Mi humilde homenaje a Alfredo Rodolfo Bufano: “El montañés que vio el mar”

Por Miguel Pérez Mateos

Presencia inmaterial que atesora

los libros que he leído,

y grabaron en mí,

palabras que perduran

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La frase anterior es el título que el escritor mendocino Ángel Bustelo escribió y dedicó a su par. Se han cumplido, el domingo 31 de octubre pasado, 71 años del fallecimiento del poeta Bufano y por esa razón se realizaron una serie de actos para conmemorar al autor de “Mendoza la de mi  canto” y cuarenta y tantos libros más.

Nuestra “Caja de versos” recoge su poesía y se suma al merecido homenaje del poeta que, en nuestra apreciación, mejor le cantó a Mendoza y sus paisajes. En 1958 yo cursaba el tercer grado de primaria en la Escuela Nacional N° 36, ubicada en la calle Barcala casi esquina Bolívar, en Pueblo Diamante. Fue ese año cuando supimos que Bufano había llegado a San Rafael en 1926, radicándose en la ciudad con su familia, impartiendo clases de castellano y geografía en la Escuela Normal Mixta “Mercedes Tomasa de San Martín de Balcarce” y publicando varios de sus libros.

Mi maestra de ese grado, la señorita Adela del Carmen Poblet, fue la primera persona en hablarnos del poeta y darnos a leer sus poemas. Adelita, así le decían, había sido alumna del escritor (de esto me enteré muchos años después) en la Escuela Normal y evidentemente tenía por su profesor una gran admiración, que logró inculcar en nosotros, sus alumnos. Leíamos y trabajábamos con la poesía del vate. El asombro y la emoción que produjo en mí el poema “Creciente” perduró en el tiempo. Ver y escuchar, descripto con palabras, un hecho tan desmedido como era por esos años la creciente del río Diamante, hizo que yo volviera una y otra vez sobre el poema y buscara otras obras del autor. La maestra lo advirtió, como también se dio cuenta que me gustaba redactar y alimentó esa afición por la lectura y la escritura, señalándome libros y prestándome algunos de la pequeña biblioteca de la escuela o suyos propios.  

Hasta aquí mi humilde homenaje para este escritor que continúa deleitándome con su palabra, sobre todo cuando ella recrea y ratifica la belleza de nuestra tierra mendocina.

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Algunos poemas de Alfredo R. Bufano

CRECIENTE

Lento bajaba el río como siempre				
entre sauces, arabias y jarillas.				
							
La tarde estaba quieta en las montañas,				
azul y quieta, como adormecida.
Mas poco a poco, grandes nubes negras			
de las cumbres, fantásticas, surgían;				
se abalanzaban por el cielo claro				
como una loca y trágica tropilla				
y sobre el monte cárdeno y los árboles			
torva zalea entretejiendo iban.				
							
Rompió el trueno montés su gran matraca			
contra la cordillera anochecida;
y el relámpago abrió su rosa inmensa			
roja, morada, verde y amarilla.				
							
Rompió a llover. Rompió a llover en forma			
Que el cielo con la tierra se perdía.
							 
El sonoro Diamante fue creciendo,
y al rato era una sierpe enloquecida
que iba hinchando su lomo tenebroso
hasta romper, bramando, las orillas.

Sobre las turbias, sollozantes agua,
como si fueran deleznables briznas,
boyaban algarrobos y chañares,
matas de jume, zampas, altamisas,
sauces, álamos, troncos y resacas,
cabras cerreras, vacas montesinas,
y cuanto halló al pasar la rauda boa
que de la cumbre al llano se extendía.

Pasó el instante de terror. Ahora,
como una agreste y dulce margarita,
sobre el cuadro cerril recién pintado
la clara estrella de la tarde brilla.
 


RANCHO MENDOCINO

Sobre oscuras esteras de trenzada totora			
el sol de otoño seca, tuerce, comprime, dora			
uvas, higos, ciruelas, duraznos opulentos				
y zapallos y choclos y sartas de pimientos.			
De la pared de adobe, del clavo de una estaca		
penden ramos de orégano, de cedrón y albahaca.		
En el corral cercano una mujer trigueña			
con otoñal cachaza la dócil vaca ordeña.				
Cuatro chiquillos sucios juegan a la pallana			
sentados en el suelo, en plena resolana.	

Bajo la añosa parra, callado y pachorriento,
un viejo magro y fuerte está sobando un tiento.
Por el desierto patio, bajo el sol amarillo,
Cruza lenta una flaca gallina con moquillo.	
De tapia en tapia, en tanto, una leve ratona
con breves notas finas su ubicuidad pregona
Y a la puerta del rancho, un perro macilento,
lleno de garrapatas duerme su aburrimiento.
		


LUNA MENDOCINA
							
 Luna, luna roja; luna montañesa;					
sopaipilla de oro que amasó en su artesa			
la noche profunda con manos de rosa.			
Luna deslumbrante, luna luminosa				
cual ninguna luna. Luna mendocina			 
que pródiga y casta vistes de almandina			
la oscura almajara, la huerta casera,				
la grave montaña, la acequia parlera,		 	
las huellas dormidas, las piedras y plantas,		 	
y el monte y las viñas de estrechas almantas.			
Luna; luna inmensa; luna de Mendoza,
linda y luminosa luna milagrosa,
porque aquí tan sólo brillas como brillas				
luna, maravilla de las maravillas.

¡Luna, linda luna: desciende del cielo			
para usarte, amiga, como guardapelo;
como relicario, como escapulario
o como medalla de oro en mi rosario!
¡A ti sí bien te cuadra llamarte divina,
milagrosa y bruja luna mendocina!



VENTANA

Esta ventana abierta al campo arado,			
a la montaña azul y al viejo río,				
es en mi soledad el mundo mío,				
el mismo siempre, y siempre renovado.
							
Por ella en cielo ilustre he navegado,			
triste señor de mi estelar navío;				
por ella he visto el mínimo rocío
en arca de color transfigurado.			

Albas de verde mar, horas del cielo,
lejanos grises, luna, azul profundo
por ella vienen hasta mi canción.

Y por ella se van en claro vuelo
por los caminos pálidos del mundo
las golondrinas de mi corazón.
 


“LAUDE IX” (PARÁFRASIS DEL SALMO OCTAVO)
				
Cuando miro los cielos que formaste,	 		
las estrellas remotas y la luna,					
y las bestias del campo que una a una			
de la asolada tierra levantaste.		
							
 Cuando veo los ríos que soltaste		 		
de la alta cumbre, y la cambiante duna,				
la flor del agua y la amarilla tuna		
y el bosque que de pájaros poblaste.	  	

Cuando la verde música del alba	
llega a mi alma contrita; cuando miro
el roble adusto y la encrespada malva,

doy a volar la fe que en mí se encierra,
y digo en jubiloso hondo suspiro:
¡Cuán grande eres, señor, sobre la tierra!

 Laudes de Cristo Rey (1933)



ADIVINACIÓN DE LA MUERTE

Vivo lucero, transparente rosa,				
musgo de luz, caléndula escondida,				
agua estrellada, nube florecida,				
paloma de cristal, nieve olorosa.
							
Recogida penumbra melodiosa,				
alga de sueño, aurora favorida,				
melodiosa penumbra recogida,
cencida hierba, luna venturosa.	

Caracola de límpida dulzura,		
río de miel, fragante llamarada,
tenso velamen, soledad segura.

Ojos en los que vive la alborada;
colina en donde el alto amor madura.
¡Así has de ser, oh muerte adivinada!
Colinas del alto viento (1946)


                
SOLEDAD

Un aire tibio perfumado de heno			
llega del campo. La ventana abierta		
dejar ver las estrellas en la incierta			
penumbra, sobre el campo dulce y bueno.
						
¡Oh triste gozo, oh manantial sereno		
del silencio! ¡Oh ternura siempre alerta		
de este mi corazón, pálida huerta,
donde la soledad hila su treno.!		

En la tarde de oro vagorosa
flores de nubes y églogas pascuales
plumas de cielo, y nieve, y pico rosa.

Donde el alma minúscula que anida
llevar quisiera en vuelo jubiloso
para darle más alta y pura vida.

Mendoza la de mi canto (1946)



A FEDERICO GARCÍA LORCA

Aquí estoy, Federico, en tu Granada,
en tu Granada, que también es mía.
Oigo tu voz en alta fuente fría
por el verde Genil multiplicada.
  
Oigo tu voz de aljófar y alborada;
tu voz, morena de gitanería;
tu voz, que es sangre de tu Andalucía;
tu voz, que es lejanía iluminada.

La oigo, del Darro en la áspera corriente,
entre los robles de tu Alhambra pura
y en el color de tu Granada bella.

La oigo en mi pecho poderosamente,
y el alma se me quiebra de ternura
como si España sollozase en ella.

La Prensa, 20 de mayo de 1948 (no publicado en libro) 



MINZAH HOTEL

Farolillos de colores,					
Extravagantes mujeres					
como surgidas de un mágico				
espejo resplandeciente.					

Un patio con quitasoles					
rojos, azules y verdes.					
Pilares con jazmineros;					 
Sonoros juncos de fuentes.					

Hindúes de luengas barbas,				
Generales, mercaderes.  					
Francia, Inglaterra y España				
En islas muy diferentes.					

Suena un violín en la noche.
¡Que suene, por Dios, que suene!
No he de ser yo quien lo oiga
Si voz más alta me embebe.

Negras gafas fantasmales;
purpúreos rostros ingleses;
faldas de treinta colores;
Joyas e inútiles pieles.

En el portal, mientras tanto,
Un moro su mano extiende.
Mano angustiosa y terrible
que de dolor resplandece.

Yo miro esa mano trágica,
mano de lepra y de muerte,
y alcanzo a ver que una rosa
entre sus dedos florece.

Marruecos (1951)


Termino, reproduciendo un escrito que no es de mi autoría y que he tomado de un texto más amplio que me envió la Prof. Marta Elena Castellino:

“El 15 de octubre de 1950 viaja a Mendoza a visitar a su hija. Desde agosto luchaba contra una de las crisis periódicas de sus dolencias respiratorias. El 31 de octubre fallece repentinamente en San Rafael. Sus restos fueron trasladados a Buenos Aires, velados en la «Casa del Escritor» y sepultados en el Cementerio de la Chacarita. Una comisión de honor acompañó los restos del poeta, integrada por Jorge Luis Borges (como presidente), Eduardo Mallea, Conrado Nalé Roxlo, Vicente Barbieri, Manuel Mujica Laínez (vicepresidente de la institución). Bufano había expresado su deseo de que sus restos descansaran en la Villa 25 de Mayo, y el 6 de diciembre sus restos fueron trasladados nuevamente a San Rafael. Pueblo, amistades y familiares le rindieron el último homenaje. La tumba, sombreada por un terebinto, como lo deseara Bufano, tiene como epitafio versos de “Poemas de provincia”:

Por eso cuando sea eternidad
poned los huesos en el campo en flor,
y en una piedra tosca esta inscripción grabad:
Poeta, sembrador y poblador.