«El juego del calamar»: culmen del género de supervivencia

Por Manuel Azuaje Reverón
Filósofo

Hablemos de «El juego del calamar». Si la expresión más acabada de la ideología hoy es «ellos saben lo que hacen, pero aun así lo hacen», esa función se realiza de manera perfecta si los puentes que tendemos entre realidad y ficción nos conducen a una asimilación pasiva de los mensajes.

¿Qué nos están queriendo decir / qué podemos reflexionar a partir del boom de películas que giran en torno a la competencia colectiva o la cacería entre personas («La purga», «Battle Royale», «Los juegos del hambre», «Death Race», «Maze Runner», «The Hunt»)? El género de supervivencia cuenta con obras cinematográficas desde hace décadas, pero todas las mencionadas coinciden en que quien controla el juego es un aparato institucional público o privado que se beneficia directamente de su realización.

¿Qué tan difícil es imaginar que se use el poder de esta manera? ¿Qué tan difícil es imaginar que un grupo de ricachones aburridos se propongan, por pura diversión, poner personas a competir a muerte? En la facilidad de la respuesta se encuentra la complejidad del asunto. ¿Cómo lidiamos con esa relación? Con una interpretación que, más que correcta o incorrecta, nos invite a la acción.

Seguimos en shock ante la acelerada transformación de las relaciones sociales y los cambios de hoy no son la antesala a una respuesta de resistencia o una interiorización crítica. No sabemos qué hacer para evitar las consecuencias cada vez más claramente catastróficas del mundo que se avecina y que no nos ocultan. Entonces, ¿dónde está el núcleo reflexivo en «El juego del calamar»? En el viejo problema de la decisión, de la voluntad, que a fin de cuentas es el de la libertad. Lo que diferencia esta trama de otras más juveniles y le da densidad es el giro entre el segundo y tercer capítulo: la decisión voluntaria de volver. El anfitrión la mencionará al final como un mecanismo para quitarse de encima la carga moral. Podemos interiorizar la «realista» versión de que en efecto así es la naturaleza humana y cada uno estuvo ahí por decisión propia, o podemos preguntarnos: ¿realmente hay condiciones para decidir?, ¿realmente se ejerce la libertad en una sociedad así configurada?

Diariamente miles de personas intentan cruzar fronteras en todo el mundo, poniendo voluntariamente su vida en riesgo en un «juego de supervivencia» que tiene como objetivo llegar a salvo a un lugar mientras se enfrentan obstáculos y son cazados a distancia. ¿La persecución de migrantes empleando drones desde salas computarizadas no se nos parece un poco al control telemático de los juegos tal y como nos los presentan en estas ficciones? Podríamos preguntarnos por qué alguien elige poner en riesgo su vida cruzando un río caudaloso, un desierto o el mar para intentar esquivar hombres armados y dispositivos de captura con el objetivo de cruzar una línea. ¿Lo hace por pura voluntad? En la serie hay un mensaje final que no es una compleja metáfora: lo que salva la vida no es la acción aislada sino el acto individual acompañado de una acción institucional. ¿Por qué nos dicen esto desde la hiperdesarrollada Seúl, ejemplo paradigmático y antagónico de todo colectivismo?