Charly: séptimo piso

Por Giordana García

Admito que desde muy pequeña para mí el rock argentino tuvo un primerísimo y único nombre: Charly García. Y no se debía exclusivamente al foco que los medios supieron poner con avidez en sus escándalos o desmanes emotivos, que si se lanzó semidesnudo de un noveno piso a una piscina de hotel, que si se peleó con Fito por Cecilia Roth, que si se metió toda la cocaína de Bogotá, que si se cambiaba la sangre cada cierto tiempo, que si se ufanaba insoportablemente de su oído absoluto, que si sufría de insomnio y la mayor parte del tiempo estaba sumido en su caótico departamento de Buenos Aires.

Pero dioses, los medios nada tuvieron que ver con las horas de buena música que Charly me regaló a mis 20 años, yo, tan estudiante de Letras viviendo en una ciudad estudiantil y hermética, me detenía en sus versos ‒ya para entonces envueltos en un halo mítico/snob‒ y diseccionaba todo el reciclaje perfecto de cotidianidad desbanalizada, un botón de plástico convertido en muestra estelar de otra vida posible, en engranaje perfecto con la melodía sencilla y el arreglo desbordado. Eso era yo entonces, un poco de filosofía barata y mucha emoción, mucha rabia y dolor, impostado quizá, pero ahí estaba. Y Charly lo gritaba de mala gana en vivo, o lo cantaba con sorna mientras su piano le daba todas las razones del mundo, porque sí, claro que tienes oído absoluto, Charly, y claro que quiero que me masturben escuchándote, y también quiero mirar a la gente reír, y estar cerca de la revolución de las almas, sin culpas ni trampas. Porque al final sus letras impugnan eso: la culpa y el miedo, con la rabia que especialmente en la juventud no se aplaca, no se ha asentado aún, ni se ha amoldado a las cavidades interiores.

Después de Charly y su “Piano Bar”, “Say no more” o “Influencia”, y gracias en parte a ese buen programa que el otrora MTV produjera con éxito,”Unplugged”, conocí y me imbuí en la investigación de la música anterior del mismo Charly. Qué grande Sui Generis, Serú Girán y todas las etapas de formación de Charly, cada una fundacional de un estilo, una voz, un ethos quizá. Quién no ha hecho el amor oyendo Eiti Leda, o simplemente tarareado el Fantasma de Canterville mientras cruza una avenida, o se ha deprimido a todo gañote con “Cuando ya me empiece a quedar solo”…

Al final, Charly siempre fue un tipo algo depresivo, desacomodado al mundo, iracundo y poco feliz, nada que ver con ese triunfalismo de galán de club de Calamaro, o la elegancia de penthouse de Fito. Charly siempre estaba mal, y había algo de condescendencia con él por ese mismo cliché de poeta maldito tan fácil de enrostrar.

Luego viajé a Argentina y el rock en español abrió sus puertas como una altísima catedral de capitanía general convertida en bar de mala muerte, un poco gentrificado, pero con días de entradas para todes… Dejé a Charly por un tiempo para enamorarme del mito Luca Prodan y pelear por la división de Sumo, aunque finalmente lo traicionara por la guapura y portento musical de Ricardo Mollo. Sin dejar de peregrinar por el Indio Solari, aunque admito que más por quienes lo siguen y escuchan con devoción que por su propia música.

Pero siempre volvía a Charly, hasta tuve la suerte de verlo ya estilo doña peluqueada en el concierto “subacuático” del estadio Vélez. Fue el primero luego de un largo silencio por razones de salud mental y de todo tipo, el hombre estuvo dándose cabezazos contra la muerte a punta de sobredosis y abandono, pero allí, en ese estadio, bajo una tempestad demoníaca, puedo dar fe de que encendió de amor a quienes saltábamos sobre el barro, envueltos en plástico impermeable, pero con la piel erizándose una y otra vez, hasta el clímax de escucharlo tocar “Rezo por vos” con Luis Alberto Spinetta, haciendo un dueto perfecto de comprensión y amor a la música, al país, al Sur, a la gente que los escucha, a la vida.

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