De la luz a la forma. Neuroarquitectura

Por Mariana Bollati
Arquitecta

Recientemente se llevó a cabo por primera vez uno de los acontecimientos más importantes para el futuro de las sociedades, sobre un tema que va a cambiar la acción de habitar y sentir el lugar. Del 4 al 8 de octubre se llevó a cabo el primer Congreso Latinoamericano de Neuroarquitectura. Organizado por el equipo NAD, principalmente el arquitecto Pablo Redondo (Chile), la arquitecta Karina Lozano (México) y el arquitecto Luis Othon Villegas (México).

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Fueron más de quince los expositores entre arquitectos, neurocientíficos, psiquiatras que compartieron su conocimiento e investigaciones. Una de las frases que me resonó dentro de una de las ponencias fue la de la arquitecta Tatiana Berger, quien toma el tradicional y aún discutido concepto de Louis Sullivan: “La Forma debe seguir a la Función”, por una interpretación más directa y amplia: “La forma debe seguir el Movimiento”. Imaginé una plastilina, me vi moldeando con mis manos a partir de mis movimientos y generando la forma que yo sienta darle. En mi cabeza repetía: la forma debe seguir el movimiento.

¿Podría este concepto aplicarse a cada cosa que se crea sobre la Tierra? Si cada segundo todo está en evolución y movimiento, ¿de cuántas maneras está ligada la evolución al movimiento?

Inevitablemente esta propuesta se trasladó a hablar de una arquitectura viva, tema que se refirió reiteradas veces y que me lleva a una de las ponencias que trataba sobre el estudio de la obra del arquitecto finlandés Juha Leiviskä. Porque como expuso la arquitecta Sara Molarinho, la obra de Leiviskä propone que la arquitectura es viva. La percepción del espacio la realizamos a través del cuerpo, de los sentidos. Los sentidos espaciales de orientación, de ubicación y de pertenencia de un lugar y un espacio. Aquí abro paréntesis para aclarar, según las palabas del neurocientífico Eduado Macagno en su ponencia, la diferencia entre espacio y lugar:

El termino “espacio” generalmente se refiere al entorno físico que compartimos, aunque sus múltiples niveles o propiedades pueden tener diferente significado o importancia para cada ser.

Pero cada ser crea su propio “lugar” a través de experiencias corpóreas y mentales que excitan mecanismos sensomotores y comportamientos dotados de significados y emociones.

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Entonces, ¿cómo se podría relacionar esto con el movimiento? Si tomamos el movimiento como base para dar forma a nuestros lugares, podemos pensar entre otras tantas posibilidades, como parte de ese movimiento, a la Luz.

La luz se mueve contantemente, sobre todo si hablamos de luz natural. En un aparente movimiento del sol, las montañas cambian de aspecto, cambia su forma y color. Los interiores generan diferentes percepciones espaciales, temperatura corporal, emociones, aunque no sean conscientes.

¿Te ha pasado alguna vez de estar en casa, por ejemplo, y alguien que viene desde el exterior te prende la luz y recién en ese preciso instante te das cuenta de cuánto la estabas necesitando pero no lo habías notado? Y por ende, mucho menos podrías haber notado lo que esa falta de luz te estaba provocando a nivel físico y emocional.

En el congreso, la arquitecta Tatiane Campos explica que en estudios sobre la luz realizados con ratas se ha demostrado que las que viven en espacios húmedos, oscuros, registran en sus cerebros muerte neuronal. Cuenta, con una explicación muy visual, que el cerebro de estos roedores se puede observar por escaneo como un árbol en otoño, mientras que el cerebro de ratas viviendo en espacios luminosos se ve como un cerebro en primavera. El efecto que les/nos produce la iluminación de los lugares es significativo.

Otra de las expositoras, la arquitecta Julia del Rio, realizó su tesis para la especialización de Neurociencia aplicada a la arquitectura en San Diego, California. Llevó adelante la investigación analizando sus propias reacciones físicas y emocionales en su departamento tras detectar que era oscuro y le generaba sensaciones de ansiedad y dificultad para trabajar. Para realizar este estudio, expuso un proceso de tres pasos para intentar medir sus emociones en las diferentes habitaciones del lugar.

El primer paso fue realizar un Mapa de comportamiento y ocupación del usuario en el espacio. Con una cámara GoPro grabó sus propios movimientos realizados durante 24 horas. A la vez sectorizó los espacios de su departamento y calculó la iluminación que tenía en cada habitación. Mientras, estudiaba la iluminación necesaria que requiere el cuerpo para realizar diferentes actividades.

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En segunda instancia utilizó un dispositivo portátil para monitorear su respuesta galvánica de la piel y datos como: electroencefalograma, temperatura del cuerpo, oxigenación en sangre, gasto energético. Con sus datos registrados, el dispositivo arroja un gráfico con datos objetivos de la respuesta fisiológica del cuerpo.

Toda la información se traslada en emociones con un software multimodal para computación afectiva desarrollado en la Universidad de San Diego, California, en 2018.

Las posibles emociones se clasifican y organizan en un gráfico según emociones positivas, emociones negativas. Y se comienza a estudiar los resultados y a generar conclusiones en relación con el estado de ánimo que experimentaba en su departamento.

En síntesis. A partir de la incidencia de luz en determinadas áreas se pueden medir los resultados de las emociones. Se pudo comprobar en esta investigación que los espacios con luz natural generaban emociones de alegría, placer, relax, en oposición a los espacios iluminados con luz artificial, que generaban mayormente emociones vinculadas a la tristeza, el aburrimiento y el sueño.

Retomando al arquitecto Juha Leiviskä, quien desarrolla su trabajo en Finlandia, un país donde durante 6 meses hay escasez de luz, ha logrado el desafío de trabajar la luz natural, no solo entendiendo su dinámica, sino entendiendo el uso de la luz natural como un material más, como hormigón o madera. Diversos estudios han podido comprobar que la luz tiene un papel fundamental en la concentración y en la conexión con nosotros mismos. Estudiar, estados meditativos. Me disparó otro pensamiento: ¿tenemos la posibilidad de fomentar hábitos nuevos como la meditación en los espacios que diseñamos?

Finalmente, la arquitecta Julia de Rio cuenta sobre el mensaje que intenta dar a sus alumnos: “No diseñen por diseñar, por lo bonito, al azar. Tengan en cuenta la influencia de estos temas”. Lo que me hace entender aún más la necesidad de que tanto en las instituciones académicas como en el desarrollo profesional de la arquitectura, la toma de decisiones no debe ser jamás simplemente una cuestión estética, porque los seres vivos somos sencillamente una expresión más de la naturaleza. Influenciables del entorno que nos rodea.

Como profesionales y educadores no podemos simplemente jugar la mejor carta en diseño porque será la que nos haga ganar, necesitamos considerar los procesos naturales. A veces, con simples movimientos y estrategias, se puede mejorar considerablemente la respuesta de un corazón, del estado de ánimo y de la salud general de los habitantes del espacio. Concebir estratégicamente los lugares para mejorar la calidad de vida es la justificación más sensata y consciente que se debería esperar de un proyecto de arquitectura.

Pensar que construimos salud y bienestar en lugar de máquinas bonitas para habitar.