Ese soy yo en el rincón

(That’s me in the corner)

 

Por Martín Rusca
Arquitecto

 

La música es una creación en el tiempo y en el espacio,
a Bach como arquitecto no ha habido quien se le arrime
Eduardo Chillida, escultor

 

I

Eran las 10 y 22 de la noche, lo recuerdo por esa manía que tengo de fijarme en estúpidas casualidades. Estaba paseando en mis pensamientos sin un destino fijo cuando lo escuché por primera vez. Era un sonido envolvente pero lejano, profundo, como el bramido de un arroyo, turbulento, pero con cierto ritmo. Venía desde dentro de mi casa, de eso estaba seguro.

Seguí el sonido hasta un rincón de la planta alta, un espacio vacío. Acerque el oído al piso, porque el ruido parecía el fluir de un desagüe. Pero mientras me agachaba, el sonido se alejaba. Luego pensé que podía venir del interior de los muros, algún caño de agua podría ser. Pero no había sonido alguno en ninguno de los dos, estaba confundido. Por último, el techo entregó los mismos resultados. El sonido parecía emanar del espacio mismo. Era una sensacion extraña la de escuchar algo que no era provocado por nada. Se parecía al sabor en la boca de una cena que no había sucedido.

En principio no me sorprendió que fuera ese rincón. Por esa esquina habían pasado decenas de plantas que inexplicablemente se secaban, pudrían o apestaban. Y aunque no había en el lugar ninguna seña particular que lo diferenciara del resto de la casa, parecía no pertenecer solo a esta. No era una certeza, era más bien un rechazo, algo parecido al asco.

El primer indicio de lo que venía se dio unos días después. El sonido, si bien había irrumpido intermitentemente en mi rutina, cada vez se hacía más constante y fuerte. Los últimos dos días ya se metía en todos los recovecos de mi casa y hasta en mis sueños.

Para cuando agarré la barreta y la maza de la despensa, se había hecho insostenible. Si bien me considero un tipo calmado, admito que la falta de sueño y la molestia constante me habían irritado más de lo normal. Lo primero que se me ocurrió fue clavar la barreta en el parqué del piso y romperlo en mil pedazos. Y aunque estaba buscando un caño, sentía que debía romper cada una de las tablas de pinotea. Encontraba un terrible placer cada vez que golpeaba, arrancaba y partía la madera en pedazos. Ya había destrozado más de la mitad del piso de la habitación cuando me di cuenta de que no había caño. El sonido seguía anclado en la esquina donde había empezado.

Para buscar en los muros usé la maza, fue más difícil de lo que creía. Pero, aunque soy una persona delgada y poco atlética, pude con ambos, dejando solo la columna de hormigón armado, casi como el tronco de un árbol sosteniendo su copa. El techo fue difícil, sobre todo porque la silla que me servía de escalera no se apoyaba bien en el cementerio de madera que había debajo. A la barreta la usé como arpón, clavándola en el cielorraso de machimbre e intentando con un pequeño balanceo hacerlo caer. En ese momento recuerdo estar disfrutando mucho. Ese rincón nunca me había gustado y el sonido, que a ese punto era constante y ensordecedor, me sonaba a la cabalgata de las valquirias.

Ahora sé que la euforia me ha ganado completamente, no encuentro en mí ningún rasgo de civilización y probablemente no me reconozca frente al espejo. Mi casa quedó lejos hace rato, seguramente con parte de mi cordura. Lo sé porque mientras destrozo un banco, el sonido que había empezado todo me acompaña desde atrás como dándome ánimos.

 

II

Hace unos años escuché una entrevista a Cortázar donde contaba que Casa Tomada era un producto de su subconsciente. Fue un sueño y cuando se levantó, solo tuvo que escribirlo. Yo, en cambio, sé que no estoy soñando.

Hace un tiempo que esta casa me persigue, ya no puedo escapar, la puerta quedó lejos. Creo que todo empezó hace una semana, o un año, o quizás hace unos días. Desconfío bastante de la forma que tenemos de medir el tiempo. Lineal, regular, invariable, atómico. Me pone enfermo pensar que el tiempo avanza con pie de plomo haga lo que haga.

El primer indicio no lo detecté como tal. Tuve una sensación de extrañeza extrema, algo como lo opuesto a un déjà vu. Un momento en el que todo me pareció distinto a cualquier cosa que conociera. Fue solo un instante, pero ahora sé que allí empezó todo. Luego de esto, la ciudad se comportaba de forma extraña, no puedo decir cómo exactamente, pero me alcanzó para no querer salir de casa.

Después fue mi propio hogar el que cambiaba. Los cuartos no eran mis cuartos, se sentía como un sueño extraño. Ese tipo de sueño donde tu casa se siente como tu casa, pero no lo es. Hasta que todo se hizo más evidente. Espacios que empequeñecían hasta el punto de no poder entrar. Otros que se hacían tan grandes que me recordaban a los delirios que me regala la fiebre. Yo fui huyendo poco a poco hacia el interior más profundo de la casa.

No se hace cuánto estoy en este rincón, siento que es lo único que queda de mi casa y mi cordura. Acaba de sonar una alarma que no recuerdo haber programado. Veo un reloj de pared digital en la esquina opuesta de lo que era mi cuarto. Marca un 22:22 en rojo, algo absurdo. No quiero cerrar los ojos, temo que todo desaparezca. Abrazo mis piernas y escondo mi boca entre las rodillas, no quiero gritar. Espero, solo espero el siguiente paso. A ver si en ese momento entiendo.

Antes de cerrar los ojos creo escuchar un sonido, como un río, que viene hacia mí. O por mí.

 

III

Domingo 5 de diciembre

22:00hs

Como arquitecto, mi trabajo es crear espacios que aún no existen. Anhelo, como en toda disciplina que involucra la creación, el momento de inspiración que a veces no llega. Podría hablar del miedo a la página en blanco, aunque ese no es mi problema. Cuando llega el papel a mis manos, ya casi todo está resuelto en mi cabeza. Mi bloqueo empieza antes, yo hablaría de la mente en blanco o, mejor dicho, la falta de ella. Para desbloquear y quitar el ruido remanente a veces uso la música, otras solo dejo correr el agua de la canilla, el sonido del agua me relaja. Por eso, y para evitar ese problema justo hoy, me vine a la plaza Francia, a pensar sentado en la fuente.  

Antes de continuar, creo que debería dejar en claro algo. Un concepto que para entender mi historia es fundamental. El espacio y el tiempo están ligados, no podemos pensar uno sin el otro. Y no solo porque lo dijo Einstein o Arjona. Pensar un lugar es pensar un momento. Por ello, cada vez que genero una idea para un proyecto, estoy creando tiempo en mi cabeza. Lo que más me cuesta entender es que ese tiempo no me pertenece, no puedo modelarlo. Tampoco puedo dejarme llevar por él, como hago con el tiempo del espacio que habito. Está ahí, puedo imaginar sus habitantes, pero no puedo influir en sus acciones ni en los procesos que se desarrollan. No sé si es una condición mía, pero las personas que pienso hacen lo que quieren: envejecen hacia atrás, saltan en el tiempo, lo ralentizan, desarman mi lógica constantemente. Por eso hoy quiero probar algo nuevo, y por eso estoy anotando todo en este diario.

Intentaré imaginar 2 espacios, uno lo voy a pensar de lo particular a lo general, y el otro, de lo general a la parte. La parte va a ser un rincón, que sería la unidad mínima de espacio. En el primer espacio el rincón va a crear la tensión. Desde sus colores, formas y proporciones van a salir todos los elementos de su universo. Será un espacio paramétrico, y cualquier cosa que modifique a la parte influirá en el todo. En el segundo, el rincón será la resultante de todo un universo de reglas. Este espacio será más libre, ya que sus relaciones serán de lo general a lo particular. Modificar una parte no tendrá influencia en el total, pero, por otro lado, grandes cambios generales pueden acabar con pequeñas cosas. Ahora, el experimento consiste en intentar pensar ambos al mismo tiempo.

Estoy relajado, tranquilo, solo me resta cerrar los ojos e imaginar.

22:22hs

Algo salió mal. Al principio pude visualizar ambos espacios, pero rápidamente todo se desmoronó. Nunca había tenido la sensación de quedar en blanco en medio de una idea. Y el ruido… ese ruido dentro de mi cabeza que se empezó a escuchar justo antes de que la estática inundara todo. Creo que debo dejar de pensar tanto…

Lo más extraño es que lo sigo escuchando, profundo, como un río… cada vez más fuerte.

¿También lo escuchan?

 

ese soy yo en el rincon