Algo así como un réquiem

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Desde el primer momento sentimos que nos clavaban la mirada. Esa indescriptible sensación de estar haciendo lo correcto y de equivocarse a la vez nos paralizaba las intenciones, la lengua, los pasos.

La casa era de adobe, de piezas chiquitas, llena de muebles, sillas, banquetas y cajones, la gente entraba y salía todo el tiempo en procesión a la habitación de María. Las manchas de humedad en el cielorraso marcaban un absurdo cielo marrón, un cielo ocre; un cielo meado por la lluvia del cielo de verdad; un cielo mentiroso. La muerte revoloteaba en el fondo de esos ojos que pocas veces nos habían visto por el barrio y que ahora se clavaban en nosotros para tratar de entender qué hacíamos ahí en ese ritual tan suyo y tan poco nuestro.

Los tres bajamos la vista al mismo tiempo, el tiempo mismo pareció estirarse, las gotas de sudor se volvieron pesadas, los rayos de sol jugaron con el polvo y chocaron lentamente contra la cal de la pared, hasta el ejército de adornos y suvenires de la cómoda pareció mirarnos con recelo.

La luz amarilla y agónica del foco se mezcla con el humo de los puchos en un extraño romance. Vaya a saber por qué giro la cabeza y miro a Adriana y vi al Diablo y Juancito asomándose a sus espaldas, mirando todo con una sonrisa y quizás olvidando el pacto que ese día no podrán firmar. Me parece de mal gusto traer de invitado al diablo a un velorio y así como quien no quiere la cosa lo tapo con el rompeviento que el calor de las tres de la tarde me obliga a llevar en la mano. Adriana entiende lo que hago y responde con una sonrisa, mientras Jorge le agarraba la cintura, por primera vez en público.

Abriéndose paso por la procesión aparece Liliana, una cara amiga en medio de tantas rostros desconocidos. Nos saludó a los tres con un beso  y la cara llena de lágrimas, luego nos llevó a conocer al muerto. En el camino  chocamos con niños que escapan del velorio al patio o a la calle de tierra a seguir con el juego. No sé si ahora lo imagino, o si fue cierto, pero creo que una niña nos miró con decepción. También nos cruzamos con el abuelo del muerto, Lili nos contó que le había cedido su lugar en el cementerio pero que, como todos, no podía entender esta muerte inesperada.

En el medio de la pieza él miraba con los ojos cerrados ese cielo mentiroso con esa mirada que ahora la muerte le había dado vuelta para adentro. La piel amarillenta y en el rostro un dolor que le anudaba las cejas finitas. Al lado del cajón de madera, de pino y recién pintado, la viuda amamantaba a su hijo, tan huérfano como recién nacido. Parecida abstraída, ajena a ese ir y venir de parientes y amigos, de confesiones, de chistes, de lágrimas, de anécdotas, abstraída incluso de nosotros.

(El recién muerto, el recién nacido/huérfano, la recién viuda y los recién llegados bajo el mismo cielo  absurdo, en esa pequeña piecita, con ese calor)

Nos tentamos de compartir ese cielo mentiroso y después nos fuimos en silencio tragándonos las palabras inútiles.

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