ciencia, la metafísica u ontología, que reflexiona sobre el ser… Hay más ramas: filosofía política, filosofía de la religión, antropología filosófica, filosofía del lenguaje, fenomenología, filosofía de la educación, cosmología, filosofía del derecho, etc.

Aquí solo vamos a examinar algunas de estas subdisciplinas filosóficas, no todas porque son muchísimas. Ante que nada, es importante saber dos cosas: primero, que no hay límites tajantes entre las distintas ramas de la filosofía; y segundo, que no existe un único criterio de división, sino varios. Aquí se sigue un criterio determinado, pero bien se podría seguir otro.

Ética

Es la rama de la filosofía que reflexiona sobre el bien y el mal, sobre lo correcto e incorrecto en la conducta humana. La ética se interesa en cuestiones como la moral, el deber y la virtud.

¿Qué está bien y qué está mal? ¿Cómo diferenciar lo moral de lo inmoral? ¿Lo que la sociedad obliga, permite o prohíbe hacer es realmente lo correcto, lo que corresponde? ¿Cuál es el criterio racional que nos permite discernir lo bueno de lo malo? ¿Cuáles son virtudes morales? ¿En qué principio general se basan? ¿Cómo se llega a ser una persona buena o virtuosa? ¿Cuáles son los vicios o defectos morales? ¿Cuál es su origen y cómo se los combate o supera?

Aunque en China e India antiguas hubo pensadores preocupados por la ética, como Confucio y Buda, fue sobre todo en la Grecia clásica donde la ética alcanzó su mayor desarrollo racional y sistemático, gracias a filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles. De hecho, la palabra «ética» es de origen griego: se deriva de ethike, término que significa algo así como «filosofía moral» o «filosofía de las costumbres».

Es importante tener claro la diferencia entre moral y ética. La moral son los valores de rectitud o virtud que tiene una sociedad o un grupo social. Son valores colectivos, comunitarios, asociados a una determinada cultura. Se transmiten de generación en generación, a través de la tradición, la costumbre, la crianza familiar, la escuela, la religión, el estado, los medios de comunicación, la opinión e influencia de los demás… La ética, en cambio, son valores de rectitud o virtud más individuales, más personales, que surgen de la propia conciencia y pensamiento, del raciocinio de cada uno, de la reflexión del sujeto. La moral es algo que se transmite socialmente. La ética es algo que se construye individualmente. En la moral, se cree que algo es bueno o malo simplemente porque sí, porque eso es lo que dice la comunidad. En la ética, por el contrario, los valores se sostienen con argumentos racionales.

Pero, ¿qué pasa si la moral de la sociedad y la ética de la persona no coinciden o están en contradicción? Por ejemplo, respecto a la guerra, el aborto, la eutanasia, el sexo por fuera del matrimonio, los métodos anticonceptivos, la homosexualidad, el consumo de marihuana, la pena de muerte, el poliamor (relaciones de pareja abiertas), la edad de imputabilidad de los menores, la educación sexual en las escuelas públicas, la reproducción asistida, la libertad de expresión, etc. ¿Quién tiene razón, o al menos más razón? ¿Cómo poder determinar eso de forma segura, sin equivocarse? A este tipo de problemas filosóficos, donde resulta muy difícil o imposible encontrar una respuesta satisfactoria y sencilla, de carácter concluyente, se les dice dilemas éticos.

Última cuestión: cuando la ética reflexiona sobre problemas de conciencia relacionados con la vida, la muerte y la salud, con la medicina, se habla de bioética. La bioética se ocupa de pensar cuestiones como la reproducción asistida, el aborto y la eutanasia.

 

Estética

La estética es la rama de la filosofía que reflexiona sobre el arte. A mediados del siglo XVIII, un pensador alemán llamado Alexander Gottlieb Baumgarten la definió así: “ciencia de lo bello, a la que se agrega un estudio de la esencia del arte, de las relaciones de esta con la belleza y los demás valores”.

¿Qué es el arte? ¿Cuál es su esencia, su finalidad e importancia? ¿Por qué los seres humanos producimos arte? ¿Por qué gozamos del arte y lo apreciamos o valoramos? ¿Por qué tenemos diferentes gustos musicales, literarios, cinematográficos, etc.? ¿Qué es la belleza? ¿Existe algún criterio objetivo para poder afirmar categóricamente que una obra de arte es bella o fea? ¿De qué depende más el arte? ¿Del talento espontáneo o del estudio metódico, de la inteligencia o de los sentimientos? ¿Cuánta importancia tiene la inspiración y cuánta la preparación? ¿Qué influencia tiene el contexto social y cultural en la creación artística? ¿El arte tiene que tratar temas políticos? ¿Un artista debe adecuar su trabajo a lo que la sociedad pide o espera, o debe crear obras con absoluta libertad, sin pensar en el qué dirán? La estética se ocupa de pensar este tipo de cuestiones.

La palabra «estética» viene del griego aisthetikê, que quiere decir «sensación», «percepción». Los filósofos de la antigua Grecia (Platón y Aristóteles, por ej.) reflexionaron bastante sobre el arte. Desde entonces, muchos pensadores han hecho lo mismo, y han escrito obras muy importantes al respecto.

Metafísica u ontología

Otra rama de la filosofía es la metafísica u ontología. Se ocupa de reflexionar sobre el ser en general, sobre todo lo que existe, sobre la realidad: los entes u objetos del universo, el tiempo y el espacio, las relaciones de causa y efecto, la permanencia y el cambio, el azar y el destino, la condición humana, la existencia o inexistencia de Dios, la importancia de la voluntad, la apariencia y esencia de las cosas, lo absoluto y lo relativo…

La metafísica también tuvo un gran desarrollo en la Grecia antigua: los filósofos presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles… Este último, por ejemplo, dedicó un libro entero a esta rama de la filosofía, al que llamó precisamente Metafísica.

Existen un montón de interrogantes y dilemas metafísicos. Uno muy famoso por su complejidad e importancia es el de la teodicea, que planteó un filósofo alemán del siglo XVIII llamado Leibniz. Si fuese cierto que Dios existe, y que es todopoderoso, sabelotodo e infinitamente bueno y justo, ¿cómo se explicaría que el mundo y los seres humanos que creó sean tan imperfectos? ¿Cómo se explica que existan el mal y la injusticia en el universo, si el universo es una creación divina? ¿Por qué mueren millones de niños inocentes de hambre en el planeta que aún no llegaron a cometer ningún «pecado»? ¿Por qué sufren muchas personas sin merecerlo? Desde la filosofía, desde el pensamiento racional, no se ha encontrado ninguna respuesta satisfactoria a este dilema.

Las religiones, por supuesto, plantean soluciones basadas en la fe, en la creencia, como “Dios debe tener alguna buena razón, aunque no sepamos cuál es”. Pero este tipo de soluciones están más allá de la racionalidad, y, por lo tanto, de la filosofía. Cuando la filosofía razona a partir de la fe, deja de ser filosofía en sentido estricto de la palabra, y se convierte en otra cosa: teología. La teología no carece de racionalidad. Ella también desarrolla argumentos racionales y sistemáticos, pero partiendo de una o más creencias no demostradas (peticiones de principio). Todas las grandes religiones monoteístas tienen su teología: el cristianismo, el islam, el judaísmo. Teólogos famosos han sido San Agustín y Santo Tomás de Aquino (ambos cristianos), Maimónides (judío) y Averroes (musulmán).

Hay también una corriente filosófica que pone en duda la existencia de Dios: el agnosticismo. Y hay otra que directamente niega su existencia: el ateísmo. A lo largo de la historia, distintos pensadores agnósticos y ateos han desarrollado argumentos racionales y sistemas filosóficos a favor de sus opiniones escépticas, no creyentes. Protágoras, un filósofo griego de la Antigüedad, dijo, por ejemplo: “Con respecto a los dioses, no tengo forma de saber si existen o no, ni de qué tipo pueden ser, debido a la oscuridad del tema, y la brevedad de la vida humana”. Protágoras era agnóstico. Entre los filósofos ateos más famosos de la historia moderna, podemos mencionar a Feuerbach, Nietzsche, Marx, Bakunin, Sartre y Camus, aunque también los hubo en la antigua India: la escuela de Charvaka.

Gnoseología

La gnoseología es una rama de la filosofía que reflexiona sobre el conocimiento. No sobre la realidad, no sobre las cosas objetivas que existen fuera de nuestra conciencia, como hace la ontología, sino sobre lo que los seres humanos pensamos en nuestras mentes sobre la realidad. La gnoseología no se ocupa de entes reales, de objetos, sino de conceptos, de ideas.

¿Existe la verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Qué es exactamente la verdad? ¿Cómo hacemos para llegar a ella? ¿La verdad es algo absoluto, algo más o menos objetivo, o algo totalmente relativo a cada persona? ¿Hay verdades definitivas o siempre son provisorias? ¿Con qué criterios lógicos (de pensamiento racional) y empíricos (de observación de la realidad) podemos discernir lo verdadero de lo falso? ¿Cuál es el conocimiento más valioso? ¿El descriptivo o el explicativo? De cuestiones como esta se ocupa la gnoseología.

Cuando la gnoseología reflexiona sobre el conocimiento científico en particular, y no sobre el conocimiento en general, hablamos de epistemología. La epistemología o filosofía de la ciencia es una subrama de la gnoseología.

Hubo y hay muchas discusiones gnoseológicas. Los filósofos positivistas del siglo XIX, por ejemplo, pensaban que es posible conocer la realidad de manera objetiva, dejando de lado las preferencias y los intereses personales. Los relativistas, en cambio, consideran que el conocimiento siempre es relativo, o sea, algo totalmente sesgado, teñido o condicionado por nuestra subjetividad individual: gustos, deseos, creencias, conveniencias, emociones, sentimientos, clase social, educación recibida, ideología política, etc. Entre ambos extremos, hay todo un espectro de posiciones intermedias más matizadas.