Como Britney, muchas: histeria, locura, sexualidad y poder

Por Mónica Díaz Serrano

Britney Spears ha sido hipersexualizada, cosificada, infantilizada, criticada, llamada puta por su vestimenta, lesbiana por besar a Madonna en los MTV Video Music Awards del 2003, acosada por paparazzis, tachada como loca por raparse en el 2007, criticada por ser “mala madre”, mal ejemplo para sus hijos y juzgada por su salud mental. Durante 13 años estuvo bajo la tutela de su padre, quien controló su carrera, su dinero, su cuerpa, su vida y la mantuvo encerrada en casa.

Como Britney, muchas mujeres[1] en la historia han sido etiquetadas como locas, histéricas y enfermas mentales, porque su salud se ha valorado con parámetros patriarcales subjetivos, que parten del discurso de la enfermedad e instauran reglas generales que señalan lo que es diferente, para establecer cómo debe ser y comportarse una mujer normal, sana y cuerda.

Por ejemplo, los papiros médicos egipcios describieron al útero como un órgano independiente que viajaba hacia la parte alta del cuerpo en busca de calor, en su camino oprimía el tórax y causaba dificultad al respirar y sofocos, apretaba el corazón y provocaba palpitaciones y cansancio. Para curar esta enfermedad, las mujeres olían esencias y se daban baños vaginales porque así el útero regresaría a su lugar.

Los tratados hipocráticos establecieron la conexión del útero (del griego hystera) con el término histeria[2]Hipócrates y Platón creían que este órgano era un animal vivo, hambriento y deseoso de engendrar, por eso se movía dentro del imperfecto y frío cuerpo de las mujeres y provocaba dolores, inflamación, dificultad para respirar, convulsiones, enfermedades e histeria, el remedio era casarse y tener hijos. Galeno pensaba que cuando el útero se secaba se elevaba y causaba histeria, por eso recomendaba tener relaciones sexuales y masajear los genitales femeninos con un dedo y aceite de azucenas.

En la Edad Media, los síntomas de dolor asociados con la asfixia y el estrangulamiento del útero se trataron con subfumigaciones, (la mujer se sentaba sobre un quemador que producía humo), y después dejaron de interpretarse desde la lógica médica y se juzgaron desde la religión. Entonces, para la Santa Inquisición las personas con trastornos de personalidad estaban poseídas por el diablo y eran sometidas a exorcismos, las mujeres con “síntomas histéricos” eran identificadas como brujas, perseguidas, torturadas, condenadas y quemadas vivas. En realidad, estas mujeres representaban una amenaza para el orden social establecido por ser independientes, solteras, viudas, estériles, comadronas o sanadoras.

En el Renacimiento, la histeria volvió a estudiarse desde el campo de la medicina, pero la idea cristiana de la brujería siguió presente. En el siglo XVII, Thomas Sydenham consideró que la histeria era un trastorno nervioso de origen cerebral que afectaba a mujeres y hombres, los síntomas eran tan diversos que su diagnóstico resultaba engañoso.

Durante el siglo XVIII los médicos establecieron una relación entre los órganos sexuales femeninos y el sistema nervioso, por lo que para curar a las histéricas era necesaria la estimulación de sus genitales[3] mediante chorros de agua o masaje vulvar. Otros tratamientos eran la hipnosis, montar a caballo o andar en bicicleta.

La medicina y la psiquiatría del siglo XIX construyeron una ideología sexista basada en la diferencia sexual, que justificó la subordinación de las mujeres, reducidas a la reproducción y definidas como débiles, enfermas, histéricas, locas y susceptibles a padecer trastornos mentales. La histeria dejó de ser una enfermedad física y se volvió mental.

En México, los médicos creyeron que la histeria era cuestión de raza[4] y clase, ya que las mujeres educadas, con piel clara, de clases media y alta, eran más propensas a padecerla porque “el poder se les subía a la cabeza y eran egoístas”[5]; también pensaban que la histeria era una condición imperfecta que en algunos casos era fingida y en otros hereditaria.

Las mujeres histéricas o enfermas de “los nervios”[6], fueron encerradas en manicomios y sometidas a tratamientos extremos como lobotomía, electroshocks, termoterapias de choque, medicalización, etc., para “curar su locura” y silenciarlas. Asimismo, la ovariectomía, la histerectomía y la clitoridectomía se indicaron como procedimientos para curar histeria, epilepsia, ninfomanía, melancolía, problemas psicológicos y lesbianismo. Muchas mujeres estuvieron recluidas en instituciones mentales hasta su muerte.

A partir de Charcot y Freud, la histeria se explicó desde lo psíquico y se transformó en un signo natural de identidad femenina que automáticamente invalidó los argumentos de las mujeres por ser “incapaces de razonar”, y la psicología se consolidó como instrumento de dominación y violencia patriarcal.

A mediados del siglo XX, surge la antipsiquiatría como respuesta a las terapias extremas y los procesos de exclusión social sufridos por mujeres valoradas como enfermas mentales, mientras tanto, el feminismo loco conformado por expacientes y sobrevivientes psiquiátricas, creó espacios de resistencia y reflexión en los que las locas se posicionaron como sujetas de conocimiento y generaron formas colectivas para reconocerse y sanar.

En Latinoamérica, el feminismo loco reivindica las sabidurías de las brujas, afrodescendientes, indígenas y todas las mujeres locas que fueron torturadas y exterminadas por la Iglesia, o confinadas en manicomios por sus familias, psiquiatras y gobiernos.

Lo clasificado como enfermedad femenina-histeria-locura, era una forma de llamar a los problemas matrimoniales, sexuales, comportamientos agresivos y rebeldes de las mujeres que sintieron frustración y que desafiaron los roles de género porque querían ser independientes y libres para decidir qué hacer con sus cuerpas y vidas.

La locura se aprende y tiene como base la sexualidad y el poder, por eso la relación que las mujeres tenemos con la locura es política, ya que quienes están en el poder, la han usado como instrumento de control para quitarnos nuestros derechos, someternos, desacreditarnos, humillarnos, encerrarnos, torturarnos, mutilarnos, silenciarnos y borrarnos.

Si escapar de la racionalidad dominante, ser desobedientes, protestar y expresar nuestros sentimientos violentamente, gritar, usar la ropa que queremos, tener acceso al conocimiento, trabajar, disfrutar de nuestra sexualidad, ser promiscuas, solteras, menopáusicas, estériles, viudas, divorciadas, no querer tener hijxs, practicar rituales ancestrales, usar medicina herbolaria, no creer en Dios ni profesar ninguna religión y no ser “femeninas”, nos convierte en brujas, locas, histéricas o enfermas mentales, entonces muchísimas mujeres lo somos, y estas “patologías” inventadas son nuestra manera de resistirnos ante el patriarcado y sus sistemas de opresión.

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NOTAS

[1] Kate Millett, Hersilie Rouy, Leonora Carrington, Charlotte Perkins Gilman, Sylvia Plath, Alda Merini, Dora Maar, Niki de Saint-Phalle, Juana de Castilla (Juana la loca), Ana Comneno y más.
[2] El estudio “Endometriosis: enfermedad antigua, tratamientos antiguos”, demuestra que eso que llamaban histeria, en realidad era endometriosis y que confundirla con una enfermedad mental, provocó grandes retrasos en el diagnóstico, que actualmente tarda de 8 a 10 años. Nezhat, C., Nezhat, F., & Nezhat, C. (2012, 17 octubre). Endometriosis: ancient disease, ancient treatments. Fertility and Sterility, 98. https://www.fertstert.org/action/showPdf?pii=S0015-0282%2812%2901955-3
[3]  Debido al agotamiento de los médicos durante las “terapias” de masaje vulvar (en realidad masturbaban a las pacientes que según ellos eran histéricas), a finales de 1870, el médico británico Joseph Mortimer Granville inventó el “percuteur”, precursor de los vibradores.
[4] Las afrodescendientes e indígenas no eran vistas como humanas, sino como animales exóticos o salvajes.
[5] Gorbach, F. (2006, 18 diciembre). El encuentro de un monstruo y una histérica. Una imagen para México en los finales del siglo XIX. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. https://doi.org/10.4000/nuevomundo.3123
[6] Sobre “los nervios”, Marcela Lagarde dice que “este nombre recoge en el sentido común, la idea de la enfermedad física, de las causas biológicas de la locura, de la enfermedad del cuerpo como recipiente del mal y la combina con los nervios que la concepción popular sobre la anatomía, localiza en la cabeza”.