Eva Peralta: “Desde el momento del contacto hispano-indígena no ha cesado el proceso de anulación de los pueblos originarios”

Por Reinaldo González

Eva Peralta no usa términos altisonantes ni clichés pseudo-militantes. No los necesita. Habla desde el conocimiento que le da ser doctora en Arqueología en la Universidad de Buenos Aires (2015-2019), tras haber cursado Ciencias Antropológicas con orientación en Arqueología en la misma casa de estudios (2009-2015). Ambos títulos implicaron horas de trabajo en distintas zonas del Sur mendocino, donde decidió “echar raíz” desde hace algunos años para desarrollar su labor de investigación.

Su foco está puesto en las antiguas poblaciones que habitaron la región, a las que se acerca a través de la Bioarqueología, que engloba los estudios realizados en restos óseos humanos integrando la biología, la cultura y el ambiente. “Hablamos mucho de poblaciones de cazadores-recolectores, más que de grupos étnicos claramente definidos. Se estima que hace 11.000 o 10.000 años tuvieron lugar las primeras ocupaciones en el área, que dejaron evidencias muy parciales y discontinuas. Hasta las épocas de contacto hispano-indígena puede decirse que predominó este modo de vida, caracterizado por una alta movilidad para garantizar el acceso a fuentes de materias primas y para obtener recursos silvestres para la alimentación, entre los que se incluyen guanaco, armadillo, peces, huevos de reído y frutos de algarrobo”.

Esos mismos estudios también permiten afirmar que “hace 2.000 años aproximadamente comienzan a aparecer restos de maíz en los contextos arqueológicos y se detectan cambios inusitados, como la introducción de la tecnología cerámica, lo que abrió un abanico espectacular de preguntas en nuestras agendas de investigación”.

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Hoy, junto a un equipo de investigadores y becarios del Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA), con sede en la UTN de San Rafael y dependiente del Conicet, continúa profundizando en estos cambios y en el impacto que habrían tenido en el modo de vida de estos grupos. “Todo nos acerca a mejorar nuestro entendimiento sobre la diversidad del comportamiento humano en el pasado”, dice.

Además, con su compañero, el ceramista sanrafaelino Lucas Méndez, desarrollan un proyecto en el que buscan vincular sus trabajos y acercarlos a la comunidad. “Él promueve el uso de técnicas precolombinas y la reivindicación de ese oficio milenario. Juntos hemos dado talleres de ollas en los que conectamos ambas disciplinas. Para mí, también constituye una oportunidad para trasladar a la comunidad no científica mucha de la información arqueológica disponible que sin lugar a dudas les pertenece”.

La Olla: huesos que todavía hablan

La primera experiencia de campo de Eva fue en el sitio La Olla. Recuerda que “se estaba perdiendo por obras que implicaban remoción de suelos y necesitábamos recuperar la mayor cantidad de evidencia posible en poco tiempo. Era un rescate”.

Los datos permitieron identificar dos momentos de ocupación del sitio, uno cercano a los 2.000 años antes del presente y otro a los 700 años antes del presente. A este último período se asocia un esqueleto humano.

En el sitio se recuperaron gran cantidad de materiales, incluyendo cerámica, lítico y restos de fauna y vegetales consumidos por las antiguas poblaciones. “Hoy funciona un museo de sitio donde tuvieron lugar estos hallazgos y las guiadas están a cargo de lxs niñxs que asisten a la escuela de la localidad”, relata.

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Pasó otro 12 de Octubre y algunos todavía hablan de Descubrimiento de América, Encuentro de Dos Mundos, Día de la Hispanidad o Día de la Raza. ¿Te sientes identificada con alguna de esas denominaciones?

―Las palabras que se han elegido históricamente para remitir al día de la fecha fueron intencional y cuidadosamente elegidas por los poderes oficiales. Desde el momento del contacto hispano-indígena no ha cesado el proceso de anulación de los pueblos originarios de América. Se usaron una amplia diversidad de dispositivos opresores para la coerción directa, implicando mutilación física e ideológica y dominación simbólica. Muchos de estos aún persisten. Me parece importante ir ganando algunos espacios de visibilización. El cambio en la denominación de esta fecha (Día del Respeto a la Diversidad Cultural) podría ser uno. Reconocer que hubo pueblos en América, con un desarrollo cultural único e irrepetible, antes de la llegada de los barcos europeos es reconocer también esta historia de violencia y dominación. Creo que estas decisiones también están ligadas a la presencia indígena actual y pretérita en cada región de América y a cómo fueron los procesos de dominación y resistencia en cada una. En Argentina actualmente muy poca gente puede reconocer su raíz originaria nativo americana y eso impacta directamente en la capacidad de defenderla. Creo que la labor del arqueólogo involucra la visibilización de ese pasado y dar las herramientas para cuestionarse sobre los orígenes tradicionalmente impuestos.

―Se suele decir que la Antropología es una ciencia colonial, en tanto ha sido utilizada con objetivos expansivos y opresores…

―Es muy cierto este punto. La Antropología nace en un contexto de expansión imperialista en el que se hacía necesario “conocer” al que se quería dominar, subyugar. Es parte de la coyuntura histórica. Hay que reconocerse en ese pasado, practicar una suerte de “arqueología de la antropología”, para no olvidar ese origen y deconstruirlo continuamente. Elegimos no ser esa disciplina funcional a los requerimientos de la occidentalización, pero aún hoy sigue siendo en muchos aspectos una disciplina científica occidental. Creo que estamos inmersos en un proceso de aprendizaje que es necesario continuar para mejorar nuestras prácticas. Existen muchos movimientos de vanguardia y discusiones que se vienen dando en otras esferas sociales, que nos motivan a cuestionarnos a nosotrxs mismxs y que son muy liberadores.

―Diferencias salariales en la contratación, sesgo sexista en las investigaciones, apropiación del conocimiento producido por mujeres… ¿Cómo se expresa el machismo en la ciencia? ¿Cuáles han sido los avances de las mujeres en el área?

―Hemos visto que las desigualdades sociales entre varones y mujeres, condensadas en el término patriarcado, se trasladan a todos los ámbitos de la vida, desde lo doméstico hasta lo profesional o lo académico. Hoy existe un despliegue de organizaciones que buscan abordar esta problemática y ofrecer contención. En Arqueología también existen grupos de mujeres que están involucradas en cuestionar roles y discutir situaciones de violencia e inequidad. En el ámbito académico, muchas veces entre las mismas mujeres se presentan situaciones que tienden a reproducir el sesgo machista. Creo que junto con el trabajo a nivel social o grupal, son necesarias las introspecciones en el plano individual y discutir también con nosotras mismas.

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AUTOBIOGRAFÍA MÍNIMA

Mi nombre es Eva Ailén Peralta, nací el 4 de marzo de 1990 en Moreno, provincia de Buenos Aires. Mi papá, René, es artista plástico, con una fuerte impronta social en su obra y sus ámbitos de trabajo. Mi mamá, Rosana, es maestra, hoy en una escuelita rural, con una gran visión y creatividad. Siempre valoró mucho la profesionalización y la independencia.

Mis viejos y sus historias individuales generaron en mí la temprana necesidad de preguntarme qué me gustaría hacer cuando fuera grande. Creo que, implícitamente, el hacer para mi implicaba también el ser. Recuerdo vagamente que me interesaban las cosas que sonaban diferentes y que prometían aventuras y descubrimiento. Sentía una profunda atracción por el pasado y por la diversidad. También me gustaba la cosa meticulosa y estructurada del cientificismo, me atraían el orden y la sistematicidad, quizás por tener una madre por demás desordenada y asistemática.

Ellos están separados desde mi temprana infancia. Casi siempre viví con mi mamá y nos mudábamos bastante. Llegamos a Mendoza en el 99 y en uno de los viajes que había hecho mi papá para visitarme me mostró una revista de Arqueología Mexicana en un barcito de la terminal. Recuerdo perfectamente a mi papá explicándome muy rudimentariamente qué hacía un arqueólogo. Lo siguiente fue: “Papá, yo quiero ser arqueóloga”. Me resultó fascinante entender que había otras formas de vivir y entender el mundo. Y fue desde el lenguaje artístico que pude aprehenderlo. 

Luego llegó el contacto académico en la facultad. Claramente, recién en ese momento pude acercarme a la disciplina antropológica y sus dimensiones. Creo que lo que mejor la representa es el ejercicio de deconstrucción continua. Hay que “desnaturalizar”, se reiteraba con profundo sentido en diferentes clases. Esa palabra implicaba un sinfín de matices y oportunidades, era un mensaje muy liberador. Y es cierto, vivimos en una sociedad occidentalizada con características definidas, pero no es lo único que existe o ha existido. En la diversidad del comportamiento está nuestra riqueza como especie. Y es la flexibilidad la que nos ha permitido perdurar en el tiempo y sobrevivir en variabilidad de condiciones.

Me encuentro transitando mis últimas semanas de gestación y la maternidad implica para mí un profundo compromiso con el presente de mi hija, así como con su pasado más inmediato y con el más ancestral también. Su futuro, como el de todxs, aún no se escribe.