Demonizar la incredulidad: el ateísmo en las ficciones de horror

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

Tengo debilidad por la literatura y el cine de terror. Me gustan mucho. No en todos los casos, desde luego. Como en cualquier otro rubro, existen creaciones de muy disímil calidad y originalidad. No es lo mismo la novela Drácula, de Stoker; el cuento La máscara de la muerte de roja, de Poe; o la película Psicosis, de Hitchcock; obras maestras y pioneras del género, que la retahíla de malas o mediocres imitaciones que ellas cargan sobre sus espaldas.

Mi afición por las ficciones del horror no excluye el tópico de la posesión demoníaca, todo un subgénero en sí mismo. Nunca mi ateísmo me ha impedido disfrutar de –por ejemplo– El exorcista. Tanto la novela de Blatty, como la adaptación cinematográfica de Friedkin, me parecen estupendas.

Pero hay algo de este subgénero que detesto: los prejuicios y estereotipos pacatos respecto a la incredulidad e irreligiosidad, a la falta de fe y de devoción por Dios. Las personas ateas son invariablemente caracterizadas como pobres almas a la deriva, descarriadas, carentes de «espiritualidad», sin convicciones e ideales fuertes, desorientadas… y por ende, extremadamente vulnerables al accionar maligno de las fuerzas diabólicas. Un accionar que Dios tolera para –conforme a un complicado designio– castigar a quienes no creen en él ni lo veneran como corresponde.

La incredulidad e irreligiosidad nunca son presentadas como el corolario de un proceso positivo de maduración intelectual y crecimiento personal, sino como una bancarrota moral, un extravío vital, una caída en desgracia. Esta decadencia –alejamiento respecto a Dios– comienza generalmente como una reacción ciega, irreflexiva, iracunda, ante un infortunio de mucha gravedad que causa desesperación y pone en crisis la fe, por ejemplo, la muerte prematura de un ser querido: un hijo, la madre, el padre, una hermana, el marido, etc. El ateísmo no tendría, así, sustancia propia. Solo sería un disfraz pseudo-racional del misoteísmo, del enojo o rencor contra Dios.

Para el Demonio, las almas ateas son almas en absoluta disponibilidad, fáciles de dominar y llevar a su perdición. Dios les ha retirado su protección para que sean castigadas. Están marcadas, malditas.

En numerosas novelas y películas de horror sobrenatural, el happy end suele manifestarse como una recuperación de la fe y la gracia. Recuperación tras el escarmiento satánico recibido, y luego de un salvataje milagroso in extremis (exorcismo) que demuestra la existencia de una divinidad poderosa y benévola, providente, capaz no solo de vencer al Diablo, sino también de perdonar los pecados de la criatura humana. El relato deviene así una parábola teológica y soteriológica al servicio de la apologética judeocristiana.

El exorcista, clásico del género, es un ejemplo paradigmático: Chris MacNeil paga muy caro su escepticismo e impiedad con la posesión demoníaca de la pequeña Regan, su única hija, a manos del terrible Pazuzu. Y Regan se termina salvando gracias al exorcismo llevado a cabo por Karras, un clérigo jesuita de mediana edad que recobra su fe luego de haberla perdido por dos motivos: su intelectualismo científico (interés excesivo y confianza malsana en la psiquiatría) y su calvario familiar (enfermedad terminal y deceso de su madre). Chris es una buena mujer, amable, cariñosa. Todo el mundo le aprecia. Pero tiene un defecto imperdonable: es atea. La moraleja de El exorcista es clara: solo la intensa fe de carbonero –la del viejo sacerdote Merrin– puede librarnos de las fuerzas del Mal, porque la rectitud moral con nuestros semejantes no alcanza.

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Antes de empezar el exorcismo, Merrin le pregunta a su abrumado discípulo: “¿Conoce las reglas del exorcismo, Damien?”. Karras le responde que sí. Y mientras se pone la sotana, Merrin agrega: “Es esencial evitar conversaciones con el demonio…”. Karras siente escalofríos ante la naturalidad con que Merrin discurre sobre el asunto. “Hemos de preguntar sólo aquello que sea importante”, porque “Todo lo demás sería peligroso. Sumamente peligroso”. Y al tiempo que se coloca el roquete, remata su advertencia: “Especialmente, no preste atención a nada de lo que diga el demonio. Es un mentiroso. Mentirá para confundirnos, pero también mezclará mentiras con verdades para atacarnos. La ofensiva es psicológica, Damien. Y poderosa. No escuche. Recuerde esto: no escuche”. El diálogo, el debate, quedan obturados de antemano. La convivencia con el disenso queda terminantemente prohibida, excluida. Pero Pazuzu es más que un monstruo infernal atestado de maldad y odio. Es más que un demonio de incalculable poder que pone a prueba a la humanidad con sus proezas paranormales y tentaciones taimadas. Pazuzu encarna todo aquello que resulta malo, pecaminoso, condenable, para la teología y moral cristianas, incluyendo la duda, la racionalidad crítica, el materialismo, el escepticismo, la impiedad, el ateísmo…

El desprecio clerical por la ciencia «vana» queda bien patentizado en este otro pasaje del diálogo:

—¿Quiere preguntarme algo ahora, Damien?

Karras negó con la cabeza.

—No. Pero creo que puede ser útil que lo ponga en antecedentes sobre las distintas personalidades que Regan [la niña poseída] ha manifestado. Hasta ahora parece que hay tres.

—Hay una sola –dijo Merrin suavemente, deslizando la estola alrededor de sus hombros. Durante unos momentos, la sostuvo y permaneció inmóvil, al tiempo que una expresión atormentada apareció en sus ojos. Luego cogió los ejemplares del Ritual Romano y le dio uno a Karras–. […] ¿Tiene el agua bendita?

De un plumazo, Merrin se deshace del «error» racionalista/naturalista. Es una desestimación lapidaria de la ciencia en tanto conocimiento emancipado de la fe, en tanto saber profano sustraído al magisterio de la Iglesia. Su talante dogmático, antimoderno, nos remite a los primeros puntos del Syllabus.

Promediando la ceremonia de exorcismo, los dos jesuitas, agotados por la lucha desigual contra Pazuzu, deciden hacer una pausa. Fuera de la habitación donde yace la niña posesa, en el vestíbulo, mantienen una nueva conversación:

—Usted dijo… usted dijo antes que había solo… una entidad.

—Sí.

Hablando en voz baja, con las cabezas juntas, parecían estar confesándose.

—Todas las otras no son más que formas de ataque –continuó Merrin–. Hay uno… solo uno. Es un demonio. […] Yo sé que usted duda de esto. Pero mire, a este demonio… lo conocí una vez. Y es poderoso… poderoso…

—[…] ¿Cuál es el «propósito» de la posesión? –preguntó Karras con el ceño fruncido–. ¿Qué sentido tiene?

—¿Quién lo sabe? –respondió Merrin–. ¿Quién puede tener la esperanza de saber? […] Pero yo creo que el objetivo del demonio no es el poseso, sino nosotros… los observadores… cada persona de esta casa. Y creo… creo que lo que quiere es que nos desesperemos, que rechacemos nuestra propia humanidad, Damien, que nos veamos, a la larga, como bestias, como esencialmente viles e inmundos, sin nobleza, horribles, indignos. Y tal vez ahí esté a centro de todo: en la indignidad. Porque yo pienso que el creer en Dios no tiene nada que ver con la razón, sino que, en última instancia, es una cuestión de amor, de aceptar la posibilidad de que Dios puede amarnos… Él sabe…, el demonio sabe dónde atacar… Hace mucho tiempo que me sentía desesperado por no poder amar a mi prójimo. Ciertas personas… me repelían. ¿Cómo podría amarlas?, pensaba. Y eso me atormentaba, Damien; me llevó a desconfiar de mí mismo… y, partiendo de aquí, desconfiar de mi Dios. Se hizo añicos mi fe… […] Ahí radica la posesión; no tanto en las guerras, como algunos quieren creer; y muy pocas veces en intervenciones extraordinarias como ésta… la de esta niña… esta pobre criatura. No, yo lo veo mucho más a menudo en cosas pequeñas, Damien; en los mezquinos o absurdos rencores, en las equivocaciones […]

—Y, sin embargo, incluso de esto, del mal, vendrá el bien. De algún modo. De algún modo que nunca podremos entender, ni siquiera ver –Merrin hizo una pausa–. Quizás el mal sea el crisol de la bondad –manifestó–. Y tal vez el propio Satán, a pesar de sí mismo, sirva de alguna manera para cumplir la voluntad de Dios.

No dijo más, y durante un rato permanecieron en silencio, mientras Karras reflexionaba. […] Sintió una repentina envidia y admiración por la profunda y sencilla fe del exorcista.

Repulsa del escepticismo racionalista. Exaltación de la fe de carbonero. Creencia en la existencia del Diablo y otras entidades malignas sobrenaturales. Interpretación de la posesión demoníaca como un calculado laissez faire de la Divina Providencia tendiente a conseguir, por medio del espanto, que las criaturas humanas se hagan creyentes (Chris) o vuelvan a serlo sin hesitaciones (Karras). Conceptualización tosca del bien y del mal como presencia/ausencia de la fe en Dios… Las consecuencias que todo esto acarrea para el ateísmo son obvias. No es casualidad –insisto– que Chris sea atea. La trama del relato, conforme a sus premisas ideológicas y móviles didácticos, así lo pide. La crisis de fe del padre Karras tampoco es un elemento fortuito. Refuerza la soteriología de la parábola al plantear una situación intermedia entre la piedad vigorosa de Merrin y el descreimiento total de Chris.

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Muchas otras películas de terror han insistido en esta temática redentorista de la incredulidad escarmentada o corregida, hasta hacer de ella un cliché: El exorcismo de Emily Rose, El rito, El último exorcismo, etc. Las personas ateas, agnósticas o de fe vacilante quedan reducidas, en esta tendenciosa narrativa cinematográfica, al rol de víctimas fáciles de Satanás. O en el mejor de los casos, al papel de almas confundidas en riesgo soteriológico, necesitadas de un shock paranormal que –aun no siendo maligno en el fondo– las asuste, aleccione y regenere, como en Estigma, la película de Rupert Wainwright, donde el escéptico jesuita Andrew Kiernan y la posesa atea Frankie Paige asisten a una serie de milagros sobrecogedores (heridas sin causa natural, xenoglosia, levitación, etc.) de hondo impacto místico y salvífico.

Quien ha llegado más lejos por este camino es David Jung, en su ópera prima Invocando al Demonio (2014), una película de metraje encontrado. El documentalista Michael King, un ateo convencido y arrogante, queda viudo. Samantha, su pareja, una aspirante a actriz, muere accidentada. En medio del dolor, Michael se esfuerza en rehacer su vida. A diferencia de él, Samantha era creyente y solía consultar a una médium, llamada Beverly. Michael le había propuesto a Samantha hacer un viaje a Europa, pero Samantha declinó la invitación porque Beverly le vaticinó que tendría una gran oportunidad laboral si permanecía en Estados Unidos. Enojado con esta situación, Michael le reclama a Berverly que admita haber mentido. Pero ella no lo hace, y luego de consolarlo, le pide que se marche. Michael decide filmar un documental que demuestre que el más allá es solo una superchería de gente inescrupulosa ávida de dinero. Pero en su vorágine de indagaciones y experimentaciones, Michael termina siendo poseído por un demonio. Su racionalismo vicioso, su curiositas –como dirían los teólogos de la Escolástica–, lo arrastra hacia una pesadilla espeluznante.

Es este un giro inesperado para el protagonista, pero no ciertamente para el público espectador, que ya lo viene presintiendo con regodeo desde hace rato. Justicia poética en su máxima expresión: quien con fuego juega, se quema, reza el refrán. La posesión demoníaca funciona, pues, como castigo merecido –cruelmente irónico– a la obcecación y soberbia de un «teófobo» militante. Pedagogía mojigata sin anestesia, sin sutilezas: que sufra, se la buscó.

Coleridge sostuvo que un componente medular de la ficción es la willing suspension of disbelief, la suspensión voluntaria de la incredulidad. Las novelas y películas sobre posesiones y exorcismos suelen no conformarse con ese precepto del arte narrativo. Se nota en ellas, además, muy a menudo, cierta inquina, cierta maledicencia, cierta animosidad refutatoria contra el ateísmo y otras formas más moderadas de escepticismo. Esta ojeriza excede lo estético. Entraña una pulsión religiosa.

Se hace propaganda beata, se lleva agua al molino de la fe, montando un espantapájaros contra la increencia. El ateísmo es demonizado, sin más, como antesala o caldo de cultivo del horror sobrenatural, como pendiente resbaladiza hacia las tinieblas. Hay mucho de ateofobia filistea, mucho, en este tipo de literatura y cine empeñados en probar que el Diablo existe de veras, y que, por el bien de nuestras almas, debemos tenerle pavor.

¿Qué subyace a esta ateofobia? Es una cuestión compleja, un problema de psicología social que aquí no podría desarrollar sin incurrir en excesivas digresiones. Bastaría ahora con señalar que la ateofobia, en mi opinión, constituye una reacción intolerante, transida de autoritarismo, contra la que es, sin dudas, la expresión más acabada de la incredulidad y la irreligiosidad; y que dicha reacción ideológica tiene como sustrato ese sentimiento primitivo, regresivo, que Erich Fromm llamó miedo a la libertad. En un ensayo notable sobre la psicología del totalitarismo, Escape from Freedom, publicado allá por 1941, el pensador alemán señaló:

La característica común de todo pensamiento autoritario reside en la convicción de que la vida está determinada por fuerzas exteriores al yo individual, a sus intereses, a sus deseos. La única manera de hallar la felicidad ha de buscarse en la sumisión a tales fuerzas. […]

El carácter autoritario no carece de actividad, valor o fe. Pero estas cualidades significan para él algo completamente distinto de lo que representan para las personas que no anhelan la sumisión. Porque la actividad del carácter autoritario se arraiga en el sentimiento básico de impotencia, sentimiento que trata de anular por medio de la actividad. Ésta no significa otra cosa que la necesidad de obrar en nombre de algo superior al propio yo. Esta entidad superior puede ser Dios, el pasado, la naturaleza, el deber, pero nunca el futuro, lo que está por nacer, lo que no tiene poder o la vida como tal. El carácter autoritario extrae la fuerza para obrar apoyándose en ese poder superior. Este no puede nunca ser atacado o cambiado. Para él la debilidad es siempre un signo inconfundible de culpabilidad e inferioridad, y si el ser, en el cual cree el carácter autoritario, da señales de debilitarse, su amor y respeto se transforman en odio y desprecio. […]

En la filosofía autoritaria el concepto de igualdad no existe. […] El mundo se compone de personas que tienen poder y otras que carecen de él; de superiores y de inferiores. Sobre la base de sus impulsos sadomasoquistas experimentan tan sólo la dominación o la sumisión, jamás la solidaridad.

¿Por qué las ficciones de terror que tematizan la posesión diabólica son tan propensas a la ateofobia? Porque el ateísmo, en tanto manifestación radical del librepensamiento, produce mucho miedo. Es el miedo a la libertad, el temor de la subjetividad autoritaria –religiosa en este caso– a todo aquello que desafía su ideales y hábitos de sumisión a un poder superior (Dios). Ese miedo, ese temor, se traduce en resentimiento u odio debido a que conlleva altas dosis de inseguridad: como no se puede comprender ni asumir –ni como hecho, ni como valor– la libertad e igualdad ínsitas a la incredulidad, se experimenta extrañeza, desconfianza, zozobra, inquietud, malestar, espanto, pánico… y con ellos, rechazo, hostilidad, menosprecio, rencor y rabia; tanto más cuando dicha incredulidad alcanza el non plus ultra de la «blasfemia» (parresía), que es el ateísmo.

Hay una bella frase de Nina Simone, la popular cantante y compositora afroamericana, que viene como anillo al dedo: “Te voy a decir qué es la libertad para mí: no tener miedo”. He aquí, me parece, el meollo del asunto. La fobia al ateísmo, no es otra cosa más que la contracara del miedo a Dios, el reverso del terror a la muerte y al infierno. Es más fácil despreciar, aborrecer y demonizar lo que se teme, que comprenderlo. Es más sencillo cultivar el filisteísmo, reproducir prejuicios y estereotipos, abrazar la cultura del odio, que ejercitar el pensamiento crítico. Las novelas y películas de horror –sobre todo las del subgénero de posesión diabólica– han cumplido un rol decisivo, muy difícil de exagerar, en la construcción y masificación del imaginario ateofóbico contemporáneo.

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