Caja de muñecas

Por Camilo F. Cacho
Ilustración: Nehuén Álvarez

 

Una tía copetuda que venía de visita de vez en cuando, un día me regaló una caja con tres muñecas. La guardé arriba del ropero, frente a mi cama y a las muñecas no las solté por años.

Una de las muñecas decía mamá, mientras me mandaban a poner la mesa, ordenar la pieza, hacer las tareas, lavarme los dientes y rezar un padre nuestro antes de dormir. Otras veces, la muñeca decía papá y yo comía galletas de chocolate y tomaba Coca Cola, andaba despeinada, decía malas palabras y mi alcancía rebosaba de monedas. Cuando la muñeca decía nena, pegábamos figuritas perfumadas en un álbum con mi hermana, jugábamos a la maestra o saltábamos la soga en siestas eternas.

Otra muñeca lloraba y la casa olía a jarabes, a vasos con seven up para el dolor de panza, a humo de cigarrillo soplado sobre un cucurucho de papel metido en la oreja. A veces lloraba y a mí me ponían paños fríos en días de fiebre, curitas en las rodillas cuando me caía de los patines, o me tironeaban con un peine fino para sacarme los piojos.

La otra cantaba el Antón Pirulero y jugábamos a la mancha, al gallito ciego, a la guarapa sapa, al luche y a la payana. Veíamos el Chavo, Carozo y Narizota o las películas de Los Parchís. Otras veces metía la muñeca en una canasta de mimbre y la llevaba a la casa de mi abuela, donde comíamos pastelitos con membrillo, turrón alemán y galletitas con formas de animales y veíamos Topacio y Cristal, mientras ella tejía bufandas, aunque en esa casa siempre fue verano.

Hasta que una mañana me desperté y descubrí un rastro de sangre en mi bombacha. Me senté en la cama. Levanté la vista y las vi adentro de la caja, quietas, una al lado de la otra, con los ojos muy abiertos, como asustadas.

 Desde aquel día, las muñecas que hablaban, lloraban y cantaban, se quedaron mudas para siempre.

 

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SOBRE EL AUTOR

Trabajador social, escritor, tallerista y colaborador en revistas y sitios digitales. Intenta poner palabras a las impotencias del mundo. No entiende casi nada de la vida, pero sigue en ella porque ama los perros, el helado de chocolate, la poesía y los días de lluvia que lo obligan a no tener que hacer otra cosa que escribir.

 

Espacio coordinado por el escritor mendocino Camilo F. Cacho