Marina Estrella Sananes y sus máscaras se presentan en el ECA Sur y la Villa 25 de Mayo

Por Mayrin Moreno Macías

―Sos mujer. Tu lugar es la penumbra. No brilles. No escribas. No dirijas. No pierdas el tiempo.

Esas palabras rebotan en la férrea voluntad de Marina Estrella Sananes. La creación para esta dramaturga y directora teatral ha sido un viaje interno y un enorme desafío. Y aunque en su vasta experiencia valora y disfruta el trabajo en equipo, crear sola implica tomar un lugar de poder en el que muchas veces se menosprecia a las mujeres.

―Escribir, producir, ensayar sola y autodirigirse es complejo, pero implica un empoderamiento enorme. De todas formas, una nunca está sola, ni siquiera en un unipersonal, y eso es lo más hermoso del teatro, que es un proceso colectivo. Tomar esos espacios es maravilloso y a la vez da un poco de miedo, porque como mujeres se nos ha enseñado a no brillar tanto, no sea que opaquemos a alguien a nuestro alrededor. Pero aquí estamos. Es necesario también acompañarnos entre nosotres, mujeres y disidencias, contar aquellas historias que necesitamos escuchar hoy en día, decirnos aquellas palabras hermosas que no nos dijeron, contarnos el mundo en el que queremos vivir, en el que queremos crear. Alzar las voces que queremos escuchar para construir y tejer las cosas que queremos contar, pero también las maneras en las que queremos crear; construir espacios de trabajo seguros y respetuosos ―dice Marina, quien presentará en San Rafael el unipersonal “Cuentan que cuento” en dos funciones, una para adultos y otra para niños, los días 19 y 21 de noviembre, respectivamente.

―¿Cómo surge «Cuentan que cuento»? 

―Se fue tejiendo de a poco en un lugar muy profundo e invisible de mí misma como creadora. Siempre amé que me contaran cuentos y hace muchos años quería hacer un unipersonal. Hasta que llegó el momento justo, en el que me di cuenta de que tenía todos los ingredientes listos y solamente tenía que mezclarlos. De todas formas, el contexto tuvo cierta incidencia, porque el hecho de no poder trabajar en grupo, que fue un impedimento en muchos aspectos, abrió una puerta para atreverme a generar este trabajo sola, que era más factible de presentar en un contexto de distanciamiento social. Luego fui teniendo diversas colaboraciones muy significativas que me fueron permitiendo concretar ese deseo.

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Compañeras de escena

Marina trabajará con medias máscaras en «Cuentan que cuento». Construirá una poética que responde al universo de la comedia. “Las máscaras construyen magia instantáneamente, generan un deseo muy grande por ser vistas. El público quiere relacionarse con ellas, porque van muy velozmente a lugares que todos conocemos, y a la vez abren mundos nuevos, y nadie las olvida. Me sucede que al finalizar las funciones el público siempre se acerca a preguntar por las máscaras, verlas, tocarlas. Además, ellas siempre terminan haciendo lo que quieren, por eso es difícil imponerles una escritura. Pero también eso es maravilloso, porque a veces pienso una máscara para una historia y termina quedando mejor en otra, o me obliga a escribir una historia personalmente para ella. Creo que las máscaras son mis verdaderas compañeras de escena”.

―¿Lo lúdico es esencial en tus piezas? ¿Cómo describes la carga de significados existente en los cuentos? 

―Sí, claro. El juego es la base de toda expresión artística y de toda actividad creativa. A mí particularmente me gusta mucho interactuar con el público, encontrarme realmente con ellos, hacerles preguntas, escuchar sus respuestas. Y creo que para romper la cuarta pared y vincularse con les espectadores hay que estar muy disponible y flexible, jugando todo el tiempo, aun en territorios emocionales difíciles o en atmósferas dramáticas, aun más en esos momentos. En relación a la carga de significados en los cuentos, me gusta contar relatos que tienen varias lecturas posibles, para presentar más preguntas que respuestas, y hacer que escuchar un cuento sea una experiencia transformadora para el público y no sólo un entretenimiento.

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El universo de una historia

Cuando Marina traslada una historia a escena, está atenta a encontrar los recursos escénicos más adecuados para cada historia, y también las formas que le permitan desplegar cada contenido para que se abra el universo que propone cada historia. “A su vez la presencia y el encuentro de los cuerpos entre quien cuenta y quien oye permiten generar una narrativa desde la mirada, la respiración, el movimiento, la voz, y por lo tanto nos permite construir otros sentidos que complementan o suplantan la palabra”, dice.

―¿Trabajas con la apropiación? ¿Debe haber fidelidad al texto? 

―Cada historia pide una manera diferente de relacionarse con el texto escrito. Siempre redacto mis propios textos para llevarlos a escena, aunque sean adaptaciones de historias, relatos de transmisión popular, textos de autores o propios. Pero siempre prefiero trabajar con relatos de tradición oral o los cuentos escritos por mí. Hago mi propia versión en la que voy seleccionando las palabras, eligiendo los personajes que van a intervenir y seleccionando imágenes compuestas a partir de las palabras. Para las historias que provienen de anécdotas o relatos populares, generalmente trabajo más con un boceto que con un texto escrito. Tengo una estructura muy armada que me permite saber desde dónde parto y hasta dónde llego, pero también me permite improvisar y jugar en ese recorrido, y muchas veces aparecen detalles interesantes que luego se imprimen en el texto base.

―¿La narrativa queda al acecho? ¿Cómo encuentras el equilibrio? 

―Generalmente trabajo la dramaturgia de un modo en el que voy y vuelvo constantemente del movimiento a la escritura, juego con los objetos, la música, el movimiento y la palabra, y eso va construyendo la dramaturgia, que es un tejido de acciones. A veces escribo cosas que nunca digo y otras veces la palabra surge de una improvisación con el cuerpo.

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